Si no interesa la Historia es que los principios flaquean (II)
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Lo que está sucediendo en Gaza se llama genocidio. Dado el ahistoricismo y la desinformación que sufrimos, para muchos es algo nuevo. Pero ni es la primera vez (recuérdense la Nabka o Sabra y Chatila) ni el único lugar. Yemen, por ejemplo, lleva una decena de años en una guerra olvidada en la que la mitad de los muertos (250 mil) son niños. No nos extrañan estas cosas, por lo que se verá. Ni que el contador de las víctimas de Gaza se haya ralentizado en 6 decenas de mil (hay organismos fiables que aseguran que se superan las 100 mil).
Decimos que no nos extrañan estas cosas porque el mundo ha perdido el sentido de la veracidad y de la coherencia. Veracidad sobre los hechos acaecidos y coherencia con los principios que se proclaman, declaman y no se aplican.
En la parte primera nos preguntábamos cómo los españoles podíamos pretender resolver las cosas del presente sin esclarecer las del pasado? La pregunta no es retórica: después de tres generaciones hay sectores que aún manejan el asunto como arma arrojadiza en vez de hacerlo como lámpara orientadora. ¿Es este un mal exclusivamente hispano? Aquí diremos que sí, en ese mal hábito de hablar antes de conocer. Sin embargo, los hechos demuestran que no. Alemania es un buen ejemplo: no callaba por sentido de culpa, por compunción, sino porque todavía no era oportuno. Pena que no distingan entre no oportuno e inoportuno.
La cuestión es que nuestro desinhibido y pretencioso mundo civilizado vive sobre una serie de mitos, mentiras, imposturas, que demuestran que los principios (ahora valores), tan vanagloriadas, no importan. Tenemos por ejemplo el caso de Churchill, declarado hombre del siglo XX y beneficiario del premio Nobel de Literatura. Si se preguntara qué representa todo esto, muchos responderían tópicamente que los valores occidentales. Igual tendrían razón.
Alrededor de él (Churchill) se ha construido un mundo de ficción que anula la esencia de los verdaderos problemas del mundo. Su frase afirmando que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás” fue absorbida por millones de seres que ahí han dejado la reflexión. La frase se repite con soberbia prestada. Pero Churchill no era coherente (o justo). Desarrollando su obsesión por organizar el mundo, se preguntaba “¿por qué deberíamos implantar en este momento entre las razas iletradas de la India semejante tipo de sistema, cuyos inconvenientes se notan actualmente en las naciones más desarrolladas del mundo como Estados Unidos, Alemania, Francia y la mismísima Inglaterra?”. Es decir, que la democracia que ejemplifica no es universal, sino restringida a una parte; que hay otras formas (en las colonias) que siendo también el peor sistema de gobierno a su vez son mejores que la democracia (quizás ahí sus alabanzas a la Italia fascista). Tales reflexiones, aparentemente sesudas, demuestran que no hay un sistema pensado seriamente. Lo que ponemos aquí, lo quitamos allá.
Los ingenuos habíamos creído que el Imperio británico era un inmenso oasis donde nunca se ponía la democracia. El jardín y la jungla, que dirían sus sucedáneos. Pero no, esa maravilla sólo era un meritocrático producto con oportunos privilegios de clase.
Con Churchill se produce una curiosa paradoja. Las más de las veces se ha de combatir la hipocresía política, pero el político inglés no era hipócrita; muy al contrario, era inoportunamente sincero. Lo hipócrita es no darse por enterado de sus frases y hechos y mostrar un rostro que el personaje nunca pretendió.
Cuestión importante es la de saber si estamos en un circo donde funambulistas sociales hacen malabarismos con los conceptos. ¿Son inanes estas mitificaciones? En absoluto, en cuanto que sobre ellas se ha edificado toda una ideología que no nos permite ver la realidad. Más nocivo que Churchill, que hablaba claro casi siempre, son quienes lo idolatran y endiosan. Y subliminalmente, con otro aspecto, nos proponen un mundo a su imagen y semejanza, tal como se verá al final.
Si preguntamos a la IA sobre el personaje la descripción va desde galvanizante hasta visionario, pasando por admiración mundial, huella imborrable, figura icónica (qué palabro). Sinceramente, cada vez que consultamos la IA nos parece menos inteligente y más defectuosamente humana. Aunque parte de la culpa la tengan quienes reparten el Premio Nobel a diestro y siniestro. Para justificar la concesión del premio (Literatura) después de dudar si otorgarle el de la Paz (¡!), expusieron, entre otras motivos “la brillante y exaltada oratoria en defensa de los valores humanos”.
No recogemos muchas de las frases de Churchill porque, aparte de la cantidad, un mecanismo de autocensura nos lo impide: son tan sinceras que resultan increíbles para quién no está familiarizado con este mundo . Por lo tanto, recogeremos unas pocas, no de las más duras. Por otra parte es necesario recordar que Churchill, más que un literato, era un hombre de acción, un militar, y muy sincero. Donde ponía la pluma antes había puesto la espada, y no lo ocultaba. Afganistán, Grecia, Guayana Británica, India, Irán, Irak, Irlanda, Kenia, Palestina, Arabia, Saudí, Sudáfrica, Sudán, Rusia, son lugares que disfrutaron de una atención suya especial. Sobre el último país, el director del New York Times de entonces (y con testigos) explica que "Luego nos sorprendió… al afirmar que… pondría condiciones a Rusia... un ultimátum… que a menos que lo reconsiderara, lanzaríamos una bomba atómica en una de entre 20 o 30 ciudades principales”. La narración es bastante extensa pero esto es lo esencial. The Times confirma la versión, y otros autores se preguntan si Churchill sabía que los otros ya tenían este tipo de armas, y si todo no sería una bravata.
