HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

El ajuste de Milei se juega su futuro en los primeros seis meses de mandato


(Tiempo de lectura: 9 - 17 minutos)

UN VUELCO INESPERADO: 

Después de alcanzar solo un 30% de votos en la primera vuelta electoral en Argentina el pasado 22 de octubre, Javier Milei, de “La libertad Avanza”, parecía definitivamente derrotado por el candidato oficialista Sergio Massa (del peronismo bajo la denominación “Unión por la Patria”), que trepó a un 37% de preferencias, relegando ambos al tercero en discordia, “Juntos por el cambio”, alianza del centro derechista PRO con la centro izquierda (Unión Cívica Radical y otros), con apenas un 24%.

En ese momento Massa, a cargo de la economía del país, parecía lograr su objetivo presidencial, a pesar de la severa crisis económica con alta inflación y casi un 50% de pobreza luego de años de estancamiento económico en una nación otrora rica. Había podido dividir a sus adversarios ayudando a Milei con recursos, y hasta con candidatos en cargos menores para que completara sus listas, de modo de quebrar al sector opositor hasta entonces mayoritario que se prepara para la sucesión, es decir “Juntos por el Cambio”. Si bien Milei irrumpía como un factor de deconstrucción de los partidos políticos tradicionales a los que denunciaba como “casta” llena de privilegios, en su calidad de “emergente” sin actividad partidaria hasta hacía solo dos años, su impronta transgresora y hasta cuasi bohemia y su carácter irascible lo hacían aparecer como una alternativa altamente riesgosa.

Pero la rápida reacción del sector del PRO (en particular del expresidente Macri y su candidata perdidosa Patricia Bullrich), adelantando su apoyo a Milei y quitándole así todo temor a sus partidarios para que hicieran lo propio, otorgando además nuevo impulso a su campaña, le dieron el empuje que necesitaba para triunfar en el ballotage del 19 de noviembre, cuando alcanzó el 56% de las preferencias.

En realidad, la impopularidad del gobierno de los Fernández (Alberto y Cristina), y su ministro de Economía Massa, facilitaba las cosas para cualquier oponente que llegase al “enfrentamiento final”, aunque debe reconocerse que el mensaje de Milei de “poner fin a la casta política” y su propuesta de que el necesario ajuste lo pague la política y no la gente, también hizo lo suyo. Y su posicionamiento sonaba creíble por tratarse él de un emergente de la derecha, a la manera de Bolsonaro en Brasil, que además declaró su admiración por Donald Trump y la ex Premier británica Margaret Thatcher (a pesar de que es odiada por todos los argentinos desde la guerra de Malvinas de 1982). Sus antecedentes eran básicamente sus presencias televisivas como panelista invitado, que se dedicaba a criticar el sistema económico vigente.

Pero una vez ganador, Milei demostró una vez más su astucia. Y así como lo había utilizado inicialmente a Massa para llegar al ballotage, ahora ya con el triunfo en sus manos puso en claro que “Macri no compró acciones de su gobierno” (sic), y adelantó que el binomio (Bullrich-De Petris) de “Juntos” ingresaba a su gabinete en las áreas de seguridad y defensa (seguramente las de mayor riesgo en la gestión venidera), mientras que rehusó los ofrecimientos del ex presidente en las áreas sensibles donde le había manifestado interés en colocar partidarios afines, en particular para la sociedad petrolera de mayoría accionaria estatal YPF y el ministerio de Obras Públicas. En cambio, designó en la cartera de Economía a Dante Caputo, muy cercano a Macri pero a cargo del fuerte ajuste fiscal que propuso en su campaña, que implica recortar a cero el déficit que en 2023 trepó a unos 15 mil millones de dólares (3 puntos de producto), en más otros dos puntos de PBI para el pago de intereses de la deuda.

