Los migrantes como cabeza de turco
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
La inmigración no es un problema, y menos aún los inmigrantes. La inmigración es un fenómeno complejo que, cuando se produce en forma de contingentes elevados y que se desplazan de forma informal y muy arriesgada, requiere ser abordado y gestionado. No es fácil y en cambio lo es -y mucho- hacer demagogia y expresar frustraciones y bajas pasiones que suelen tomar la forma de xenofobia.
En la dinámica de movimiento de población del continente africano hacia Europa confluyen muchas cosas. Por un lado, un elemental intento de huir de la pobreza, y muchas veces también de los conflictos bélicos y, a la vez, la atracción de una sociedad europea y occidental en la que se cree poder desarrollar una vida bastante más aceptable. Si el rechazo de origen tiene unas evidentes causas socioeconómicas que se pueden constatar, no lo es tanto que las posibilidades de construir una nueva vida en el continente de llegada se cumplan. Probablemente, han depositado un exceso de expectativas y el mundo de acogida es poco propenso a comportarse como tal y el hecho de que sean tierras ricas, no significa que sus ciudadanos estén dispuestos a compartir el bienestar con los recién llegados. Menospreciar lo diferente resulta muy fácil, como difícil es aceptar la multiculturalidad en aras de no sé qué supremacía de nuestra cultura. En cualquier caso, se desarrolla una fuerte tendencia a identificar a los recién llegados con la pobreza -eso suele ser cierto-, con la delincuencia y con hábitos que nos molestan y consideramos poco adecuados y saludables. Se acepta mal que haya cambiado la fisonomía de las calles, que aparezcan nuevos tipos de negocios, que en las escuelas públicas haya más niños “de fuera” que de “casa” o que nos parezca que colapsan los servicios públicos. Aceptémoslo, no nos gustan los diferentes y menos cuando son pobres. No nos complacen la gente del Magreb, pero en cambio, no tenemos ningún problema con los árabes ricos. Esta pulsión miserable, debemos combatirla con la racionalidad y con dosis de humanidad, reflexionando que toda persona tiene el mismo valor y que, nosotros, no hace tantos años que nos encontrábamos en una situación que se parecía.
Llegados aquí -los que lo consiguen y no se quedan por el camino- son grandes contingentes que mantenemos en situación de irregularidad y que muchos de ellos son menores no acompañados. En lugar de incorporarlos por el bien de ellos y de todos, los mantenemos en un limbo como si se trataran de cosas molestas, mientras muchos de ellos se mal ocupan en trabajos pesimamente pagados ayudando a mantener en muchos sectores una ficción de economía que se sostiene sobre costes esclavizadores mientras sobreviven en las ciudades en condiciones lamentables. A la derecha y la extrema derecha de aquí y de allá les gusta mucho vincular la migración a la delincuencia, si conviene, exagerando o inventando responsabilidades en las redes sociales para mantener viva y si puede ser exagerar la xenofobia, como si estos comportamientos fueran inherentes a la cultura de origen, que nos habrían exportado. Se obvia que la pobreza y la miseria son un caldo de cultivo para determinados comportamientos. Si les condenamos a esta situación, luego no podemos hacerles responsables. Poco importa la realidad, se exageran cifras y se hacen correr noticias falsas con el fin de crear y convertir la aversión a la inmigración en un elemento de movilización política, apelando a un pretendido caos social y cultural que ésta generaría y que es necesario combatir. Es cierto que el tema requiere ser adecuadamente gestionado y realizar acuerdos y ayudas con los países de origen para evitar los dramáticos flujos de llegadas informales a nuestras costas. En países con dinámicas demográficas envejecedoras, la inmigración es un bien si se hace y se canaliza bien. Se requiere buenas políticas y poco ruido demagógico. También, no olvidar que estamos tocando un tema que afecta a personas y que, como tal, debería abordarse. El uso y abuso político del tema resulta lamentable y acaba por ser también delictivo por la cultura del odio que genera. Ahora bien, tampoco ayudan quienes, detrás de un buenismo impostado, niegan cualquier necesidad de abordar el tema.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR