Un año de guerras
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
El año 2022 será recordado por la invasión y la guerra de Ucrania. Aunque continúen también otras formas de guerra política como la del nacional populismo, aprovechándose las debilidades de la democracia representativa, y la del machismo contra la vida, los derechosy la igualdad de las mujeres.
Así, en apenas diez meses hemos pasado de la invasión de Ucrania por parte de Rusia y la fracasada guerra relámpago de ocupación y cambio de régimen, para luego encontrarnos en plena guerra de movimientos y ya en este final de año al borde de nuevo de una guerra de desgaste en el Dombas.
Una guerra abierta que era tan increíble en su comienzo como impredecible es todavía a día de hoy su final. Y aunque la propaganda de guerra, que siempre acompaña e incluso precede a la propia guerra, diga una cosa diferente a la población de cada uno de los bandos, su final parece cada día más cercano. Poco más que por agotamiento.
En todo caso, la vulneración de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania y con ello del derecho internacional, ya ha supuesto un retroceso sin precedentes en el prestigio y el papel global de Rusia en el mundo y un avance también sin precedentes para la identidad nacional ucraniana. Asimismo, para la ampliación de una OTAN que después del fiasco de Aganistán se encontraba sin objetivos.
Y no ha sido un caso único. Otras potencias medias como Irán viven su peor momento en décadas, sumida en una guerra interna contra la dignidad de las mujeres y contra sus propios ciudadanos.
Mientras tanto, los rescoldos de la pandemia continúan aún y no solo con el síndrome postcovid, sino en particular con el rebrote como consecuencia del final de la estrategia del cero covid en China. También la emergencia climática ha estado muy presente este año con fenómenos extremos, en especial a lo largo de un tan caluroso como extenso verano.
Otra guerra, aunque mucho menos cruenta, ha sido la del nacional populismo contra al democracia representativa, que con desigual fortuna ha logrado presencia en el gobierno de algunos países de Europa como Italia o Suecia y sin embargo ha retrocedido en otros como Brasil y los EEUU. En este contexto, también en España, la guerra interna del PP ha estado precedida y acompañada de su propia campaña de propaganda. Una crisis asimismo tan increíble en sus inicios como impredecible su evolución y todavía hoy sobre su final. Comenzó con un desencuentro entre la derecha y la ultraderecha, aunque más aparente que real, provocado por la presentación por parte de Abascal de la moción de censura contra el gobierno, y a continuación con la frustración de las expectativas de la dirección de Génova de una mayoría suficiente para gobernar en las elecciones autonómicas de Castilla y León. Todo ello culminó en un conflicto entre la dirección del PP y la presidencia de la Comunidad de Madrid con el argumento de la corrupción, propiciando el final del corto periodo de la renovación de Pablo Casado y el principio de la continuidad dinástica con la llegada de Núñez Feijóo.
Desde entonces, la marca del reinado del moderado Feijóo ha sido la de nuevo la deslegitimación de la coalición de gobierno de izquierdas y de su mayoría parlamentaria, así como la recomposición de una alianza estratégica dd facto con la ultraderecha, unos temas que más tarde han caracterizado y caracterizan su estrategia de oposición. El antecedente fue Feijóo poniéndose de lado ante la coalición de gobierno con la ultraderecha en Castilla y León, como parte de la herencia recibida.
Para esta estrategia de oposición de deslegitimación del gobierno parece que todo vale. Primero la profecía de recesión y la ruina que al final nunca llega, luego el mantra de las rebajas de impuestos como única salida frente a la guerra de precios, sean los de la energía o los de los alimentos, y el último recurso de la huida hacia adelante de la guerra cultural con la impugnación del gobierno socialcomunista y de sus alianzas parlamentarias de filoetarras e independentistas y de su mano de una supuesta ocupación del poder judicial.
Estrategia de deslegitimación que la derecha ha llevado al extremo, hasta la obstrucción en la Unión europea con el boicot a los fondos de recuperación y resiliencia de la pandemia y luego con el que denominaron timo ibérico frente a la intervención del precio del gas. Una oposición que incluye su extensión a la guerra mediática y al conflicto institucional.
Por otra parte, con el monotema de la rebaja lineal de impuestos frente a la voracidad del Estado y del gobierno socialcomunista. Una rebaja que siempre benefician a quien más tiene y más consume. Y que no solo es injusta sino además ineficiente e insostenible. Por eso, todos los organismos internacionales defienden las ayudas directas concretas a los sectores más vulnerables y a los que menos tienen, junto a la progresividad fiscal con los impuestos a las rentas y a los patrimonios de los más beneficiados por la escalada de la inflación.
Hoy, cuando todo esto ya no sirve porque la realidad del crecimiento de la economía y de la mejora de la calidad del empleo y de la protección social, ahora la derecha recurre a la desesperada a la evocación de la guerra cultural frente al espectro de ETA y del Procés con objeto de justificar lo injustificable. Siempre con lo que ya no existe a falta de ideas sobre lo que ocurre. Incluso su réplica a la ley de memoria democrática es solo cinismo político y relativismo moral, tan inconsistente como es la comparación de una dictadura sanguinaria de cuarenta años con las lacras vividas en democracia.
Por eso, ante las medidas como los indultos y ahora la derogación de la sedición y la reforma de la malversación para-en palabras del gobierno- contribuir a desjudicializar el Procés y favorecer el diálogo en y con Cataluña, así como ante la reclamación de un referéndum pactado por parte del gobern, por otra parte legítima en cualquier democracia, ignorando tanto el rechazo del gobierno como la realización efectiva de dos referenda unilaterales y una crisis sin precedente en Cataluña cuando eran ellos los que gobernaban, las derechas se escandalizan y solo proponen como alternativa volver a golpear en la misma piedra de la vía penal.
Por último, la altura institucional demostrada por la minoría del CGPJ para facilitar el consenso pone más en evidencia si cabe el carácter antisistema de nuestra derecha política, mediática y judicial. Se ha demostrado una vez más que si depende de las izquierdas, la renovación de las instituciones siempre es posible, gobiernen o estén en la oposición. Gracias a ellas llega la paz al Tribunal Constitucional. Por contra, el PP llama 'lección de defensa democrática' a mantener contra viento y marea una mayoría conservadora espuria en el CGPJ y el secuestro de las instituciones como ejercicio de patriotismo.
En definitiva, la derecha solo tiene sentido institucional cuando ellos son los que están en el gobierno. Un trampantojo de moderación que no es extraño que en los últimos meses haya liquidado el llamado efecto Feijóo en las encuestas.
Mientras tanto, el horror del machismo criminal y del negacionismo continúan. Los mismos que niegan su existencia y la necesidad de medidas para la igualdad de género, se escandalizan por el rastro de muertes y exigen que rueden cabezas. Otra guerra.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.