EL AJUSTE ANUNCIADO:

Caputo deberá además según la misión que le encargó Milei, refinanciar a largo plazo la deuda de corto plazo del Banco Central por otros 5 puntos de PBI y que asumirá el Tesoro Nacional y que pasará así a constituir deuda pública. Esa deuda del Banco Central la contrajo el organismo mediante la colocación de letras y “pases” (préstamos de muy corto plazo) para absorber el exceso de moneda generado por el continuado financiamiento directo del déficit fiscal en los últimos años.

La arriesgada apuesta de Milei en materia económica, amén de la eliminación de subsidios a los servicios públicos de energía y transporte, los que en consecuencia deberán aumentar significativamente sus tarifas, incluye una futura “dolarización” consistente en la eliminación de la moneda local -el peso-, y también de su emisor, el Banco Central de la República Argentina. En sus términos, de esa forma se eliminará el vicio de la política de gastar y emitir, o endeudarse para financiar los déficits fiscales.

En el enfoque de Milei, la inflación que hoy supera el 150% anual y se proyecta en hasta un 300% según los incrementos del último trimestre, puede desembocar en una hiperinflación si no se corta de inmediato el déficit fiscal y la consecuente creación de moneda ante la falta de crédito para el sector público argentino.

Milei teme que, ante una posible pronta liberación del tipo de cambio, hoy bajo controles en un mercado con trabas al acceso a las compras, y en virtud de la escasez de reservas del Banco Central, aquél excedente de moneda en manos de los bancos y colocado en letras y pases, se vuelque al mercado y provoque una disparada de la cotización del dólar. Las reservas del Banco Central se estiman negativas en más de USD 10 mil millones sumando y restando activos y pasivos de corto plazo, a lo que se agregan como déficit otros USD 50 mil millones de deuda comercial impaga por importaciones. La consecuencia de esa fuga sería además de la crisis cambiaria y de pagos, el temido golpe hiperinflacionario.

Y así de descarnada es la propuesta de la ultraderecha mileista. Ninguna compensación, “el mal trago” debe beberse de una vez y para siempre. Luego vendrán tiempos mejores con una amplia apertura económica a la competencia internacional de la industria argentina -hoy protegida-, y una inscripción del país en un alineamiento estratégico con los Estados Unidos, al extremo de comprometer las relaciones con China, un gran comprador de los granos, carnes y alimentos que produce argentina, inversor en áreas estratégicas como pesca y nuevos recursos energéticos, constructor de grandes represas hidroeléctricas en el sur del país y ahora también principal prestamista de última instancia.

Ahora bien, Milei hizo una descripción muy directa de la crisis económica en su discurso inaugural, en el que por primera vez en la historia del país dio la espalda al Parlamento para hablar al público y no ante la asamblea legislativa. Esa asamblea que se constituye con el plenario de ambas cámaras -diputados y Senado- ha escuchado siempre en democracia ese primer discurso de los presidentes argentinos.

Milei se jacta de ser el único candidato que dijo en campaña lo que efectivamente habrá de hacer, eludiendo así el clásico doble discurso de los políticos tradicionales que solo hablan de promesas futuras y eluden definiciones precisas sobre los medios para su logro. Él prometió el ajuste y eso es lo que hará, aunque mientras en campaña decía “el ajuste lo pagará la política y no la gente”, ahora ya presidente expresó “el ajuste lo pagará el estado y no el sector privado”. Sin duda algo muy diferente.

Y es claro que el ajuste de la política puede ser ejemplarizador por evitar derroches y exhibiciones cuasi obscenas de despilfarro y corrupción, como las que se vieron en el período kirchnerista (bolsos de dinero y su reparto, falsos empleados públicos que cobran sueldos, en fin, un innumerable conjunto de abusos). Pero ese costado político del ajuste no proporciona siquiera un ahorro de medio punto del PBI contra los 5 de baja de gastos que se requieren para el logro del equilibrio fiscal. Entonces ahora impera la realidad, recorte o más bien eliminación lisa y llana de subsidios al consumo de servicios (menos de 3 puntos de PBI de ahorro) y por sobre todo caída del empleo, de los sueldos y del gasto en obras de infraestructura y, más aún, del gasto en pasividades (jubilaciones y pensiones).

