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Las aventuras de Huckleberry Finn


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Las personas que intenten encontrar un motivo en esta narrativa serán procesadas; las personas que intenten encontrarle una moraleja serán desterradas; las personas que intenten encontrar un complot serán fusiladas»

Las aventuras de Huckleberry Finn, 1884-85, Mark Twain

No nos engañemos, esta aparente novela de género infantil-juvenil, publicada primero en Inglaterra pero con pleno acento sureño estadounidense del Misisipi es cualquier cosa menos un relato para críos, que también. Bebe del género picaresco, que inventamos nosotros, además de la literatura de ficción y aventuras, también la crítica social, sobre todo del racismo, siguiendo la estela de su predecesora, Las aventuras de Tom Sawyer, el mejor amigo de Huck.

Huckleberry se pasa toda su vida huyendo de un padre alcohólico y asalvajado y viviendo ente truhanes y personajes variopintos a lo largo y ancho del animado río Misisipi, con sus pueblos de pistoleros, jugadores, predicadores pirados, falsas señoritas, negreros y esclavos huidos, todos necesarios para dotar de complejidad y veracidad a la trama y el mundo del estado esclavista de Misuri que Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, desea presentarnos como el conglomerado de vivencias que el mismo autor experimentó como aventurero y periodista, cuya muerte fue tan pintoresca como su vida misma: decidió que se iría por la puerta grande y falleció a los 74 años, con el paso del cometa Halley que también acompañó su nacimiento, de un rápido infarto.

Parece que la vida del autor haya sido un modelo y/o una preparación para sus relatos, tanto que hasta su seudónimo de Mark Twain proviene de la expresión típica pluvial “marca dos”, por dos brazadas, el calado mínimo seguro para navegar. Amigo de escritores e inventores (Tesla y Edison), tuvo muchas profesiones, pero fue la de escritor la que le dio pasaporte a la fama y saneó su maltrecha economía de visionario con agujero en los bolsillos.

A lo que vamos: que se sepa que hoy en día algunas, bastantes, de sus obras se han prohibido en las escuelas y bibliotecas estadounidenses, entre ellas Las aventuras de Huckleberry Finn, por hacer uso de un lenguaje “ofensivo” y discriminador. Una de dos: o Twain era vidente y se adelantó a la hora de ofender la sensibilidad postmillennial, o, más seguramente, retrató el habla local del momento con una gran precisión y sin poder prever que años después nos la cogeríamos con papel de fumar. Pero que no se asuste, que no es el único, hasta la Bella Durmiente es un escándalo de sumisión, por no hablar del continuo maltrato animal y sexista de los cuentos tradicionales... Jua, que diría Finn. Y que suscribo. No se puede ser más tonto ni más ofendidito en este siglo. Me revelo. Prefiero seguir al propio Twain: «Siempre haz lo que es correcto. Gratificarás a la mitad de la humanidad y sorprenderás a la otra, porque si dices la verdad, no necesitarás recordar nada». Ni reinterpretar, inventar o adaptar al gusto cambiante de los tiempos y las modas, añado. Por favor, que este libro es la declaración de independencia de la literatura norteamericana, y de la moderna del país, según Hemingway. Sobran salvoconductos y condenas.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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