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Los inmunes y su secta


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Si analizamos el bronco torrente de palabrería de Trump ante el tribunal de Nueva York observaremos que no responde a las acusaciones que se le lanzan sino que trata de revertir el sentido de la comunicación convirtiéndose de acusado en acusador. Los términos son de una espantosa vulgaridad y exhiben un tono demagógico: se considera "víctima de un presidente lunático (Biden) que "ha hecho más daño a Estados Unidos que los peores presidentes de la historia", y "la ha convertido en una nación fracasada que se está yendo al infierno". Afirma textualmente: "El mundo se ríe de nosotros y estamos siendo al hazmerreír del planeta". No se queda corto: con él en la Casa Blanca "la guerra de Ucrania no se habría producido" (¿cómo?) y considera que el país está en manos de "la extrema izquierda".

El tono mitinero es bien demostrable, cuando sostiene que todo obedece a una conspiración electoralista para impedir que regrese al despacho oval y pueda "volver a hacer una patria grande" tras la "nube negra que gravita a día de hoy sobre Norteamérica".

El destinatario último de los mensajes no es el jurado sino la calle, con un tono unidireccional donde al no existir más que el 'blanco o negro' o el 'si y el no' no cabe matización.. Un tono grandilocuente donde se recurre a las emociones y a buscar los anhelos ocultos y las insatisfacciones de un sector del electorado alimentado por el mensaje primario, el tono burdo y el eslogan más reduccionista.

Más allá del culto al ego propio de personajes para los que no existe otra opción que ganar (y la existencia humana está hecha de fracasos y de éxitos, no hay 'vidas ejemplares' más que en los santorales, y la asunción del error, el fracaso o la equivocación es una de las tablas de medir y valorar a los personajes y a las personas) hay una simplificación extrema de los contenidos dirigidos hacia una 'claque' incapaz de analizar y contextualizar.

Se busca un receptor en clave de secta casi religiosa. El mismo mecanismo de quien es acusado de un caso de corrupción y en lugar de responder uno a uno a los cargos y demostrar su inocencia recurre a la radical descalificación de quienes le están señalando. Trump hizo un pintoresco ejercicio tratando de impugnar la campaña y el resultado de las últimas presidenciales que viene calificando de 'fraudulentas' porque es incapaz de reconocer que ha sido postergado; y lo más grave para él es que carece de un 'plan b' en su vida. Sólo le cabe ganar, y ahí está la clave del problema.

Trump se quedaría en un aislado, pintoresco y excéntrico monólogo verborreíco de un personaje caracterizado por el tono altisonante e imprevisible del discurso, que arrampla con todo en un caótico estilo donde el insulto o la descalificación constituyen los primeros arietes, si no fuera por la 'claque' que le idolatra. Se trata de una forma de comunicación para la es imprescindible la secta, quien en lugar de analizar o matizar contenidos se sentirá confortado por ese discurso por estrambótico y extravagante que pueda ser, en lugar de admitir que la expresión de ese estilo arrebatado tiene mucho que ver con una forma de egolatría y una forma de ser.

Se asume la totalidad de ese texto que cruza el límite de lo políticamente liberal y tolerable, aquello que antes se denominaba pragmatismo o diplomacia. Resulta patético el nivel de convicción con el que este tipo de personajes logran convertir en 'creyentes' en términos casi místicos a quienes les siguen.

En un vagón de metro de Madrid una mujer de origen iberoamericano arremetía a voces contra el 'pecado', la 'inmoralidad', y las 'ofensas a Dios' de nuestra sociedad al haber "dado la espalda a La Biblia", reivindicando que sea la "única ley en el mundo". Tal enloquecida diatriba retrataba a la persona en su mensaje de borrascoso radicalismo, aunque es dudoso es que a alguno de los viajeros les quedara fragmento alguno de lo que verbalizaba. El discurso milenarista se quedaba en humo por que los teóricos receptores no pertenecían a los 'creyentes' a ciegas.

Por el contrario, Trump transmite sus electoralistas mensajes desde un tribunal neoyorquino sin sentir ridículo porque sabe que hay una base capaz de 'comprarlo' sin cuestionar matices, porque la secta carece de capacidad para analizar y razonar fuera de la 'adhesión incondicional'; término muy frecuente en la anterior dictadura española y que nos resulta especialmente chirriante y lamentable.

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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