En ese último aspecto justo es decirlo, el exministro Massa dio el mal ejemplo: redujo en un 30% ese gasto que, ante el déficit del sistema previsional estatizado por Cristina Kirchner en 2009, constituye el principal rubro en el total del gasto público (más de un tercio). Esa reducción operó simplemente por obra y gracia de la inflación que deterioró los valores reales, incluso aunque operen aumentos nominales parciales ex post.

TESTIGOS DE LUJO DEL GRAN EQUIVOCO:

Mientras en su discurso a la masa de partidarios que asistieron a la plaza de los dos congresos Milei prometía tiempos difíciles con expresiones tales como “no hay más plata”, “hay luz al final de túnel”, hay que soportar el “mal trago”, vienen meses de recesión e inflación, “caerá el empleo”, el ajuste lo hará el estado, etc., etc., la flor y nata de la ultraderecha internacional aplaudía.

Estaban allí presentes el ex presidente de Brasil Jair Bolsonaro, con un amplio séquito de parientes y seguidores, el presidente húngaro, Vicktor Orban, los representantes de VOX de España con Santiago Abascal a la cabeza, los presidentes de países vecinos liderados por los derechistas Luis Lacalle Pou, de Uruguay, y Jaime Peña, de Paraguay, mientras el ex presidente Trump lamentó no concurrir por encontrarse en plena campaña en su país, y otro tanto el presidente de Israel, Benjamín Netanyahu, en su caso por encontrarse en guerra con Hamas.

Como caso aparte se destacó la presencia del líder ucraniano, Volodimir Zelensky, muy entusiasmado por su primer acercamiento con la región a través del claro posicionamiento de Milei detrás de los Estados Unidos, país que también supo enviar una nutrida delegación. El rey de España, Felipe VI, lució contento pero solitario en ese marco de amigos que generó Milei en su debut.

No es de extrañar que la extrema derecha internacional aplauda y dé la bienvenida a un nuevo líder, buscando como es habitual que “cunda el ejemplo”. Pero lo sorprendente estaba del otro lado, donde se encontraba la muchedumbre de partidarios, hombres comunes que asistían a la plaza para escuchar y apoyar agitando banderitas argentinas (así como otras del anarquismo). Nadie les tradujo que el ajuste ya no será de la política específicamente sino de la gente, o para usar un “viejo” término, del pueblo.

Estancamiento y más bien recesión, caída del empleo y de salarios, eliminación de subsidios a los servicios básicos, entre otras cosas por venir, significarán más pobreza, más necesidades básicas insatisfechas, más “sangre sudor y lágrimas”, parafraseando aquella promesa de Winston Churchill en tiempos de guerra.

Como bien señaló el analista político argentino Sergio Berensztein, por ahora el apoyo a Milei es mayoritario, pero al momento de comenzar a pagar el ajuste las cosas deberían cambiar, lo que no significa negar que las arcas están exhaustas y que la situación crítica de la economía argentina no permite siquiera alargar el actual proceso asimilable a una prolongada agonía. Pero sí cabe pensar y, eventualmente, cuestionar el planteo del presidente Milei de que el ajuste de “shock” es la única alternativa que debe aceptarse sin más trámite.

En principio, muchos analistas de la propia derecha han explicado que, siendo real, la amenaza del paquete de letras de corto plazo y pases del Banco Central para el sistema cambiario, existe una alternativa a la de su inmediata eliminación, que sería la de su congelamiento, ampliación paulatina de plazos y su eventual dilución en el futuro. Es decir, que el tema no constituiría una prioridad para su inmediata eliminación. En efecto, el tenedor actual de esas deudas es el sistema bancario, ampliamente regulado y controlado por el Banco Central y, por ello, nada más alejado a la posibilidad del “golpe de mercado” que temerían Milei y sus seguidores.