Ahora que Gaza nos recuerda el triste y alargado destino del pueblo palestino, cuya culpa ha sido la de estar donde el imperio inglés puso sus ojos, hay que recordar lo que el personaje decía sobre esta situación: “No estoy de acuerdo en que el perro en un pesebre tenga al final derecho al pesebre”. No es una figura retórica. Tal razonamiento no serviría para una persona, pero sí para seres considerados infrahumanos. ¿Por qué un perro? Quizás porque había defendido el milenario sueño judío, el cual por lo visto sí crea derechos. Otra perla sobre el lugar es la de que “Los palestinos son hordas bárbaras que comen estiércol de camello”. Probablemente esta mentalidad recorre las venas de muchas instancias que se mantienen extrañamente inactivas ante lo que está pasando allí.
Todos sabemos que Gran Bretaña sostuvo una larga guerra en Afganistán. Era el bajo vientre del verdadero enemigo a abatir. Hablando de los pastunes, que tuvieron la osadía de rebelarse, dijo: “Procedimos de manera sistemática, pueblo por pueblo, y destruimos las casas, inutilizamos los pozos, derribamos las torres, cortamos los grandes árboles que daban sombra, quemamos las cosechas y destruimos los embalses en una devastación de castigo”. Esto después de que “cada miembro capturado de la tribu fue lanceado y decapitado al mismo tiempo". Estos son los valores humanos que en él detectaron los eximios suecos. Confiemos en que Bob Dylan no tenga un historial semejante.
También sabemos que incluyeron a la pequeña India en su gran democracia universal (sólo ocho países no fueron tocados por el Imperio). Como sus habitantes se resistieron, después de destruir su importante industria textil y de convertir la agricultura que los alimentaba en negocio de exportación, lo cual provocó cuatro millones de muertos, dijo: “Odio a los indios. Son un pueblo bestial con una religión bestial”. ¿Exageración? El virrey de la India declaró que "la actitud de Churchill hacia la India y la hambruna es negligente, hostil y despectiva". No de distinta opinión era Leo Amery, Secretario de Estado británico en la India, quien comentó que “no veo mucha diferencia entre su perspectiva (la de Churchill) y la de Hitler”.
La verdad es que no hizo demasiados ascos a los fascismos de la época: "De haber sido italiano, no me cabe ninguna duda de que habría estado incondicionalmente a su lado (de Mussolini), de principio a fin".
Su amor por la India y Oriente Medio era manifiesto. “Estoy totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas... se propagaría un tremendo terror”. Ahora, como en tantas otras ocasiones, se quiere suavizar el sentido de sus palabras (¿por qué?) diciendo que hablaba de gas pimienta. ¿El gas pimienta provoca terror?
Otra frase destruye las piadosas objeciones: "No entiendo este rechazo sobre el uso de las armas químicas. Definitivamente hemos adoptado la posición en la Conferencia de Paz de argumentar a favor de las armas de gas como una forma permanente de la guerra (…) Estoy totalmente a favor del uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas". Aquí es veraz: franceses, ingleses, germanos se gasearon a fondo en la IGM.
Sus valores humanos no excluían los malos deseos: "Gandhi no debería ser liberado por la simple amenaza del ayuno. Nos desharíamos de un hombre malo y de un enemigo del Imperio si muriera".
¿Estamos hablando de personajes olvidados que ya no significan nada? Aceptarlo sería contradecir lo dicho. Una sociedad es un edificio que hunde sus cimientos en su pasado y que se va construyendo en coherencia con él. Peligroso si esos cimientos están carcomidos. Muy radicales han de ser los cambios para que no signifiquen nada. De vez en vez voces de ultratumba se dejan oír y tienen su influencia. La única forma de que esas voces pierdan capacidad de convicción es la de airear sus argumentos. Acallarlos no tiene efectos salutíferos. Aparte de que tiene sus propios heraldos dispuestos a actualizar aquellos pensamientos.
A Boris Johnson, por ejemplo, biógrafo de Winston Churchill, le preocupa que sea olvidado. Para el autor ese conjunto de frases (suponemos que conoce todas) corresponde a “un movimiento de románticos imperialistas". Según quién sea, la palabra imperio tiene distintos significados. Otra frase resume significativamente los ideales del biógrafo: “…aportó una representación física de la idea básica de su filosofía política: el inalienable derecho de los británicos a vivir sus vidas en libertad…”. Ya hemos dicho que salvo ocho países, el resto probó la bota inglesa. Pérfidos ellos, que se resistieron a tan libertario calzado.
Como Churchill, estos personajes persisten en el mismo error: creer que hay jardín y jungla. Para Johnson, Churchill fue un representante del “capitalismo compasivo”. Sus reformas sociales dentro de la isla subsanan lo que pudiera ocurrir en los extrarradios. Como ya hemos leído, simples bárbaros. Con la IIGM ocurre igual. Si con 400 mil bajas caben todas esas medallas ¿qué será de los sesenta millones restantes que lucharon bajo otras banderas? La gran diferencia entre ambos personajes, quizás, es que el primero estaba dispuesto a luchar hasta el último británico y el segundo hasta el último extranjero.