El formato del debate y su necesidad de transformación
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
Después del debate de Atresmedia, si la objetividad es un valor que se desprende de la lectura de varios y distintos medios de comunicación, la conclusión sería que habría un vencedor, Feijóo, un perdedor, Sánchez, y un perdedor adicional, el formato del debate.
Frente a frente a los protagonistas del duelo dilaéctico, dos moderadores, Vicente Vallés y Ana Pastor. Uno de los cuales, Vallés, está siendo distinguido en redes y medios como rutilante crítico del quehacer del ejecutivo de uno de los contendientes en el debate, Pedro Sánchez. En principio, de ser así las cosas, la elección no parece del todo acertada. Si bien, la participación de los moderadores, cuando existía un marcador de tiempos de suficiente visibilidad y dimensión ágil en la lectura de los marcadores de cada uno de los políticos sometidos y temporizados, bien podría resultar prescindible.
Las cualidades de una sala VAR (Video Assistant Referee, árbitro asistente de vídeo en español), que intervienen en decisiones que afectan al juego y a su marcador, permanecen ausentes en este caso. Vallés reconvino a Sánchez por invadir en determinada ocasión el tiempo de intervención, además con llamada al orden, como si se desarrollase la escena en el Congreso de los Diputados y su presidenta reconviniese aquella actitud. En su caso, Pastor exigió del candidato Feijóo su inmersión en el asunto del minuto de silencio por la víctima de violencia de género en Valencia y la nula solidaridad de la presidenta de las cortes valencianas. Requisitoria de Pastor que fue desatendida por Feijóo, por cierto.
Salvedad hecha de estos dos actos más resueltos de los moderadores, la participación y puesta en escena de los mismos en el escenario del debate se puede calificar como puramente ornamental y ausente de función, máxime cuando el barullo generado por las intromisiones de ambos contendientes en las intervenciones de cada uno de ellos hubiese dado pie a caer en la cuenta de la necesidad de una calidad ciertamente moderadora en la ceremonia en la que se estaba jugando el futuro de las próximas elecciones generales. Los primeros debates de 1993 moderados por Manuel Campo Vidal, en Antena 3 y Luis Mariñas, en Tele 5, contaban con más participación del mediador.
Los encuentros de debate más recientes con la presencia de Albert Rivera, CS, y Pablo Iglesias, Unidas Podemos, tenían una frescura que naturalmente podía ser generada por la presencia de más elemento humano en su desarrollo. La presencia del adoquín aportado a escena por Rivera se echa ahora de menos habida cuenta de la rigidez del experimento del lunes pasado. Hasta el momento, la experiencia de debate en esta campaña está resultando muy poco enriquecedora para poner de relieve las carencias de los candidatos en el manejo de actitudes invasivas del terreno del contrario, o la aportación de datos claramente denegatorios de la realidad.
Así, con el paso de una franja horaria de varios minutos, un proceso de verificación de varios expertos podría devolver al terreno de la confrontación las inexactitudes vertidas en la misma. Lo cierto es que de la celebración de este choque electoral se habrán de sacar enseñanzas para evitar la repetición de un modelo sobrepasado incluso por el debate inaugural de 1993, ya hace treinta años.
Aún queda un debate televisivo, el del 19 de julio próximo, en la TVE pública, en el que desde la ausencia, se juega mucho el candidato Feijóo porque no tendrá explicación alguna su dimisión si, paralelamente, asiste su potencial socio, Santiago Abascal, quien con su asistencia desmontará la coartada del popular. El fuego graneado de PSOE, Sumar y Vox, contra la injustificada ausencia, puede revertir muy seriamente los aparentes avances llenos de euforia del lunes 10 de julio.
Los debates más allá de dos contendientes potencian y magnifican la capacidad de sorpresa, regulan y conducen más de dos puntos de vista, y enriquecen el reparto de rostros, de lenguajes gestuales y reacciones, sobre todo cuando todo parece indicar que el ejercicio aritmético será necesario para la obtención de la investidura.
A ello habría que añadir la inevitable adenda de un equipo de verificación diligente y complementario que impida el error o el dolo en el manejo de los datos con consecuencias confusas en el consumidor y afectado en el proceso electoral.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.