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Democracias mayoritarias y democracias complejas


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

De la misma manera que la conquista de la democracia ha sido un proceso complejo, jalonado por avances que han permitido completarla y ampliarla, los sistemas políticos también han ido evolucionando desde las primeras democracias censitarias hasta las democracias actuales.

Los avances de los regímenes democráticos han sido estimulados por las cuestiones prácticas de funcionalidad que han surgido en determinados momentos, debido a problemas que inicialmente parecían irresolubles.

De hecho, la última etapa de desarrollo democrático surgió del período de policrisis que se vivió en las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX.

Democracias mayoritarias

La Gran Depresión, junto a los efectos devastadores de la Primera Guerra Mundial generó climas sociales y políticos de enorme tensión que se tradujeron en diferentes disfuncionalidades, que en algunos países dieron lugar a la emergencia del fascismo y al reforzamiento del estalinismo (los dos polos de la antidemocracia), mientras que en Estados Unidos se iniciaba el experimento del Estado de Bienestar, bajo la inspiración de pensadores como John M. Keynes, y el liderazgo de políticos como Franklin D. Roosevelt.

Los cambios que han llevado a nuestras sociedades hacia estructuraciones y modelos más complejos y diversificados exigen nuevas formas de entender la democracia y su funcionalidad práctica. 

El choque que enfrentó a las democracias con los fascismos acabó decantando tanto el triunfo de las democracias, como una forma específica de entenderla, con especial atención a las condiciones sociales de la población. Sobre todo, a las clases trabajadoras y a una parte de las clases medias que durante la Gran Depresión habían visto deteriorarse sus condiciones de vida y trabajo, creando un caldo de cultivo propicio para los demagogos que postulaban modelos antidemocráticos.

De aquella crisis, que fue también una crisis de funcionalidad, se salió con una apuesta decidida por políticas sociales que ampliaban los contenidos de la democracia formal: con el consenso keynesiano, que posibilitó una de las etapas más fructíferas de la funcionalidad democrática.

En aquel período –las “tres décadas virtuosas”– se formaron mayorías de gobierno, en virtud no solo del buen clima social y político alcanzado, sino también de la estructura social de la población. Población en la que habían quedado fortalecidas unas amplias clases trabajadoras de orientación progresista, y unas clases medias de inclinación liberal y socialcristiana, en momentos en los que la influencia de la Iglesia Católica, y de otras confesiones cristianas, continuaba siendo muy importantes.

Crisis sociales y crisis políticas

Los años del consenso keynesiano y de los gobiernos democráticos estables fueron evolucionando hacia un nuevo tipo de sociedades, en las que la revolución tecnológica, la crisis de muchas concepciones tradicionales y otros cambios culturales y sociológicos condujeron a realidades bastante distintas y mucho más complejas, más fragmentadas y diversificadas en sus estructuraciones sociológicas, en las mentalidades y en sus identidades y adscripciones. Sociedades en las que, junto a las clases sociales tradicionales, están surgiendo nuevos referentes y grupos de adscripción de naturaleza generacional, sexual, cultural, territorial, etc.

De ahí que las diferencias generacionales y las identidades y adscripciones sean actualmente muy distintas y mucho más fragmentadas y diversificadas que las que se conocieron durante las décadas del consenso keynesiano.

Lógicamente, todos estos cambios económicos, sociológicos, tecnológicos, culturales e ideológicos se están reflejando en las orientaciones políticas, dando lugar a diversas fragmentaciones y a un progresivo debilitamiento de las formaciones políticas tradicionales y unidireccionales. Sobre todo, las que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Con el resultado de unos partidos políticos más diversificados y más débiles.

En el ámbito europeo, Alemania es un ejemplo paradigmático de sociedades que han evolucionado desde un modelo de democracia de mayorías –con un bipartidismo casi perfecto– hacia una democracia compleja, en la que solo son posibles gobiernos de coalición.

En el espacio de la derecha y el centro-derecha del Bundestag, frente a la anterior hegemonía de la democracia-cristiana, han cobrado fuerza los extremistas filonazis de Alternativa por Alemania y los liberales. Al tiempo que en el espacio histórico del SPD han surgido izquierdas postsocialdemócratas, como Die Linke –partido fundado por Oskar Lafontaine, anterior líder del SPD–, los Verdes y otras organizaciones minoritarias.

Cuando en una sociedad no exista una mayoría absoluta de voto y de escaños, los gobiernos deben tener la oportunidad de funcionar democrática y coherentemente, sin supeditarse a unos pocos votos decisorios que abusen de su posición, bien para bloquear la operatividad democrática, o bien para imponer a la mayoría criterios y preferencias minoritarias. 

El resultado es que, mientras antes un solo partido podía formar un gobierno monocolor sólido y con plena funcionalidad presupuestaria y de gobierno, ahora solo resultan factibles gobiernos de coalición. Entre otras razones porque en la era de las democracias complejas solo resultan viables gobiernos que también sean complejos y diversos. Con todos los problemas y tensiones de ajuste que ello implica.

Cuando se trata de un país con una población y unos líderes sensatos que entienden y asumen las dificultades y condicionamientos existentes, el problema no es mayor. Pero en países en los que algunos líderes tienden a enconarse, la situación puede ser sumamente problemática y disfuncional en términos económicos y sociales.

