Mazón, Sánchez y el esfuerzo comparativo
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Las ocho horas y media de vuelo entre Madrid y Nueva York o las doce y media entre la capital de España y Los Ángeles, no admiten reparo para que los estándares de pensamiento anti político, como gusta llamarse ahora, acorten distancias y horarios para la semejanza entre unas ubicaciones y otras en el sentido que impregnan las ideas. El escenario de Valencia durante y después de la catástrofe permite el crecimiento de una especie de imputación mucho más afilada para la figura pública de Sánchez que la destinada al presidente Mazón. Sea por contagio de los vientos triunfantes al otro lado del Atlántico o por generación espontánea de acá alumbrados, el caso es que la caprichosa indagación de las causas y efectos del desastre natural arrastran con más voracidad en la convocatoria de méritos para la censura al presidente de Gobierno de la nación que al titular de la Generalitat valenciana.
Principalmente la dejación de funciones como acusación atravesada en la garganta del gobierno con sede en Moncloa resulta de lanzamiento obligado. El recuerdo de las posiciones del gobierno de coalición PSOE-Podemos a propósito de la pandemia por Covid, cuyo resultado en víctimas de 2020 a 2023 fue de 121760 muertos, según las últimas estadísticas, que acuñó Dámaso Alonso en la guerra civil, es el de un ejercicio de apaleamiento por parte de la oposición, con especial incidencia en los primeros meses tras el decreto del estado de alarma, con una estelar intervención de flamígera condición por parte de la portavoz parlamentaria del Partido Popular, Cayetana Álvarez de Toledo, en un Congreso de Diputados semivacío en cuya cámara parecían perdurar con más resonancia los dicterios de la hispano argentina.
A finales de mayo de 2020, en pleno frenesí contra el vicepresidente Pablo Iglesias, aún portador de una abundante coleta, la diputada de verbo correoso, en un afluente de su discurso central sobre la crisis sanitaria que tenía al mundo en un hilo, llamó al dirigente de Podemos “hijo de terrorista”, lo que suscitó, en tiempos de dirigencia de Pablo Casado en el PP, la aversión del presidente de Galicia, Núñez Feijóo, quien repudió la estridencia, entonces el gallego a una distancia sideral de la ideación de su paso desde Santiago a la calle Génova, de Madrid, con la llave de paso del suministro de agua potable y de riego de la derecha española. Con aquellas nostalgias sobre la “colaboración” del PP y Vox en la crisis más letal con que se enfrentó el gobierno recién jurado en enero de 2020, con las letanías de liberticida y criminal que le caían encima durante tantos meses de confinamiento y mascarilla, con todo este arsenal de artillería ante una tragedia nacional, no faltó el recurso de inconstitucionalidad de los dos estados de alarma decretados y firmado por Vox y que fueron atendidos por seis votos contra cuatro por el más alto Tribunal, en lo que se interpretó como una victoria sin aditamento paliativo para la oposición.
Cuatro años y medio después y con todos estos antecedentes, decretar un estado de alarma que significaría la anulación en tiempo de vértigo, veinticuatro horas máximo, de las competencias de la autonomía de Valencia, abre un interrogante de reflexión que bien pudiera cerrarse en un alud de crítica a quien decreta la excepcionalidad, esto es, el gobierno central presidido por Pedro Sánchez y su ejecutor material, que sería según la ley, el ministro de Interior, Grande Marlaska. El antagonismo manifestado en 2020 con virulencia en todos los ámbitos, también en judicial constitucionalmente entendido, abona una interpretación escasamente colaboradora. Si con mil muertos diarios en el mes de abril de 2020, el esfuerzo de comprensión con doscientas víctimas puede perfectamente traducirse como potencialmente pequeño.
En cualquier caso, las situaciones son evaluables comparativamente aunque el drama prefigure la necesidad de la tregua, pero la opinión pública como protesta ante la visita de los agentes institucionales de primer orden y las manifestaciones recientes ya toman posición declarada, en un caso con utilización de la violencia, en otro con masiva protesta y petición de dimisión del primer mandatario valenciano, que añade día tras día más obscenidad a su negligente actitud en los primeros momentos de la catástrofe, que no fueron otros los que generaron las líneas maestras del conjunto de la tragedia material, pero la pérdida de vidas humanas se cuantifica entre la jornada del 29 al 30 de octubre, cuando el escapismo de Mazón brotó con la excepcionalidad ya conocida.
A medida que se van conociendo los detalles de insensibilidad política con provocación de consecuencias del todo alarmantes del presidente valenciano se agiganta la incomprensión sobre la actitud de mantenimiento del titular de la Generalitat, en la seguridad que esa permanencia ampliará el sufrimiento del paciente y el de los valencianos. Si en estos días se le ocurriera leer al rumano sentencioso Emil Cioran, en “Ese maldito yo”, se tropezaría con este aviso: “Lo maravillo de esta vida es que cada día nos aporta una nueva razón para desaparecer”.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.