La difícil construcción de la paz
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
La paz no se decreta ni se firma: se construye cada día, a contracorriente de los intereses, el miedo y la costumbre de mirar hacia otro lado.
La paz es una palabra pequeña, pero su eco es inmenso. Todos la pronuncian; casi nadie la encarna. En los discursos viste traje y se deja fotografiar; en la calle, en cambio, camina descalza entre ruinas, o se esconde en los gestos cotidianos de quienes simplemente intentan sobrevivir sin herir a nadie. Es el sueño más antiguo del ser humano y, quizá, el más incumplido. Ninguna civilización ha dejado de invocarla, y ninguna ha sabido conservarla más allá de un parpadeo histórico.
A menudo la confundimos con el silencio de los fusiles o con el orden impuesto. Pero la paz no es un paréntesis entre dos guerras: es una construcción moral, un ejercicio de equilibrio entre los deseos humanos y los límites que nos impone la convivencia. Tal vez por eso resulte tan difícil sostenerla. Porque exige algo que la humanidad, en conjunto, aún no ha aprendido: la renuncia a dominar.
El ser humano, por naturaleza, no es pacífico. Es un animal que teme, que codicia, que compite. Lucha por sobrevivir y por sobresalir. La paz no brota del instinto, sino de la conciencia, y eso la hace frágil: cada generación debe aprenderla desde cero. La guerra, en cambio, parece heredarse con facilidad. Nos resulta más sencillo organizarnos para destruir que para cuidar.
Vivimos en una paradoja. Todos decimos anhelar la paz, pero nuestras sociedades premian la velocidad, la fuerza y la conquista. El que impone es admirado; el que cede, considerado débil. Sin embargo, la paz no nace de la victoria, sino del límite. No del poder, sino de la contención. Quien quiere la paz debe aprender a detener la mano incluso cuando puede golpear. Y en un mundo educado para competir, ¿cómo pedir que la contención sea una virtud?
Detrás de las palabras solemnes y los tratados, la realidad suele ser más cínica. La guerra y la preparación para la guerra son negocios. Las fábricas de armas no cierran, los presupuestos militares crecen incluso en tiempos de crisis, y las economías se sostienen a menudo sobre la amenaza de la destrucción. La paz, paradójicamente, se percibe como un riesgo económico: cuando no hay enemigos, sobran los ejércitos; cuando no hay miedo, se reducen los controles. La estabilidad no genera beneficios inmediatos. En este sistema, la paz estorba.
El interés económico no es el único obstáculo. El poder, en sí mismo, se alimenta del conflicto. Los gobiernos necesitan tensiones para justificar su autoridad, y los dirigentes hallan en la amenaza externa o en la discordia interna una manera eficaz de afianzar su posición. El miedo cohesiona más que la esperanza. El enemigo, incluso imaginario, da sentido al poder. Así, la paz se convierte en un territorio incómodo: sin crisis ni enemigos, la política pierde su épica.
A menudo, los pueblos son convocados a guerras que no entienden, en nombre de causas que no comparten, y terminan luchando por intereses que nunca les beneficiarán. Pero la paz también puede ser impuesta desde arriba: el silencio del vencido, la obediencia disfrazada de armonía. Ni la una ni la otra son verdaderas formas de paz. Una se funda en la violencia abierta; la otra, en la violencia soterrada. Ambas ignoran la raíz del conflicto: la desigualdad.
Porque no hay paz posible donde reina la injusticia. En los márgenes del mundo, millones de personas viven sin techo, sin agua, sin voz. En cada ciudad existen zonas donde la vida vale menos, y donde la palabra “paz” suena a lujo ajeno. Los privilegiados hablan de concordia mientras cierran fronteras, mientras especulan con alimentos o destruyen ecosistemas. Se habla de paz, sí, pero lo que se busca es estabilidad, no justicia. Y una paz sin justicia no es más que un alto el fuego moral: un silencio comprado.
Quizá el mayor enemigo de la paz no sea la violencia, sino la indiferencia. Nos hemos acostumbrado a ver la destrucción como paisaje. Las imágenes de ruinas y refugiados se suceden con la misma frialdad con que se cambia de canal. El dolor ajeno se ha vuelto una abstracción. Mientras no nos toque directamente, seguimos con nuestras rutinas, convencidos de que la paz es algo que otros pierden y que nosotros, por fortuna, aún conservamos. Pero la paz no es un privilegio privado: o es de todos o no existe.
Cada época inventa sus propios mecanismos de guerra. Las bombas siguen cayendo, sí, pero también hay guerras sin trincheras: las del hambre, las del mercado, las de la información. Hoy se puede destruir una nación sin disparar un solo tiro, basta con manipular su economía o su relato. La violencia se ha vuelto más sofisticada, menos visible, más rentable. En ese contexto, hablar de paz es casi un acto de resistencia moral.
No obstante, la esperanza persiste, terca y discreta. La paz no siempre está en los tratados ni en los desfiles, sino en los gestos mínimos: en quien escucha antes de juzgar, en quien perdona, en quien comparte lo que tiene. Es una práctica diaria, no una meta abstracta. Requiere valentía, porque obliga a mirar de frente lo que somos: seres capaces de ternura y de crueldad, de consuelo y de daño. La paz comienza cuando reconocemos esa ambigüedad sin disfraces, y decidimos, pese a todo, no ceder al impulso de destruir.
Hablar de paz en tiempos de intereses no es ingenuo; es una forma de lucidez. La paz no se construye con buenos deseos, sino con justicia, con memoria, con renuncias. No hay paz sin verdad ni sin responsabilidad. No se trata de callar las heridas, sino de sanarlas sin convertirlas en bandera.
Quizá no lleguemos a verla nunca del todo, pero eso no la hace menos necesaria. La paz es un horizonte, no una posesión. Se camina hacia ella sabiendo que siempre se escapa un poco, como el mar cuando se intenta retener entre las manos. Y, sin embargo, vale la pena seguir intentándolo. Porque mientras haya alguien que crea que la vida puede sostenerse sin odio, aunque sea una sola persona, habrá todavía una posibilidad de empezar de nuevo.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.