Matar al perro
- Escrito por Josep Burgaya
- Publicado en Opinión
El maltrato animal está socialmente mal considerado y, además, es un delito. Hemos avanzado bastante. No hace tanto tiempo matar a perros o gatos o jugar de manera perversa con animalitos hasta destruirlos, era poco más que un pasatiempo, algo rústico, eso sí. En el mundo campesino, nunca se ha sido tan pulcro como en la ciudad con el trato a los animales domésticos. Se les respeta por su utilidad, pero por lo general no se cae en un exceso de proximidad y, mucho menos, al darles un trato de persona. La jerarquía está clara. En el mundo urbano, en los últimos tiempos, existe un exceso de animales de compañía, de mascotas. El crecimiento exagerado de la “animalofilia” probablemente también tiene que ver el ser una manera de combatir la soledad contemporánea, el tener a alguien con quien compartir algo, aunque sólo sea el cariño y el aprecio. No hace falta que nos hable. O quizás sí, según dice públicamente el presidente argentino Milei él habla con Truman, su perro muerto y, pese a saberlo, los votantes argentinos le han apoyado en masa. Qué tiempos. A los que nos gustan los animales de forma más convencional, les cuidamos, pero valoramos que mantengan esta condición; a menudo sorprenden y tememos que no sean relaciones muy saludables, cuando nos encontramos a conciudadanos que tratan a sus mascotas como personas, de manera exageradamente cuidadosa: podólogos, peluquerías, psicólogos, nutricionistas, vestidos de temporada y que, además, nos los hacen aguantar en situaciones que no deberían. En fin, los míos deben ser prejuicios de persona poco sofisticada que se crio y vive en el campo.
Toda esa introducción viene a cuento de cómo la gobernadora de Dakota del Sur, Kristi Noem, perderá la posibilidad de ser la próxima vicepresidenta de Estados Unidos por, en un ataque de furia incontrolable, haber matado a su perro. Es una destacada republicana y trumpista, que iba a hacer tándem con Donald Trump para las elecciones de noviembre. Ya no lo será. El electorado estadounidense, incluso el más belicista, tiene un amor reverencial a las mascotas y, especialmente, a los perros. Ahora todo el mundo la conoce como "asesina de perros". No la votaría ni el apuntador. Cuenta ella que tenía, hace veinte años, un perrito tan insoportable que la sacaba de quicio y que, por eso, decidió llevarla a un acantilado y endiñarle un disparo. No consideró la posibilidad de regalarle o darlo en adopción. Dicho y hecho. ¿Por qué cuenta una historia tan lamentable en sus memorias después de dos décadas? Pues para parecer una mujer dura, valiente y resolutiva. De cara a la política se acaba de perpetrar un disparo en el pie. Lo cachondo es que, literalmente cuando se cargó al perro, no lo apartó lo suficiente y la bala fue a parar a su pie. Justicia poética. Ciertamente a menudo la realidad supera a la ficción.
Lo que me resulta más curioso es que el electorado de su estado la ha elegido y reelegido como máxima gobernadora por representar el conservadurismo más duro y el trumpismo más alocado. Envió a la Guardia Nacional a la frontera para impedir la entrada de inmigrantes haciendo auténticas cacerías, defendió la pena de muerte, restringió las posibilidades de aborto, impidió legislación por los transgéneros, defendió el asalto al Capitolio, apoya la masacre de Israel en Gaza y todo tipo de brutalidades. Sus electores, nunca le han censurado por ello, más bien les ha proporcionado seguridad, empatía y una gran popularidad. Pero los mismos que le aclamaban ahora le están poniendo verde en las redes por haber matado a un perro y le piden, ¿dónde está Cricket?, que éste era el nombre del cachorro. Sin lugar a duda, ha perdido toda opción de ir para vicepresidenta junto al Trump, al que, nadie le reprocha ninguno de los cientos de delitos económicos y de acoso sexual no solo evidentes sino incluso confesos. Pero no ha matado a ningún perro, que eso sí que resultaría injustificable. Tan sensibles para según qué y tan poco por tantas otras cosas. Es para hacérselo mirar.
Josep Burgaya
Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.
Blog: jburgaya.es
Twitter: @JosepBurgayaR