Nueva vida a ‘Don Perlimplín’ en una noche de verano
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
En 1929 todavía con Primo de Rivera en el poder Federico García Lorca no pudo estrenar su breve tragicomedia 'Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín' : la censura la consideró 'pornográfica'. Parece esperpéntico que la dictadura de Primo de Rivera se fuera a poner seria en cuanto a dictar reglas de moralidad pública cuando todo el mundo sabía de las 'aventuras sentimentales' del dictador e incluso se publicaran notas veladas en la prensa sobre algunos de sus 'ligues'. El hecho es que esta obra solo se pudo estrenar con la República, en 1933.
Se trata de uno de los títulos menos conocidos de Lorca lejos de sus grandes dramas. 'Don Perlimplín...' una obra de corta extensión pero no por ello menor desde el punto de vista del interés, es una farsa tragicómica de pocos personajes, donde se mezcla el mundo de lo real, con el de lo imaginado y lo poético. Un rico hacendado cargado de años y soltero descubre la necesidad de estar con una mujer y hacerla su esposa, para lo que se negocia con la madre un matrimonio arreglado y a la fuerza en la que la chica no siente nada por su marido, y pone los ojos en un misterioso amante, detrás de quien está su propio esposo. Esta historia que acaba en tragedia está contada en un elegante tono poético, con un apunte de humor y situaciones que remiten a una forma de comedia de enredo como las del Siglo de Oro.
Hay que entender que en su origen ese 'Don Perlimplín' bajo la sombre jerárquica de su ama de llaves 'Mancolfa' ,una especie de Bernarda Alba de bolsillo, debía responder a un mundo rural de la Andalucía profunda en el jardín de una mansión o un cortijo. Representar hoy esta obra de Lorca de corta duración, donde se han condensado los personajes en tres y en un patio-jardín madrileño (el Teatro Quique San Francisco de la calle Galileo de Madrid) junto a un bar-coctelería, y en un gran escenario central actuando con micrófonos inalámbricos ofrece otras perspectivas.
Cualquier referencia naturalista se olvida bajo un concepto atemporal y una estética con reducidos componentes de atrezo en la que juega un papel decisivo la iluminación capaz de crear los más variados ambientes a lo largo del patio-jardín, al igual que la poderosa banda musical que adquiere gran protagonismo a lo largo de la acción. El 'mix' de los personajes queda reducido a 'Don Perlimplím', 'Belisa' la esposa comprada, y 'Mancolfa' una criada que es también la 'madre' de la chica y que puede ser una fusión de mujeres que han asumido lo peor del patriarcado y la masculinidad represiva. En esta ocasión las máscaras están incorporadas por los propios protagonistas, lo que contribuye a acentuar el tono irreal de la historia.
La directora, Tania Lorite, da un gran protagonismo a la expresión gestual en la que los propios protagonistas se desdoblan en humanos y duendes, con cuerpos que se desplazan a lo largo del gran escenario totalmente vacío. Y tres actores que apenas tienen algo más en lo que apoyarse que en la belleza del texto y en sus voces y expresiones. Con un entregado Fernando Cayo que no solo dice con gran naturalidad un texto poético en el que comedia y farsa derivan en tragedia, sino que además tiene ocasión de cantar distintos temas con una voz que entona muy bien y que suena estupendamente. Ellas son Ana Belén Beas y Carmela Martins y están a la altura con los personajes femeninos que recorren un territorio desde la sensualidad o el erotismo a la represión. En algunas escenas la iluminación, o el uso de tonos de color que sugieren un cierto apunte sensual (y que estaban en la obra original) se potencian en este montaje.
Recurrir a un Lorca que por su brevedad no pertenece al repertorio de lo más representado de su obra y hacerlo al aire libre, en un jardín-teatro de verano con mucho de bar-coctelería tiene su punto, en lugar de haber recurrido a cualquier sainete o comedieta costumbrista probablemente más agradecida de cara a la taquilla. Lo real es que la directora acierta y ellos, empezando por Cayo, parecen adaptarse a un espacio tan atípico; aunque con toda seguridad el 'jardín' metafórico al que aludía el título de Federico debía ser muy diferente.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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