España es un ejemplo de cómo tal tipo de evo- lución ya no hace fácil la formación de gobiernos de mayoría. Al menos de mayorías razonables y funcionales en estabilidad y posibilidades de gobernar, de aprobar leyes y presupuestos. Como ocurrió en el pasado con los gobiernos de Adolfo Suárez, de Felipe González, de José María Aznar y de José Luis Rodríguez Zapatero (al menos parcialmente). Sin embargo, el último gobierno de Mariano Rajoy solo pudo salir adelante funcionalmente gracias a la generosidad de los votos de los diputados del PSOE a sus presupuestos. En un contexto complicado, con fuertes componentes de debilidad política y parlamentaria que, como suele ocurrir en estos casos, acabó despertando las apetencias de fuerzas minoritarias que intentan aprovecharse de las debilidades estructurales para sacar provechos impropios –por decirlo de manera suave– que conducen a crisis políticas sistémicas. Algo que en este caso se logró reencauzar gracias nuevamente a la generosidad, y al sentido de Estado del PSOE, esta vez liderado ya por Pedro Sánchez. Líder que hasta ahora no ha encontrado el más mínimo gesto de generosidad y de sentido de Estado recíproco por parte de los actuales dirigentes del PP. 

La gobernabilidad en las democracias complejas

De la misma manera que durante el ciclo de las democracias mayoritarias, la funcionalidad de los gobiernos quedaba asegurada por las propias mayorías parlamentarias, en las fases actuales de complejidad sociológica y electoral, resulta evidente que los problemas y los dilemas de la funcionalidad democrática tienen que ser replanteados y reenfocados, antes de que se enconen y se redupliquen sus efectos perversos.

De hecho, en la actual fase de evolución de las sociedades complejas los problemas conciernen a cuestiones nucleares de la operatividad política. Es decir, a la formación de gobiernos, a la aprobación de leyes (conectadas lógicamente a los programas electorales) y, sobre todo, a la aprobación de Presupuestos. Algo que anuncia futuros sombríos para todos, en la medida que la opinión pública es sumamente crítica ante los problemas de disfuncionalidad política. Y muchas veces no se acierta a diagnosticar –y enfocar– bien los problemas, ni a alcanzar las soluciones lógicas y realistas. Cuestión crucial que en las sociedades actuales intenta ser embarrada y semihundida en la opacidad analítica por toda una legión de intoxicadores de extrema derecha. Tarea que se visibiliza en buena parte de la basura que circula por las redes y por los medios de comunicación social de derechas.

Ante este problema, y su previsible agudización en el tiempo, hay que plantear cómo practicar la democracia en sociedades cada vez más diversificadas y heterogéneas en su composición, en sus intereses, en sus concepciones y en sus necesidades. De hecho, esa complejidad social ya hace tiempo que viene llevando a nuestras sociedades a practicar modalidades de decisión democrática no supeditadas a la exigencia de mayorías absolutas; como puede constatarse en la vida parlamentaria.

En el ámbito de lo que algunos continúan calificando como la sociedad civil, es decir, en el entramado de acciones y prácticas asociativas y resolutivas en las que nos encontramos “necesariamente” el común de los mortales, hace tiempo que no se viene considerando imprescindible el criterio de decisión por mayorías absolutas.

En una multiplicidad de asociaciones, clubs, comunicades de vecinos, asociaciones deportivas, recreativas, culturales, etc., si para tomar cualquier decisión fuera necesaria una mayoría absoluta de los inscritos, ese tejido asociativo ya habría entrado en un proceso de autodestrucción y colapso. De ahí la asunción progresiva del criterio de las mayorías relativas.

Por lo tanto, habría que preguntarse: ¿por qué razón aquello que se considera lógico, válido y suficiente a nivel microsocial, no se estima también adecuado a nivel macrosocial? Es decir, ¿por qué no considerar suficiente para la conformación de un gobierno, la sanción de unas leyes, o la aprobación de un Presupuesto, el tipo de mayoría que realmente ha salido de las urnas, sea esta absoluta o relativa?

El problema de exigir un tipo de mayorías reforzadas –que ya no existen sociológicamente– propicia argucias y estrategias de aprovechamiento por parte de minorías voraces y poco amigables, que intentan “vender” a precios astronómicos los muy pocos esca- ños que a otros les faltan para conformar las mayorías absolutas exigidas para la funcionalidad democrática.

Aunque ya se ha empezado a flexibilizar tal tipo de mayoritarismo primario no alcanzable, es evidente que tal forma de proceder en el fondo y en la forma puede suponer una inversión de la lógica democrática, en la medida que, ateniéndonos a tal criterio, al final los que menos votos tienen acaban decidiendo más (y más “aprovechadamente”) que aquellos que han logrado mayores apoyos en las urnas. Lo cual es una distorsión que causa mucha decepción en la opinión pública.

Por estas razones, parece evidente que en la etapa de las democracias complejas es necesario replantear –y reordenar– la forma en la que garantizar una correcta funcionalidad política, en la que sean las mayorías (aunque relativas) las que gestionen la libre expresión de la voluntad popular manifestada a través del voto, de acuerdo al criterio de “un hombre/ una mujer, un voto”. Sin trampas, distorsiones ni posibilidades de que los votos decisorios acaben siendo los de minorías oportunistas, pudiendo dar lugar, por lo tanto, a decisiones contradictorias con la propia lógica y sentido de la verdadera democracia, en la que siempre debe prevalecer la voluntad más mayoritaria. Democracia que no puede –ni debe– mantener- se maniatada por criterios y/o situaciones propias de otro tipo de sociedades y circunstancias del pasado, en las que el poder se residenciaba en unas minorías, y no en las mayorías sociales realmente existentes. Absolutas o relativas.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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