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Vísperas electorales


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Las elecciones municipales y autonómicas del 28 de mayo se saldaron con una victoria del PP y VOX, que prácticamente nadie preveía al principio de la campaña y que ha tenido un fuerte impacto en los círculos políticos. Por ello, esa victoria del bloque PP-VOX requiere un esfuerzo de análisis de sus causas y de su eventual inercia en las elecciones generales del 23 de julio.

Marco de partida socio-electoral

Lo primero que se precisa para entender lo ocurrido el 28 de mayo, más allá de lo desmedido de la campaña agresiva del bloque PP-VOX, es que la aritmética de las urnas, y sus cambios, se explica por las nuevas configuraciones sociológicas y actitudinales de las sociedades de nuestro tiempo.

De entrada, hay que ser conscientes de que los “electorados específicos” en los que se sustentaron las democra- cias europeas hasta hace poco se han diluido. De ahí que las potencialidades electorales en cada país ya no puedan ser estimada a priori a partir de la fortaleza y el peso sociológico de los grandes cuerpos electorales clásicos que han existido en cada país en un momento dado. Es decir, ya no existe un bloque a priori de electores socialistas, o comunistas, sustentado por sindicatos de clase y por la amplitud de las clases trabajadoras en cada sociedad; ni tampoco existe un bloque demócrata-cristiano (o social-cristiano) nutrido en las redes organizativas de la Iglesia y de su influencia (desde los púlpitos o desde periódicos o publicaciones propias o cercanas); ni tampoco existe un bloque de inspiración liberal y de inclinación centrista arraigado en una tradición político-intelectual, y apoyado por periódicos y publicaciones conectados con esta tradición.

Los datos de las encuestas rigurosas indican que el perfil de los que votan siempre a los mismos partidos (“electorados fieles”) ha quedado reducido a porcentajes inferiores al 20% (vid. gráfico 1). En el barómetro de mayo del CIS los que así se calificaban quedaron en un escuálido 16,1%.

A partir de estas configuraciones, las posibilidades de realizar estimaciones preelectorales siguiendo el criterio tradicional de atender a los desgastes -más o menos evaluables- derivados de ciclos de gestión de gobierno, o de los efectos de liderazgos poco afortunados, o de ciertas campañas de descalificación crítica, no tienen validez, en la medida que toman en consideración franjas muy reducidas de población. En tanto que la gran mayoría (en torno al 55%) dicen que “votan por uno u otro partido -o no votan- de acuerdo con lo que más les convence en cada momento”.

Volatilidades electorales

Un segundo elemento a considerar es la creciente volatilidad de los comportamientos electorales. Es decir, no solo cada vez es mayor la proporción de ciudadanos que tienen orientaciones electorales abiertas, no ligadas a alineamientos generales con un determinado partido o ideología, sino que, además, la decisión de voto se produce de manera más cambiante y más cercana al momento de emitir el voto. Con lo cual, cada vez es, y va a ser, más difícil efectuar estimaciones plausibles de comportamientos electorales que “pueden” producirse varios días después de realizarse una encuesta concreta. Por más rigurosa, seria y representativa que sea esta encuesta.

Lo cual está teniendo el efecto de que cundan los sociólogos, parasociólogos y aficionados que, para intentar ganarse reputación de “adivinos” y “futurólogos”, dedican grandes esfuerzos y recursos a realizar encuestas hasta el mismo día de la votación, cuando ya hay suficientes ciudadanos que han tomado su decisión. Con lo cual no se sabe muy bien para qué puede servir tal esfuerzo indagador cuando las encuestas electorales no se pueden publicar, y cuando ni los partidos políticos ni los líderes pueden “beneficiarse” de un mejor conocimiento de los datos y las tendencias para “afinar” o ajustar mejor sus mensajes y propuestas, suplir carencias, aclarar dudas, etc.

Lo peculiar de este proceder ultiencuestador -más allá del narcisismo que alimenta poder auto-presentarse como adivino en demoscopia electoral-, es que resulta baldío en términos de esfuerzo económico, ya que en esas fechas avanzadas, con solo esperar unas horas más se pueden conocer perfectamente los datos del escrutinio y el voto real, sin necesidad de gastarse un “pastón” -que algún incauto pondrá- solo para poder presumir de que te has acercado -o no- a las magnitudes de los votos.

