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El concubinato que divide a España


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En un país donde la política lleva siglos funcionando como sucedáneo de religión, no sorprende que un noviazgo se convierta en herejía de Estado. El caso del novio de Isabel Díaz Ayuso es un ejemplo de manual: de repente, lo que en la esfera privada debería quedar en el terreno de lo íntimo ha ascendido al rango de cuestión nacional.

Si retrocediéramos apenas unas décadas, la historia se resolvería en la sacristía. La doctrina católica es clara: la convivencia “more uxorio” (como diría el catecismo) sin matrimonio sacramental es concubinato. Y el concubinato, cuando además se trata de un hombre divorciado, imposibilita la recepción de la comunión. La respuesta de la Iglesia sería automática: —Hija, o regularizas tu situación casándote —siempre que él lograra la nulidad, claro— o no hay sacramentos.

No más debate. Ni titulares, ni tertulias, ni trincheras ideológicas. Bastaba con la contundencia moral de la institución para zanjar el asunto.

Pero vivimos en otra época. Ahora el anatema no lo lanza un obispo, sino el adversario político; y la absolución no llega del confesor, sino de los fieles votantes. Lo que antaño se llamaba “escándalo público” hoy se llama “estrategia de comunicación”. Y así, la doctrina católica ha sido sustituida por el dogma de partido, mucho más ruidoso y mucho menos trascendente.

Lo paradójico es que la situación actual habría sido vista con lupa por la Iglesia: pareja sin casarse, ático compartido, sin hijos comunes. Un vínculo frágil, circunstancial, tan volátil como cualquier relación moderna. Y sin embargo, ese mismo vínculo ha provocado una batalla campal donde se desgarran reputaciones y se libran cruzadas mediáticas. Como si la estabilidad de España dependiera de la estabilidad de un concubinato.

Mientras tanto, los “muertos” de esta guerra se acumulan: periodistas que pierden credibilidad, adversarios triturados en el lodazal, militantes usados como peones. Todo en nombre de una causa que, si se siguiera la lógica de la Iglesia, tendría una solución sencilla: confesar, casarse, recibir la comunión y seguir adelante sin hacer mal a nadie y amando a su prójimo.

Claro que la política española nunca se ha conformado con lo sencillo. Prefiere lo grotesco: convertir la alcoba en campo de batalla, las llaves del ático en símbolo de poder y el concubinato en excusa para abrir fuego contra el rival.

La verdadera ironía es que los mismos sectores que en otros tiempos habrían blandido la moral católica como espada —esos que habrían exigido matrimonio, sacramento y pureza de costumbres— hoy se lanzan a defender la convivencia extramatrimonial como si fuera la última línea de la libertad. Y al revés: quienes reclamaban tolerancia moral son ahora inquisidores de dormitorio. España, otra vez, ha conseguido dar la vuelta al catecismo para convertirlo en arma arrojadiza.

Lo grave no es que Ayuso conviva con un señor divorciado; lo grave es que de esa circunstancia se derive una división nacional que arrastra titulares, fiscales, debates y hasta la respiración política del país. Porque mientras se discute sobre si la presidenta recibe la comunión simbólica de sus votantes, se silencian los problemas verdaderos: la sanidad exhausta, la vivienda inaccesible, los sueldos raquíticos.

Quizá dentro de unos años alguien abra la hemeroteca y lea que en 2025 España se partió en dos no por Cataluña, ni por la deuda pública, ni por la guerra en Europa, sino por el novio de Ayuso. Y quizá entonces, al recordar los preceptos de la vieja Iglesia, surja la pregunta más incómoda de todas: ¿no habría sido mejor escuchar al cura de antaño, que con un simple “hija, cásate porque ya para los hijos no sé si llegas, eso te tranquilizará” hubiera resuelto lo que hoy nos consume como si fuera el Juicio Final?

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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