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Cómo argumentar con un creacionista


La creación de Adán, fresco de la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel alrededor del año 1511. Shutterstock / Creative lab La creación de Adán, fresco de la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel alrededor del año 1511. Shutterstock / Creative lab

Siempre es de agradecer la mención de la teoría de la evolución en la prensa generalista, aunque sea para atacarla. Si quien lo hace es un hombre culto, aunque no versado en ciencia, puede que su opinión o punto de vista refleje el de muchos otros profesionales que, en ámbitos diferentes a la ciencia, ya sean abogados, notarios, ingenieros, etc., den por buenos sus argumentos. Y también, que en otros casos deje confundidos a personas que sin aceptar la ‘solución’ presentada, no tienen mejor respuesta a sus argumentos que el silencio. A diferencia del artículo de unos colegas publicados en este medio, yo sí creo que hay que contestar a los argumentos concretos de este tipo de artículos.

Una de las primeras cosas que enseña la ciencia, y que se olvida con más frecuencia de la debida, es el concepto de variabilidad. Creacionistas ‘haylos’ de diversos tipos y continentes, pero se podrían reducir a tres categorías y sus estados intermedios.

  1. Creacionistas estrictos.

    Son aquellos que creen en el contenido literal de los escritos religiosos que, en el caso de algunas importantes religiones actuales, se limita a lo que viene en el Génesis, principalmente. Argumentar con ellos no tiene mucho sentido, pues su vida tiende a una contradicción permanente. Por poner un ejemplo, pueden usar la Resonancia Magnética en sus tratamientos médicos sin importarles que los mismos principios que permiten su funcionamiento son los que se utilizan para calcular la edad de la Tierra. En su caso, afirmar que la Tierra tiene 6 000 años de antigüedad es un brindis a la irracionalidad.

  2. Creacionistas fragmentarios.

    Son los que, aceptando la explicación científica del proceso generador de la biodiversidad, sin embargo plantean dos ‘excepciones’, que serían el origen de la vida y la transición a la especie humana, para los que reclaman una intervención especial (léase Dios). Un defensor de esta postura fue el jesuita Teilhard de Chardin, que compatibilizó entelequias variadas ortogenetistas con posturas racistas y eugenistas. Pretender que el origen de la vida o la aparición de la humanidad requieren intervenciones especiales, más allá de las fuerzas de la naturaleza, no deja de ser una postura arbitraria que choca profundamente con todo lo que se ha conseguido con el conocimiento científico.

  3. Creacionistas científicos.

    La tercera categoría, de cuño más reciente, pero con ejemplos egregios contemporáneos de Darwin y Wallace, son los llamados creacionistas científicos. No crean que esto es un oximorón. Son investigadores científicos que publican regularmente en buenas revistas científicas y además son creacionistas. Es de estos autores de donde se nutren los argumentos contraevolutivos más recientes.

    Consideran que no existe suficiente evidencia fósil de las transiciones evolutivas. Todd C. Wood, coautor de la secuencia del genoma del arroz, publicado en Science, es uno de los principales representantes de la Baraminología, una variante del creacionismo que admite parcialmente la evolución, pero siempre a partir de entes creados.

    Para ellos es importante señalar la discontinuidad que existe entre grandes grupos de organismos, que marcarían las pautas de la creación. Así, habría un félido inicial creado, del que descenderían todos los félidos actuales por mutación y selección natural; félidos sin relación alguna con los cánidos (por ejemplo), que descenderían de un cánido ancestral, asimismo creado exprofeso. Y así para todos los grandes grupos: tendríamos un can-Adan o una felix-Eva primigenios, etc. producto de una intervención divina en el origen de los mismos.

    Lo cierto es que el registro fósil sí muestra organismos transitorios entre los peces y los anfibios y reptiles, y de estos con las aves. Sin dejar de mencionar que uno de los registros paleontológicos mejor documentados es el de la evolución del caballo. Es posible que quien así argumenta sobre la discontinuidad del registro fósil espere que los ejemplos de transición evolutiva sean como el ornitorrinco, a modo de quimera evolutiva. Sí, la naturaleza es caprichosa, pero no como algunos se la quieren imaginar.

Irreductible complejidad

Un poco más sofisticado es el argumento propuesto por Michael Behe, del que también se suelen hacer eco este tipo de artículos. Es la tesis de que mucha de la complejidad bioquímica que encontramos en las células de los seres vivos es irreducible y no-transicional. Es decir, no habría forma de llegar a la complejidad actual a través de transiciones graduales, pues ninguno de los supuestos ‘estadios previos’ sería funcional ni tendría valor adaptativo.

La ‘irreducible complejidad’ de Behe no se sostiene a medida que se profundiza en la bioquímica de las células. Desentrañada una, no hay razón para pensar que no se podrán desentrañar todas. Todo depende del tiempo y el dinero que se disponga para investigar.

Un buen ejemplo lo constituye la evolución de los receptores a los glucocorticoides que han sido investigados por J. Thornton y colaboradores. Como él mismo señala en una carta a Carl Zimmer en respuesta a comentarios de Behe, este “ignora el hecho de que combinaciones adaptativas de mutaciones pueden y de hecho evolucionan por vías que implican estadios intermediarios neutros a la selección”.

Aún más, estos investigadores han caracterizado experimentalmente cómo la evolución de una proteína ancestral puede pasar por estados neutros y que algunas mutaciones que se denominan ‘permisivas’ pueden hacer que, una vez insertadas en la proteína, otras mutaciones sean toleradas y que cambien y optimicen la nueva función, mutaciones que de forma aisladas son deletéreas. Lo cierto es que actualmente se conocen mecanismos y vías por las que se puede llegar de forma natural (mutación y selección) a la supuesta complejidad irreducible de Behe.

A modo de resumen, a) sí hay continuidad en el registro fósil y b) hay suficientes mecanismos evolutivos que explican la supuesta complejidad irreductible.

Lo que ya es más difícil de entender es el sesgo en el razonamiento que lleva a demandar una intervención divina en la evolución humana. Pues lo que persiguen los creacionistas es que el mundo vivo sea evidencia de la existencia de Dios. Para bien o para mal, la existencia de Dios es un indecible e innegable, como ya lo señaló certeramente el filósofo español Manuel Sacristán: puestos al caso, uno no puede negar empíricamente la existencia de un ser abracadabrante, sino como mucho afirmar que no hay evidencia suficiente para admitir su existencia, o que postular la misma carece de valor explicativo para el mundo que conocemos. El filósofo de la ciencia, Karl Popper celebraría este razonamiento, caso de haberlo conocido.

A modo de conclusión, uno puede creer en Dios, pero la evolución de las especies no es evidencia de ello. Y sí, la evolución es un hecho y continuamos profundizando en los mecanismos de sus procesos.The Conversation

Antonio G. Valdecasas, Senior Researcher in Biodiversity at the Museo Nacional de Ciencias Naturales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation