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Ana Blanco


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Ana Blanco es un enigma encerrado en un cráter en erupción permanente: TVE. Es también un milagro y una extrañeza, nunca una extravagancia. De qué manera una presentadora de informativos haya podido permanecer treinta y dos años ininterrumpidos dando la cara en los telediarios, en un medio público híper sometido al escrutinio permanente, en un país atravesado por escándalos y sobresaltos como los que han sacudido España durante las tres últimas décadas, polarizado hasta extremos irritantes, no es explicable desde la lógica mediática convencional. Igual que existe el humor blanco, que gusta a casi todo el mundo, quizá podríamos plantear la hipótesis de estar ante un caso original de periodismo televisivo blanco, apto para todos los públicos: una televisión baja en grasas ideológicas, con unos índices de colesterol envidiables. Tal suposición podría tener algún grado de verosimilitud, por ínfimo que fuera, si Ana hubiera ido por libre, pero los telediarios que ella presentaba han sido la crónica colectiva, a menudo convulsa, de un tiempo de ruido, furia y bronca políticas.

Un caso como el de Ana Blanco es inédito e irrepetible. Casi inverosímil. Intentar explicarlo obliga a tener en cuenta diversos factores. Uno de ellos es, naturalmente, su categoría profesional; también hay que contar con el azar, cuya trama forma parte de la realidad, junto a la necesidad. Ahora bien, con ser importante la duración, por insólita, seríamos injustos si no reconociéramos su calidad en el día a día, en el telediario a telediario, que le ha permitido una exitosa carrera periodística, con la excelencia como carta de naturaleza. La apuesta de la televisión suele ser por el brillo; Ana ha sido una figura mate, discreta, no invisible, ¡solo faltaba!, pero tenía el gusto por la transparencia, a cuyo través pasaba la actualidad.

Ana Blanco es una representante del clasicismo televisivo, ajena a las tendencias actuales del periodismo, en que es usual saltar a la pantalla con la camiseta de un partido o un equipo. Como es natural, Ana tiene sus inclinaciones y sus preferencias políticas, pero no las dejaba traslucir en su desarrollo profesional. Podría haber sido un busto parlante, y hubiera estado muy bien, porque la faceta de locutora la dominó desde el primer día, pero ha sido una periodista de cuerpo entero, a quien cuando la actualidad le ha caído encima se ha desenvuelto con admirable naturalidad y maestría. Ningún suceso durante sus 32 años de TD le ofreció la oportunidad y el riesgo del 11 S, puesto que el derrumbamiento de las Torres Gemelas se produjo en pleno informativo. Allí no había papel que explicara nada, ni antecedentes, ni teleprompter, ni Wikipedia… Estaba sucediendo en directo algo inaudito y había que poner palabras para describirlo. Ese 11 de septiembre de 2001 estuvo Ana en directo durante muchas horas, pero fueron los primeros minutos los más complicados, porque ahí no tuvo compañeros, ni expertos que la ayudaran a explicar lo que pasaba. Recuerdo que lo hizo con naturalidad, sin despeinarse. Es lo que nos pasa cuando vemos una jugada de Messi, mueve la pelota con una facilidad tan aparente que nos hace sentir la ilusión de que es sencillo hacer lo que hace.

Con el tiempo todo será olvido, pero, en tanto los años van calcinando la memoria, nos quedará el recuerdo de una presentadora que acaba de jubilarse, que se llama Ana Blanco, que se ha ido como llegó y como estuvo siempre, discretamente, sin hacer ruido. Se ha despedido en el clásico por antonomasia de la televisión en España, en Informe Semanal. La historia dentro de la historia.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.