Centrismo y tardofranquismo en la era Trump
- Escrito por José Félix Tezanos
- Publicado en Opinión
Uno de los principales rasgos –y disfuncionalidades– del actual sistema de partidos políticos español es el fracaso recurrente del centrismo político. Algo llamativo en un país en el que las posiciones más centristas tienen bastante respaldo en la opinión pública, hasta el punto que en torno a un tercio de la población mayor de 18 años se ubica en los dos espacios más netos de centro (el 5 y el 6) en una escala decimal de autoubicación política (vid. gráfico 1).
Los ejemplos más claros de tales fracasos están reflejados en la evolución de la Transición Democrática, que fue impulsada precisamente por líderes del régimen anterior más próximos a posiciones centristas, con Adolfo Suárez a la cabeza. De hecho, la Unión de Centro Democrático (UCD) se esforzó en incorporar a sus filas a líderes y grupos de naturaleza liberal, social y demócrata-cristiana que se encontraban en los bordes del régimen anterior en su última etapa. A lo que añadió el criterio de legalización de todos los partidos políticos, incluido el antaño tan temido Partido Comunista de España, que entonces tenía a su cabeza a líderes emblemáticos como Pasionaria y Santiago Carrillo.
Por estas razones, durante los primeros pasos de la Transición Democrática Adolfo Suárez y la UCD fueron calificados de “traidores” no solo por los franquistas ultras, sino también por la otra gran formación política surgida del franquismo evolucionado –Alianza Popular– encabezada por un importante ex Ministro del régimen anterior, el Catedrático Manuel Fraga Iribarne, junto con otros ex ministros y altos cargos (los famosos siete “magníficos”, que decía la propaganda). Organización que más tarde trocó su nombre por el actual de Partido Popular.

Aquellos siete magníficos, además de Fraga, eran los ex ministros de Franco, Manuel Martínez Esteruelas, Federico Silva Muñoz, Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Enrique Thomas de Carranza y Gonzalo Fernández de la Mora.
Impulsores de la Transición
Debemos subrayar que la Transición Democrática (desde el franquismo a la Democracia) fue impulsada por el sector más centrista procedente del régimen anterior (al que algunos calificaban des- pectivamente de “penenes”), junto con el PSOE y el PCE desde la oposición democrática.
En tanto que el sector menos abierto a una democratización completa (sin incluir la legalización del Partido Comunista, por ejemplo) mantenía posiciones cerradas ante las grandes cuestiones pendientes de la política española, incluida la llamada “cuestión regional-nacional”.
Los fracasos de los intentos de organizar en España un partido político centrista no obedecen a la ausencia de sectores moderados y centristas en la opinión pública, sino a la persistencia de residuos de poder tardofranquista y a estrategias de confrontación y de bipolarización política.
De hecho, los “reformistas tardofranquistas” no solo se opusieron entonces a las “políticas” más aperturistas de Adolfo Suárez y su gobierno de “penenes” 1 , como no cesaban de calificarlos desde el poderoso aparato de comunicación heredado del franquismo, sino que tampoco apoyaron ni votaron todos ellos el actual texto constitucional. Algo que tienden a “olvidar” los que ahora no desaprovechan la ocasión para rasgarse las vestiduras ante cualquier interpretación que les resulte “sospechosa” sobre la Constitución de 1978.
El triunfo de la UCD de Adolfo Suárez en las elecciones de 1977, y su razonable consolidación en las de 1979 llevó a que entre los tardofranquistas se impusiera una estrategia de guerra sucia ad personam con toda la crudeza de la que eran capaces, haciendo de los que ocupaban el gobierno (Adolfo Suárez y su gobierno), víctimas de las mayores diatribas, inculpaciones, acusaciones y descalificaciones personales. Se trataba –y aún se trata– de una estrategia de gran dureza personal, posibilitada por su control de la mayor parte de los medios de comunicación social españoles. Algo que se ha mantenido desde el franquismo y que permite que estos operen como una caja de resonancia tan potente como erosiva.
La estrategia de dureza y agresividad no está tan desencaminada desde un punto de vista estrictamente maquiavélico para los intereses de aquellos que no cuentan con respaldos suficientes en la opinión pública. Y que, por lo tanto, no pueden llegar al gobierno actuando con limpieza democrática, con argumentos y propuestas alternativas; por lo que saben que solo se pueden imponer con malas artes, hundiendo a los adversarios. Esto es algo que en España intentan los poderes (no solo los mediáticos) alineados con posiciones que sociológicamente podemos calificar, por sus raíces y orientaciones estratégicas, como tardofranquistas.