Un ejemplo de la volatilidad de los comportamientos electorales en países como España es que en las elecciones del 28 de mayo nada menos que un 26,8% de los españoles, en el caso de los comicios municipales, y un 25,2% en los autonómicos, tomaron su decisión de a quién votar durante la última semana de la campaña. E incluso un 12,7% y un 12,3% respectivamente lo hicieron durante la jornada de reflexión y el mismo día de la votación (vid. tabla 1).

A todo esto, se añade que una proporción significativa de electores reconoce que cambiaron su intención de voto a lo largo de la campaña (vid. gráfico 2). Incluso algunos cambiaron varias veces, según reconocen (entre el 5,1% y el 5%).

Cuestiones políticas de fondo

Más allá de las consideraciones de fondo sobre la desestructuración “ideológico-política” de los electorados y el carácter cada vez más abierto y menos predecible de los comportamientos electorales, hay que tener en cuenta que los estrategas electorales y determinados poderes conocen perfectamente estas tendencias políticas de fondo. Y que en su propósito por recuperar poder y capacidad de influencia -y de restársela a los líderes y formaciones políticas progresistas- implementan modelos de actuación cuya finalidad es intimidar y bloquear a sus “opositores” políticos y desmovilizar a la mayor parte posible de sus apoyos potenciales. Recurriendo para ello a la descalificación de los líderes progresistas hasta extremos inauditos y a su cuestionamiento moral y personal, poniendo en circulación todo tipo de infundios y calumnias, al tiempo que se propalan los discursos del odio y la inquina personal. Proceder al que los analistas ya califican con la expresión genérica de “trumpismo”, debido al comportamiento paradigmático del conocido potentado -y ex Presidente- de los Estados Unidos de América. 

Se trata, en definitiva, de un tipo de estratagemas y procedimientos de notable extremismo, desde las que se opera bajo el criterio de que en política todo vale para destruir y hundir al contrario, al que no se duda en cosificar y convertir en el “enemigo” sistémico, en un proceder que resulta impropio de la ética política de los verdaderos demócratas, olvidando que ser demócrata, un verdadero demócrata, exige convicciones, respeto mutuo y poner límites a los comportamientos descalificadores por sistema, antes de que terminen siendo simplemente “destructivos”. Como es el caso de aquellos que han resumido su propósito en “derogar el Sanchismo”. Es decir, de acuerdo a las definiciones de esta palabra por la Real Academia: “destruir”, “acabar”, “aniquilar”, “terminar con”, etc.

Las derechas intentan desviar la atención electoral de las cuestiones fundamentales que conciernen a las necesidades y demandas reales de las grandes mayorías sociales, que aspiran a mejorar su calidad de vida y de trabajo y a vivir en entornos ecológicamente protegidos.

¿Qué se ventila el 23 de julio?

En contraste con lo que ocurrió en España en la campaña de los comicios municipales y autonómicos del 28 de mayo, en los que apenas se habló de las cuestiones políticas, económicas y sociales que se ventilaban en el ámbito municipal y autonómico -y que tanto afectan a la calidad de vida de las personas- en las elecciones del 23 de julio, los que consideran que España es una sociedad madura y seria, no debieran dejarse llevar por ese capotazo desviador.

Cuando escribo esto no sé si algunos preten- derán repetir el tono de la campaña anterior intentando situar el foco de atención crítica en una organización que ya no existe (ETA), o en unos supuestos casos judiciales de compra de votos por correo a cambio de dinero e incluso droga, etc., o si pondrán el énfasis principal en “el calor tremendo que hace en julio”, o en lo “apresurado” de la convocatoria de Sánchez, que ellos habían venido reclamando “de inmediato” desde hace meses.

 

Por ello, más allá de trucos y desmesuras, es importante resaltar las seis o siete cuestiones cruciales que nos jugamos los españoles en las elecciones del 23 de julio. Más allá incluso de la preocupación que muchos tienen por los efectos prácticos en sus vidas de los propósitos derogatorios del bloque PP-VOX que están implícitas en su objetivo de “derogar el Sanchismo”. Y lo que ha supuesto de verdad, no solo para algunos de ellos y sus poderosos amigos, sino para millones de españoles de “a pie”.