Por otra parte, los ajustes de la política son necesarios, pero son a la vez poco significativos para el conjunto fiscal. En consecuencia, el mayor aporte en lo inmediato deberán hacerlo las tarifas de servicios públicos y los precios de la energía en general, pero esa fuerte reducción de subsidios no implica que no deban instrumentarse al mismo tiempo tarifas compensatorias para los sectores de menores recursos (eventualmente vía subsidios cruzados), lo que se conoce como “tarifa social”.

Finalmente, y sin agotar las alternativas de soluciones de ajuste fiscal que no resultan de “shock” como el que propone Milei, esos mismos analistas han recomendado el “desdoblamiento cambiario” transitorio. Es decir, que mientras se libera el tipo de cambio para nuevas operaciones financieras seguramente a un nivel elevado, se mantiene un tipo más reducido para operaciones comerciales y pagos de compromisos anteriores. De este modo, contando con un fuerte superávit comercial (en virtud de la recuperación de la producción de grano ya superada la sequía del ciclo anterior), puede distribuirse en el tiempo y de manera más moderada el impacto de la liberación cambiaria sobre los precios y el costo de la canasta alimentaria.

Desde ya el país necesita capitales (préstamos e inversiones) del exterior y nadie podría soñar con atraerlos sin un mercado libre de cambios; ¿quién traería un dólar para invertir si al valor de cotización de los últimos días le pagan en el mercado oficial un 40% del precio respecto del valor vigente en el mercado libre/paralelo o “blue” en la jerga local? Si este último valor constituye en definitiva la cotización futura esperada, ¿cuánto debería esperar ganar ese inversor para incurrir en tamaño desatino?

Seguramente cuando ese público que aplaudía el discurso inaugural vaya comprendiendo el tenor de lo que significa el modelo Milei, muchas esperanzas desaparezcan y más todavía mengüen los apoyos. Si eso va a derivar o no en protestas sociales ya es materia de discusión. Cuando aumenta el temor al desempleo o a la pérdida de subsidios y otros beneficios para los grupos de riesgo, que el propio Milei dice que va a mantener, suelen disminuir los ánimos bélicos del hombre común.

UN CONGRESO COMPLEJO:

Milei ha dado la espalda al parlamento en su discurso. Pero más todavía podría hacerlo de modo menos simbólico y más práctico, negándose a la posible negociación con la vieja “casta” que según él está allí representada. Ni qué dudar que la bancada que constituye la primera minoría en manos del anterior oficialismo peronista será la más proclive a no votar sus proyectos cualesquiera que fueran.

Se evidenciará todavía más ese sentimiento opositor en aquellos temas que representen la cristalización del “ajuste fiscal”. Pero no sólo allí, puesto que existen otros asuntos que trae Milei y que han constituido viejas banderas del populismo. como la oposición a las privatizaciones. El caso más representativo es el de muchas empresas estatales, que para los espíritus fanáticos son parte de “la patria”, al igual que la bandera o el himno nacional; en primera línea encontramos la petrolera YPF (estatal por mayoría accionaria) y la empresa de aeronavegación Aerolíneas Argentinas, casos sobre los que en el anterior período de Cristina Kirchner se decidieron sus estatizaciones y que estarán seguidos de muchos otros con parecidos argumentos.

La modernidad ha demostrado que lo importante de una empresa en la sociedad es que cumpla eficientemente su rol de proveedor de bienes y/o servicios, y que con ello genere empleo. Si la empresa es estatal, caso de Aerolíneas, pero a costa de enormes déficits sin ser eficiente en términos de sus operaciones, flaco favor hace a la patria, de la que no es su bandera ni su canción patriótica.

