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La sinrazón de las figuras de Mazón y Tejero


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Carlos Mazón ya se encuentra inmerso en la misma situación que el otrora teniente coronel Tejero, salvando las naturales distancias políticas y biológicas, en ese estado suasorio, evanescente, en que no parece uno residir en la realidad, sino en un estado vegetativo donde lo que hace uno ya no es de este mundo. Tejero ha sido dado por muerto en tres ocasiones y en cada una de ellas parece en estado pre agónico cuando acudió a una manifestación, casualidades, en favor de algún encendido alegato anti constitucional, y luego sin margen de error, aparece el “quieto todo el mundo”, etc.

Mazón parece morir en virtud de una sobredosis de engaño, astucia, bulo, todo ello en experimental dosis de alejamiento de la verdad y además infalible y letal con una ingesta pequeña pero suficiente. El habitual del charol de 1981, que dio la vuelta “urbeetorbe” para descrédito de la sensibilidad democrática de aquella zona de influencia internacional a la que se creía pertenecer, ya vencida su resistencia a la desaparición de este mundo, de tantas veces dado por concluido, reaparece como inmortal. El caso de Mazón, a quien acompaña la más cruel unanimidad sobre su pintoresca manera de encarar lo que se llama responsabilidad del gobernante, desmiente lo que parece una rendición ante el clamor de los testimonios y las pruebas para capitalizar resurrección tras resurrección, tocado por la varita milagrosa de su presidente corporativo Núñez Feijóo, erigido como principal intercesor de la particular congregación para la causa de los santos.

Las manifestaciones de los sábados preparan durante todo el año transcurrido un aquelarre de exigencia de acción de político compungido por tanto y tan desnudo, pero hasta el momento no ha sido posible establecer la conexión entre un presidente de generalitat y un ser humano. La ocasión del funeral a celebrar un año después de la catástrofe, con la memoria de muertos y familiares con la redondez de la efeméride tan triste, con la compañía de los avances procesales de la investigación judicial, es también el momento de la aparición de Mazón con la obscenidad con que se maneja, pero esta vez en el mismo tiro de cámara de su jefe Feijóo, junto con los Reyes, el presidente de Gobierno, entre otras autoridades como los ex presidentes Aznar y Zapatero. Se puede imaginar un escarnio de más proporción pero suele ser tarea encomendada a los grandes del periodismo o de la literatura. La previsión protocolaria se verá sometida a una extraordinaria exposición de fractura de sus usos y costumbres por la presencia de quien no debería invadir un escenario de solemnidad en el dolor.

La aparición y desaparición de Antonio Tejero, tan vinculado históricamente a aquella anomalía con las libertades en juego, resulta grotesca dentro de los límites que aconseja el paso de un ser humano del mundo a la nada o al territorio de la creencia en el más allá. Pero la sinrazón de un mandatario tan aborrecido por tan apegado a una devastación telúrica en la necesidad de figurar para pintar de blanco su incompetencia mide los centímetros de tensión de una muchedumbre. Mazón debería dejar sitio a la compasión, como sus propios compañeros de partido desean. Y a la esperanza en el duelo. Cuenta Irene Vallejo, en su ya canónico “El infinito en un junco” (Siruela, 2019), que Quintiliano, pedagogo hispanorromano de Calahorra, en el primer siglo cristiano, al morir su mujer de 19 años, dijo “no sé qué envidia secreta corta el hilo de nuestras esperanzas”.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.


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