¿Por qué no hablamos de política? Lo que España necesita

Las elecciones del 28 de mayo, y su campaña, fueron un fiasco, no solo por sus resultados, sino por la manera en las que las derechas evitaron que en la campaña se debatieran las cuestiones que afectan a la vida y a las perspectivas de la mayoría de españoles.

Las derechas económicas y políticas, y su poderoso aparato mediático, lograron que el debate primordial girara en torno a los supuestos peligros y horrores que implicaba la alianza -y supeditación- del PSOE con formaciones políticas como ETA y Podemos, que prácticamente desapareció de las urnas en aquellos comicios.

Sobre la base de ese supuesto panorama apocalíptico, con la traca final de unos supuestos casos de “compra” de votos, tráfico de drogas y una presunta y pintoresca inducción al “secuestro”, los españoles asistimos a una campaña en los medios de comunicación que ejemplifica tanto la anomalía comunicacional en la que se encuentra la democracia española -todavía-, como la voluntad de los partidos de la derecha de no entrar en debates que permitieran contrastar las posiciones que tiene cada partido, y lo que se propone para los próximos cuatro años de gobierno. Más allá de los odios cainitas que algunos alientan contra los líderes y partidos progresistas.

Con tales antecedentes inmediatos, los retos de la campaña de las elecciones legislativas del 23 de julio conciernen a tres cuestiones claves: a) el relato de lo que nos jugamos; b) las propuestas de los partidos progresistas y de izquierdas; y c) la explicación -con voluntad pedagógica- de lo que realmente se va a decidir el 23 de julio, en su perspectiva histórica y social.

En ese sentido, ante una población bastante preocupada por lo que ha ocurrido en los últimos años, y que demanda seguridad para el futuro, las principales certezas que hay que garantizar se refieren a seis objetivos primordiales: 1) las que conciernen al futuro del empleo, de los ingresos y de las posibilidades de acceso a la vivienda y a una razonable calidad de vida para todos, incluidos los hijos y nietos de las generaciones de la transición democrática; 2) las certezas en tener garantizados los cuidados y prestaciones necesarias para que vivir no sea una experiencia amenazada y frágil, con el afianzamiento de un Estado de Bienestar que brinde a todos la atención médica, la educación, los servicios sociales, etc.; 3) la funcionalidad de un modelo económico-productivo que permita aumentar la riqueza de España y su distribución equitativa; 4) la garantía de que los poderes públicos velarán por evitar que aumenten y se cronifiquen las desigualdades extremas de clase, género, edad y raza/etnia; 5) las certeza de que quienes gobiernan priorizarán los equilibrios medioambientales, velando por la calidad del aire que respiramos en nuestras ciudades, del agua que necesitamos, del uso de los recursos que no son infinitos, de los entornos en los que vivimos, etc. ¡No olvidemos Doñana!; 6) la seguridad derivada de saber que –con nuestros votos– los lideres progresistas trabajarán sin descanso por la paz y la solidaridad internacional, apoyando las causas de aquellos que sufren los mazazos de las agresiones bélicas y de la destrucción, así como las políticas humanitarias con aquellos pueblos y países que se encuentran sumidos en la desnutrición, el hambre y la incultura. Lo cual exige recordar el compromiso de los países desarrollados de dedicar, al menos, un muy modesto 0,7% de su PIB a combatir la injusticia indignante que supone la pobreza extrema y mortal que aún asola a millones de congéneres, mientras aumenta la riqueza y la acumulación de enormes fortunas en pocas manos. ¡Cada vez más enormes y cada vez en menos manos!

¿Acaso todo esto no merece un compromiso? ¿Es posible que una mayoría de electores no tenga la empatía necesaria como para sentir, con emoción, que este tipo de objetivos merecen ser apoyados en las urnas?

¿Por qué no hablamos de Política, entonces? Aunque los insolidarios de corazón duro quieran continuar hablando de ETA y no sé sabe de cuántos supuestos “desmanes” que lanzarán al ruedo electoral, intentando que una mayoría suficiente de españoles no fijemos la atención preelectoral en los asuntos realmente importantes.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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