El objetivo populista: paralizar el cerebro de la democracia
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
En esta legislatura se ha producido un salto cualitativo en el nivel de polarización política y crispación del debate en el Congreso de los Diputados, hasta el límite de que la agresividad y el insulto se han impuesto en el imaginario colectivo a su papel fundamental en la democracia representativa como marco para la deliberación, el diálogo, la negociación y el acuerdo político y como consecuencia se ha incrementado el deterioro de su funcionalidad e imagen pública y con ello se viene favoreciendo el caldo de cultivo de la antipolítica entre la ciudadanía.
Es verdad que a pesar de esta crispación extrema y de la imagen de ruido, al contrario que legislaturas anteriores como la más reciente de la derecha, el papel del parlamento durante estos años ha sido mucho más activo en su labor de control parlamentario, así como en la aprobación de los presupuestos año a año y en también materia legislativa, tanto en la tramitación de proposiciones y proyectos legislativos como de reales decretos ley, por otra parte lógicos en un periodo caracterizado por la alarma y la emergencia.
Asimismo, alguien podría argumentar, no sin razón, que la polarización y la crispación no son nuevas, que si bien no ha sido la norma ni se ha llegado al límite actual, no es la primera vez ni será tampoco la última en que las circunstancias o la composición interna del parlamento hayan favorecido o provocado situaciones similares. Así, los momentos de crisis social y de cambio de ciclo político como a principios de los años ochenta con el intento frustrado de golpe del 23F o a mediados de los noventa con el final del ciclo de gobiernos socialistas o más recientemente con la guerra de Iraq y el atentado del 11M ha habido momentos concretos de polarización y crispación en el Congreso de los diputados, aunque entonces no se había producido todavía el fraccionamiento de la representación ni habían aparecido los nuevos partidos populistas, a los que se achacan todos los males de la actualidad política, incluidos los del parlamento.
Así, los brotes agudos forman parte del devenir de la vida parlamentaria en los escasos países con una asentada democracia representativa, siempre en momentos críticos, aunque ni siquiera durante ellos se interrumpe el papel del parlamento como cerebro de la democracia. El grave problema, que por afectar a la viabilidad del sistema democrático nos debe ocupar, surge cuando esa polarización se convierte en combustible para una teoría y práctica populista dada su incompatibilidad conceptual con un sistema fundamentado en la representación liberal democrática. La polarización hoy no es una consecuencia de un mal hacer político, forma parte del entramado teórico del populismo como sistema de ideas que explicita su objetivo de superar la democracia parlamentaria actual.
El parlamento, a través de su lenta evolución histórica que lo ha situado en el lugar institucional neurálgico, funciona como el cerebro de la democracia. Éste recibe las distintas lecturas de la realidad de las posiciones ideológicas que aportan las fuerzas políticas representadas, para luego las sintetizarlas y relacionarlas mediante la crítica, el diálogo, la negociación, y alcanzar finalmente acuerdos o bien desacuerdos en forma de distintas medidas legislativas y de control del gobierno.
El verdadero problema surge cuando la polarización y la crispación se encadenan, amplifican, cronifican y sobre todo se utilizan conscientemente para degradar el funcionamiento de un parlamento que no se concibe como punto central, "sine qua non", del sistema. Es decir, no se piensa en el parlamento como condición de posibilidad de la democracia. Así, el populismo, que se ha instalado en todo el espectro ideológico, lo convierte en una mera caja de resonancia dentro y hacia afuera, ocupada en relatos simplistas y discursos identitarios, como ocurre de un tiempo a esta parte, y ha ocurrido en particular primero a raíz de la crisis financiera y de forma mucho más agudizada desde la moción de censura y el relevo del gobierno de la derecha de Mariano Rajoy.
Se puede decir que la utilización de la estrategia populista consistente en el no reconocimiento y la deslegitimación de los resultados electorales precede a la aparición del propio populismo y de los partidos populistas, que en España tiene su origen en el rechazo del triunfo electoral del PSOE de Rodríguez Zapatero. Un triunfo electoral atribuido por una parte importante de la derecha política y mediática a una alianza espuria de la izquierda con los, así denominados por José María Aznar, autores intelectuales del atentado terrorista del 11M.
Más tarde y a raíz del movimiento de los indignados del 15M, los partidos políticos y con ellos el parlamento entraron también a formar parte de la impugnación de la casta, primero rodeados desde fuera y luego siendo objeto de denuncia y ruptura ya desde dentro. El punto de encuentro de uno y otro populismo es su incorporación como ideología matriz que determina la práxis política de los nuevos y viejos partidos. Los primeros la asumen como cosmovisión y los segundos como adherencias yuxtapuestas a sus concepciones y prácticas algunas de las cuales, sobre todo en la derecha, ya estaban instaladas en usos populistas. Es con la irrupción del populismo como ideología cuando aparecen como ideas dominantes, por primera vez desde el 78, la impugnación de la democracia representativa y de sus instituciones intermedias como el parlamento, los partidos políticos o los sindicatos. Sin adentrarse en el analísis político, se puede decir que quienes conceptualmente habían perdido la transición, pretenden revisar y dirigir intelectualmente la democracia en la que debería ser su etapa de madurez, si bien no exenta de patologías como es normal.
Desde entonces, la deslegitimación populista se ha convertido en la marca de la casa de la derecha española, para más tarde tornarse en la marca de Caín de un delirio persecutorio compartido con la ultraderecha a raíz de la moción de censura de Pedro Sánchez y sobre todo con el primer acuerdo de coalición de gobierno de las izquierdas y el agravante del apoyo parlamentario de investidura de las otras izquierdas, los nacionalistas, independentistas, regionalistas y algún localista. Así pues, la imagen de polarización e insulto responde a una estrategia política y mediática interesada, en particular por parte de una derecha netamente populista.
Ha sido desde ese momento que, merced al común acuerdo entre la derecha y la ultraderecha, la deslegitimación y desestabilización del gobierno y de sus apoyos parlamentarios ha ido degradando el foro de la palabra que constituye el parlamento hasta el extremo de convertirlo en un verdadero campo de batalla monopolizado por las emociones, degradando los proyectos políticos en relatos de parte y a los adversarios políticos en enemigos irreconciliables. En primer lugar con pretensión de excluir de la mayoría de investidura a los independentistas vascos como supuestos herederos de ETA y a los catalanes como cómplices del Procés, y a continuación incluso al conjunto del gobierno socialcomunista con un anticomunismo radical más propio del franquismo que del periodo democrático.
Pero también con el objetivo de bloquear la renovación de las instituciones del Estado para impedir la participación en ellas de la nueva mayoría, considerada espurea, con el argumento de la defensa de la independencia del poder judicial o del Tribunal Constitucional, entendidos éstos como órganos supremos y permanentes del Estado y de su unidad. Una apropiación y patrimonialización de las instituciones del Estado, con objeto de integrarlas en la estrategia populista de deslegitimación y desestabilización del parlamento y del gobierno de coalición. La democracia parlamentaria es un sistema fundamentado en la construcción de una equilibrada centralidad, es decir en la inevitabilidad del acuerdo. Esto no funcionará si las partes mayoritarias de la pluralidad democrática ejercen una fuerza centrífuga sobre todo el sistema político. Como es propio en un cerebro, si el parlamento no funciona, todo el cuerpo social termina siendo afectado ya que, por ejemplo, los problemas del poder judicial y del constitucional no son de naturaleza institucional sino política y de concepción de la convivencia.
Por eso es urgente una derecha no populista, o si se quiere, que se implique en la democracia.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.