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La ciudad espectáculo


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El mundo actual, más que por territorios, está conformado por ciudades. Grandes urbes que reúnen a buena parte de la población, que configuran un nódulo en los flujos globales de recursos, información, tecnología y conocimiento. Las ciudades globales (Londres, París, Barcelona, ​​Nueva York, Madrid, Ámsterdam...) aspiran a la totalidad de las energías de los territorios a los que no dejan ni población, ni oportunidades y menos protagonismo. Los estados-nación son una especie de rémora antigua. La competencia global es entre ciudades, las cuales pugnan por hacer de escaparate y atraer turismo de élite y economía del conocimiento, aparte de ser un referente de cultura y de grandes eventos mundiales. A menudo, detrás del esplendor que brindan hay muchas miserias, sufrimientos, expulsiones de la población hacia los márgenes y los problemas irresueltos son multitud. Barrios degradados que coexisten con procesos de gentrificación, falta de viviendas, turistificación insoportable, falta de servicios, pérdida de bienestar de sus ciudadanos, déficit de atención... Tras las lentejuelas de resultar ciudades deseables y deseadas, de representar el cosmopolitismo y la modernidad, hay gente que tiene que irse, las bolsas de miseria aumentan o no hay actividades económicas más allá del turismo. Las ciudades han pasado a ser para sus dirigentes y por las clases dominantes que cortan el bacalao, meros escenarios en los que exhibir grandezas que, en realidad, no se tienen. Destinos obligados en un mundo de movimiento acelerado y continuado en la conquista de fotografías para colgar en Instagram. Ciudades que, como las estrellas brillantes del music-hall, tienen una triste historia y una deprimente realidad cuando descienden del escenario. El marketing ya ha sido despojado de ser un puro instrumento para dar a conocer para constituirse en un fin en sí mismo.

Barcelona ha simbolizado durante treinta años un referente como ciudad de cultura, abierta, mediterránea y cosmopolita. Como un spot de Estrella Damm. La ciudad ideal una vez descubrió el mar y empezó a quererse. La turistificación más vulgar, ha sido su consecuencia, lo que le ha llevado a morir de éxito en tanto que ciudad de residencia. Ya no es para los que viven, quienes no pueden pagarla ni sostenerla. Juega la liga de ser representación y escenario, símbolo del globalismo dominante y del imperativo de la movilidad. El proyecto de ciudad que se deriva de las acciones públicas es el de acentuar ese papel y no perder la batalla simbólica frente a Madrid, capital que a partir de Aznar ha decidido absorberlo todo en el sur de Europa y así, como efecto derivado, acabar con el llamado “problema territorial” en España. Grandes eventos deportivos del motor, del tenis, mundiales de lo que sea, ingente promoción turística intentando seguir el “modelo Barcelona” pero con toda la potencia que le da ser capital de Estado... Un modelo desfasado, viejo y contra el bienestar de sus ciudadanos. Después de unos años de confusión, parece que Barcelona quiere volver a jugar la partida: sede de grandes giras de conciertos, salidas del Tour o Fórmula1 en el eje del comercio del lujo de la ciudad. Que la fiesta continúe. Toda una declaración de principios.

La demostración de Fórmula1 en el Passeig de Gràcia tuvo efectos y costes reales en la ciudad pero, al mismo tiempo, contiene una potente carga simbólica. Los trastornos de la movilidad resultan evidentes en un espacio tan central, como unos costes de obras que, en este caso, deben encontrar recursos municipales y un calendario de urgencia. Puede que tanto barceloneses como turistas estén encantados por el espectáculo adicional que se les proporciona de forma gratuita. Cultura del entretenimiento y un mensaje de que la privatización del espacio público no tiene ningún problema. Un deporte de clases altas para disfrute de sectores acomodados que son lo que siguen sus grandes premios por todo el mundo. El elitismo por bandera y desposesión de la ciudad a quienes la habitan. Mientras, a unos cientos de metros, en Ciutat Vella, la suciedad, marginalidad, pobreza y exclusión campan libremente. Esto es la ciudad neoliberal, claramente segregada y deshumanizada. ¿Este es el modelo de ciudad que necesita Barcelona? ¿Este es el proyecto progresista para la ciudad? Algo no encaja.

 

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR


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