Centrismo impotente
Los tardofranquistas, amén de intentar dar cuenta de la socialdemocracia, han logrado hasta ahora que el centrismo sea una opción fallida y prácticamente nula en el panorama político español. Primero fue con la UCD de Adolfo Suárez. Luego, con el intento de reconstrucción con el CDS (Centro Democrático y Social), que acabó desapareciendo después de sus pactos con el PP; y, últimamente, con Ciudadanos, que durante un período de éxito se perfiló como “tercera fuerza” en el Parlamento español, con un 15,9% de los votos y 57 escaños. Para desaparecer por completo poco tiempo después. Lógicamente, en los fracasos del centrismo español han influido diversos factores, y no solo la “hostilidad” de los tardofranquistas y el carácter excepcionalmente reaccionario de determinados sectores y poderes de la sociedad española. De hecho, no es fácil lograr que arranque un partido centrista sin contar con un sector demócra- ta-cristiano importante, o sin una tradición liberal destacada, o sin una mínima sensibilidad social, como la que existe entre determinados sectores de las clases medias españolas.
Más allá de estas circunstancias, el problema crucial del centrismo español es que no ha contado con un liderazgo de suficiente entidad política, que entendiera que con la actual distribución de fuerzas es prácticamente imposible que un partido centrista, por sí solo, pueda configurarse como una alternativa de gobierno suficiente.
Sin embargo, con apoyos electorales, como los que alcanzó el CDS en el pasado, o Ciudadanos más recientemente, el centro podría ser el eje sobre el que basculara la gobernabilidad de España, sin grandes tensiones ni problemas constitucionales. Es decir, su papel, aunque secundario, podría ser muy importante en términos de gobernabilidad y de estabilidad social y política. Algo que no fueron capaces de entender, en su día, los líderes de Ciudadanos, que estaban demasiado lastrados por antagonismos y ambiciones personales–y por visiones miopes–, evidenciando que no se pueden construir liderazgos sólidos basados en experiencias tan limitadas como la simple pericia en “clubs de debate”.
La versión española del trumpismo – VOX– aúna sus raíces tardofranquistas con unos planteamientos políticos y estratégicos que presentan muchos paralelismos con las luchas duras por el poder que se vivieron en el siglo XX durante los años de la Gran Depresión.
Sesgos tardofranquistas
En las condiciones en las que tienden a desarrollarse las políticas nacionales en la era trumpista, son varios los indicios que permiten anticipar que en países como España también van a afianzarse –como alternativa electoral– opciones de carácter tardofranquista. Hipótesis con la que, de hecho, ya está operando la actual dirección del PP, con un líder que cada vez inspira menos confianza entre su propio electorado.
De forma que lo más plausible es que en las próximas elecciones generales la alternativa real al PSOE sea VOX y no el PP. Algo que ya apuntan mu- chos datos y que viene reforzado por la propia concordancia de VOX con los enfoques trumpistas en el mundo. En coherencia con los poderes y medios que trabajan en pro de estas opciones políticas.
Algo que, adicionalmente, en España coincide con el propio discurrir de nuestra historia reciente. Hasta el punto que España ha tenido hasta tiempos bastante cercanos una dictadura cuyo origen estaba en los momentos álgidos de poder de las potencias del EJE, con la Alemania nacional-socialista a la cabeza. Circunstancia que no pueden ocultar ni los más nostálgicos propagandistas del PP, que no se cortan en reivindicar las “bondades” de las últimas etapas del “tardofranquismo”, encabezados por Esperanza Aguirre y algunos otros colaboradores cercanos de Feijóo.
Nostálgicos del pasado
La dinámica política va a permi- tirnos contemplar durante los próximos meses una competencia abierta entre los dirigentes de VOX y una parte importante de los del PP, para intentar demostrar quiénes son más tardofranquistas (en versión española) o más trumpistas (en versión internacional). Competencia en la que VOX tiene más opciones de ganar.
De hecho, salvadas las circunstancias y condiciones históricas, el paralelismo existente entre el proceder del trumpismo y el asalto al poder de los fascismos europeos presenta más coincidencias de las que a primera vista pueda parecer. Por eso, algunos politólogos hablan ya del trumpismo como el (posible) principio del cuestionamiento práctico de la democracia en los Estados Unidos de América2.
El trumpismo aspira a una toma del poder político por las altas élites de la riqueza y del poder económico, y se caracteriza por el uso de estrategias demoledoras de destrucción de la reputación personal de sus adversarios políticos, utilizando procedimientos muy extremistas. A lo que se une un uso abusivo de los medios de comunicación social (cada vez más controlados y “obedientes” a sus amos económicos), así como de ciertas instituciones políticas y de los poderes judiciales.
Y todo ello en un contexto de simplificación finalista de la política en términos de” o ellos o nosotros”, “los buenos políticos (trumpista) versus la degeneración de los demócratas corruptos y decadentes”, los nacionales contra los extranjeros, los blancos frente a los negros y los mestizos, lo mío (y lo de los míos) lo primero y que se hundan los otros.
Por no faltar en este marco, no falta ni siquiera la deshumanización de sectores concretos de la población, como “culpables colectivos” a los que castigar cruelmente con destierros masivos y con matanzas indiscriminadas (como en Gaza), ni la búsqueda de chivos expiatorios sobre los que cargar todas las negatividades y problemas que puedan surgir en ese camino nitchiano de afirmación del poderío de los grandes líderes y magnates trumpistas envueltos en un nuevo manto de militarismo y de tecnificación informática.
Los trumpistas y los tardofranquistas intentan sacar rendimientos de los serios problemas sociales por resolver, como el de la vivienda, los bajos salarios o las carencias en las políticas de inserción de inmigrantes, sembrando odio y violencia.
El papel de las redes
El principal y casi único añadido diferente del trumpismo a lo ocurrido en el pasado es el uso intensivo de las redes sociales (¿y la IA?) para reforzar un poderío que cada vez se escapa más de los resortes clásicos de control (democrático) establecidos en los Estados de Derecho.
En este caso, la ventaja de VOX también es notable debido a su incardinación en la estructura de poderes mundiales del trumpismo. De hecho, los analistas de la realidad social española vienen identificando desde hace tiempo una masiva incidencia de gran número de bots y de otros recursos en sectores muy estratégicos, no solo del voto del histórico PP, que ya se está pasando a VOX, sino también de otros sectores económicos y sociales que hasta ahora no estaban (o no se contaban) entre los apoyos sociológicos “naturales” de los partidos de extrema derecha.
Sectores a los que se intenta “atraer” y/o “neutralizar”, según los casos, explotando las carencias socio-económicas que sufren determinados nucleos sociales, y las contradicciones del sistema económico que están padeciendo. Algo que en el pasado también hicieron los partidos fascistas, que en el contexto de la Gran Depresión no solo recurrieron a retóricas sociales, sino que añadieron a sus proclamas, e incluso a los nombres de sus partidos, referencias de clase, como ocurría con el Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán (¿socialista y obrero?).
El peligro de los poderes totales
Aunque ahora no estamos –¿aún?– en un contexto como el de la Gran Depresión (que algunos se esfuerzan en provocar con sus tasas y aranceles), no puede negarse que tenemos serios problemas sociales y de ajuste, como la disparatada carestía de la vivienda, la insuficiencia de los salarios de muchos jóvenes cualificados, las carencias de las políticas de inserción de los inmigrantes, las nuevas formas de violencia en entornos urbanos, etc.
Y de todo eso intentan sacar rendimientos los trumpistas y los tardofranquistas, como hicieron hace años aquellos que sembraron de odio y de violencia nuestras calles y ciudades. A sangre y fuego.
Por ello, aunque ahora no lleven camisas pardas (y similares) y no organicen desfiles ni actos de masas al son de las trompetas y tambores, no hay que perder de vista que la lógica del poder total y abusivo que algunos persiguen es un nuevo riesgo- para la Democracia. Y para todos los demócratas sensatos.
1 La expresión de “penenes”, acrónimo de Profesores No Numerarios de la Universidad (PNN) fue empleada de manera despectiva para subrayar el contraste entre unos “magníficos y excelentísimos” Catedráticos de Universidad y unos “jovenzuelos” y “poco formados, aún” profesores ayudantes y meritorios, sin peso, ni méritos especiales.
2 Fernando Vallespín ha hecho referencia recientemente al momento “…cuando se explique el final de la democracia de los Estados Unidos”. (Gerrymandering, la manipulación electoral legal, El País, 10 de agosto de 2025)
José Félix Tezanos
José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.
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