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La decadencia argentina


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Las políticas económicas neoliberales suelen practicar el sadismo con relación a la pobreza. El experimento de Javier Milei lleva ya diez meses de recorrido en Argentina. Un país magnífico que nunca ha tenido suerte con la política. El paisaje humano de su capital expresa desolación y desesperanza. Saben que las cosas siempre pueden ir a peor. Existen problemas económicos estructurales difíciles de resolver. La desindustrialización de la época de Menem y la paridad monetaria con el dólar dejó buena parte del país sin posibilidad de empleo. País reprimarizado sólo puede exportar productos agrarios básicos y, desde hace poco, hidrocarburos. Sin embargo, tiene una capital con veinte millones de personas llena de pobreza y desempleo. Sólo se puede aspirar a trabajar para la administración pública y, ésta, no da para tanto. La pobreza está presente en todas partes y la miseria más absoluta en cada esquina. No existe obra pública y la dejadez del espacio urbano simboliza bien el estado del país. Las políticas de contención de la pobreza, tan propias del peronismo, han ido desapareciendo en manos de unos gobernantes cuya pretensión es dejarlo todo en manos del mercado y que cada uno se espabile. Los mismos datos oficiales de ahora ya reconocen que 5,5 millones de argentinos no pueden realizar dos comidas al día. La situación es tercermundista. La gente formada, que es mucha, cae en la tentación de buscarse una vida más esperanzadora afuera.

Las políticas consistentes en desarmar al Estado y acabar con toda intervención pública, especialmente las políticas sociales, es una fijación de Milei y los anarcocapitalistas que le rodean, pero también de toda la derecha tradicional argentina que lo sostiene y le apoya. Se justifican en las exigencias de reducción del déficit y deuda que les impone el Fondo Monetario Internacional. Ciertamente el país es prisionero de una deuda externa grandiosa que lo condiciona todo. Ahora se aplica una doctrina de shock con la pretensión de controlar la hiperinflación, cumplir con los compromisos financieros, crear confianza y atraer a la inversión exterior. Aunque el país ya no estaba bien antes, sus efectos son evidentes en forma de empobrecimiento generalizado y ampliación de las bolsas de miseria absoluta. Antes o después, las calles explotarán. Ahora ya lo han hecho las Universidades. Milei y la oligarquía dominante saben que tienen poco tiempo para realizar los ajustes duros y dinamitar cualquier papel del Estado en la economía ya que un desnortado peronismo acabará tarde o temprano por rearticularse. Estos días ya ha reaparecido la figura de Cristina Kirchner reivindicando su papel. Parece haber olvidado que Milei fue un producto muy singular que emergió por el fracaso y la corrupción que la gente más desvalida acabó asociando al kirchnerismo. Milei ha dejado de hacer gracia a buena parte de quienes le votaron. Para la derecha, un fusible a quemar una vez hecho el trabajo sucio. Veremos si el peronismo de izquierdas es capaz de levantar un proyecto de futuro más allá del carácter paliativo de las políticas sociales y la generación de clientelismo electoral.

El país necesita actividad y crecimiento económico más allá de una explotación de recursos primarios que favorece a una minoría extractivista y no genera mayor riqueza para todos y mucho menos, expectativas de crecimiento. Muy difícil. Ciertamente hace falta estabilidad y generar confianza para que la inversión fluya y se impulse una necesaria reindustrialización. La geopolítica global no ayuda más allá de cierta y silenciosa penetración china. Argentina está muy al sur, demasiado, y encarada históricamente hacia el Atlántico. Los grandes flujos económicos están en el Pacífico, y otros países están mucho mejor situados en estas coordenadas. Un reputado economista local me explica que, más que entrada de capitales inversores, el Estado debería controlar la constante fuga de capitales interiores que, estos sí inmensos, empobrecen de forma notoria un país que tiene recursos y gente muy formada, pero que ha sido y es víctima de formulaciones políticas espantosas. Milei, aunque insólito e indigerible, es algo más que una anécdota. Aunque tiene los instrumentos de gobierno, en realidad, no es quien tiene el poder. Los contendientes políticos de fondo, los intereses son los de siempre.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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