Y Milei se propone, con razón en algunos casos, con algunas reservas en otros, privatizar las empresas públicas, para lo cual deberá lograr una autorización parlamentaria.Del lado no oficialista existe otra oposición representada en general por “Juntos”, que se mueve entre un apoyo abierto (sería el caso de los seguidores del expresidente Mauricio Macri), a una cuasi oposición sin extremismos y analizando los temas, caso por caso, entre los que se encuentran la Unión Cívica Radical, por ejemplo.

Pero al momento, Milei, lejos de buscar un acercamiento formal con sus propuestas, si bien todavía es prematuro establecer un paradigma al respecto, parece querer alejar a esos legisladores que representarían para él los intereses de “la casta”. Y allí su minoritaria presencia en ambas cámaras (menos del 15% de los diputados y del 10% de los senadores) constituye una clara contradicción o gran desafío, según cómo se mire, para su vuelta de espaldas a “la casta”.

Su alternativa estaría así en los gobernadores de provincia, que también son objeto del ajuste al no contar con auxilio de las finanzas del gobierno central, que se limitaría a cumplir con la obligación legal de coparticipar una parte de la recaudación de ciertos impuestos recolectados a nivel nacional, y que en cierto porcentaje pertenecen a las provincias, notablemente ganancias (rentas) e IVA.

Los gobernadores cuentan, a su vez, con diversos niveles de influencia (desde el más absoluto al más relativo) sobre los legisladores nacionales que las representan en ambas cámaras. Y más allá de sus bloques o partidos de pertenencia y, por ende, de las posiciones que asuman “en bloque” esas bancadas, la opinión del Gobernador puede contar.

Eso significa, ni más ni menos, una negociación caso por caso, provincia por provincia, para obtener respaldo parlamentario para las diversas reformas que propone Milei para cristalizar su ajuste. Y esa negociación implica dar algo a cambio, aun cuando oficialmente se haya dicho que “no hay más plata”.

Ese es un escenario abierto muy complejo. En términos de dinero, las provincias de menor envergadura económica, que son en general las más pequeñas, significan un costo menor para los eventuales beneficios que se les debiera otorgar a cambio de votos parlamentarios; pero, al mismo tiempo, es posible que en aquellas de mayor envergadura sea importante para el gobierno mantener un cierto orden en la búsqueda de evitar expresiones de malestar popular y conflictos abiertos, lo que los políticos denominan “ganar la calle”.

Ya comentamos que el área de seguridad a cargo de la excandidata Bullrich parece ser clave en el universo Milei, no sólo por la creciente inseguridad en las calles por el aumento exponencial del delito común, acrecentado muy en particular por el narcotráfico que ha penetrado hondamente en áreas urbanas humildes, sino más bien por la necesidad de evitar una protesta social “in crescendo” con manifestaciones de disgusto por el ajuste y sus consecuencias.

Como también ya hemos dicho, no es claro el panorama futuro de “la calle”, entendida como la protesta social manifiesta en virtud de la presencia de dos tendencias opuestas, una a favor dada por el descontento y los costos del ajuste, y otra en contra en virtud del temor, no tanto a la represión como a la pérdida de subsidios y beneficios o del empleo, los que lo tuvieran.

UN TEST INMEDIATO:

Para Milei será clave atravesar con un bajo nivel de conflictividad e importantes éxitos parlamentarios (dentro de los que pueda obtener) los primeros seis meses de su gobierno. Si lograra también para entonces cierta estabilidad macroeconómica aún con fuerte deterioro de la situación social, podrá sentir que ha “cruzado el Rubicón”. La otra expectativa es la contraria: más crisis a corto plazo si tales resultados no lo asistieran.

Ahora bien, aún en el mejor escenario, el éxito de la ultraderecha a mediano y largo plazo seguirá por largo tiempo en duda: imponer el ajuste sin grandes contratiempos no significará llegar a la prometida luz al final del túnel que dijo alcanzar. Un país con 50% de pobreza, nivel que nunca antes había conocido, enfrenta en cualquier caso un largo camino por recorrer para satisfacer las expectativas de aquella muchedumbre entusiasta y aplaudidora.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.