Núñez Feijóo y la gestión de imposibles
- Escrito por Antonio Campuzano
- Publicado en Opinión
El líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, parece tener claro el capítulo judicial como hegemónico en su paleta electoral del año próximo. Las temáticas económicas, culturales, moral y costumbres, vanguardias, tecnologías, política exterior, parecen relegadas en beneficio del campo de acción y dinamización electoral que tiene la justicia como razón de ser de un cambio de gobierno, que naturalmente es consecuencia de un vuelco derivado de una consulta en urnas.
La formación jurídica del dirigente gallego orientada al funcionariado desde muy joven, luego transmutada por el consejo de Romay Beccaria en la dirección pública, no pareciera suficiente como para ocupar la cabeza del senador con tanto ardor en la entrega a la materia judicial, en su versión tutelar del Tribunal Constitucional y del órgano de gobierno del Consejo General del Poder Judicial. La percepción económica de nuestro país en Europa, con la objetividad que muestran los ojos de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, constituye un problema de primer orden para la oposición conservadora del PP, incapaz de montar pulsos creíbles para doblegar las cifras nacionales, que guardan comparativas muy presentables con los países del entorno europeo.
Las dialécticas económicas España-Europa se mantienen en un honroso nivel de escrutinio y las asechanzas para disminuir el papel nacional en escenarios europeos, amén de entenderse como deslealtad, podrían interpretarse en Bruselas como incomprensibles pataletas. Así pues, el neófito líder de la oposición surgido de una crisis del Partido Popular violenta pero no sangrienta, está enfrentando su más inmediato futuro con las herramientas siempre específicas de la justicia, entendida como pilar del Estado, uno de los tres clásicos en el reparto de la arquitectura democrática, con sus relaciones y sus separaciones con el necesario desplazamiento del aire que evite sofocos y ahogos institucionales.
Feijóo ha declarado con la solemnidad que proporcionan siempre los oráculos de fin de año que su nivel de atención será extremo en cuanto al cumplimiento de los deberes presumibles en el desarrollo de los trabajos de buen gobierno y honestidad en materia de funcionamiento del Tribunal Constitucional. Dice a este propósito el recordado Tony Judt, en su vertebral “Pensar el siglo XX”, que “sin la historia, la memoria es susceptible de un mal uso”. Y en este aforismo hunde sus pies aparentemente asentados el jefe de la oposición. El mal disimulado disgusto por la pérdida de la mayoría de tinte conservador en el tribunal de garantías constitucionales traiciona sus impulsos más incontrolables.
Salvo que la composición de los órganos y tribunales esté vetada a seres humanos con sensibilidades y gustos políticos, no queda más consuelo que la prudente espera de un retorno de la mayoría que permita el cambio de nombres y apellidos en esos órganos y tribunales, que en unas ocasiones estará de acuerdo con el sentir del jefe de la oposición y en otras no será coincidente con sus apetencias y perspectivas. La mirada escrutadora del discípulo de Romay Beccaria, simétrica merced a la aquilina nariz que le tuerce el gesto, se dirige a Juan Carlos Campo, ex ministro de Justicia y miembro potencial del Tribunal Constitucional, sobre quien ha enfilado esta semana la advertencia cuartelera de “no te voy a pasar ni una”.
La presunción de parcialidad se dirige contra personas porque tienen curriculum asociado a determinada organización política, en algunos casos menos discreta que en otros. Pero el silencio en torno a la figura de otro miembro del mismo tribunal que fue diputado del PP durante diecisiete años disminuye mucho el poder letal de la advertencia del sobrevenido jefe de la oposición con sede en la calle Génova y en el Senado, no en la Cámara Baja, espacio de los grandes debates, que deberán esperar a la celebración de elecciones generales. Judt, en el mismo “Pensar en el siglo XX” (Taurus, 2012), cita a Lewis Carroll, que demediaba bien sus conocimientos de lógica y matemáticas con el cultivo de la narración, quien decía que “uno tiene que creer en un montón de cosas imposibles antes del desayuno”.
El ex presidente de la Xunta de Galicia ha elegido el “arma” de la justicia como combustible electoral cuando tiene bajo su paraguas protector un bloqueo en el Consejo del Poder Judicial únicamente revelador de un juego de ventajas. El potencial electoral de la justicia como proyectable contra el socialismo imperante parece discutible si antes no se despejan los imposibles previos al desayuno.
Antonio Campuzano
Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.