Sus pretensiones científicas, su fama de pacifismo, los abusos denunciados, sus monumentos en espacios protegidos y las ventajas públicas de que goza, a examen desde el laicismo y el escepticismo.
Pocas confesiones gozan de tan buena imagen en España como el budismo. Según el último Barómetro sobre Religión y Creencias en España (2025), obtiene una nota de 5,4 sobre 10 —apenas una décima menos que el catolicismo— y registra el menor índice de rechazo social de todas las opciones estudiadas. Se nos presenta como una filosofía desprovista de dioses o infiernos, compatible con la ciencia, pacifista y ajena a los escándalos de otros credos. Avalada por este imaginario, la confesión avanza firmemente en España: cuenta ya con unos 90.000 seguidores activos (300.000 si se incluyen simpatizantes), unos 300 centros estables y, desde 2007, el estatus legal de «notorio arraigo». Esta idealización merece un examen crítico. Aquí se analizan brevemente sus dogmas y ventajas institucionales sin establecer una falsa equivalencia con la abrumadora hegemonía de la Iglesia católica. El abismo cuantitativo es evidente, pero la neutralidad laica no consiste en un reparto equitativo de prebendas (un modelo multiconfesional), sino en la abolición de cualquier trato de favor institucional.
¿Una religión científica?
Conviene aclarar que no existe un único budismo. El llamado «budismo secular» descarta elementos como el karma, el samsara, las deidades o los milagros, pero queda fuera de este análisis por no ser el mayoritario ni el que levanta monumentos. El budismo predominante en España —principalmente de adscripción tibetana— contiene una profunda carga dogmática dotada de deidades, reliquias, rituales de propiciación y postulados pseudocientíficos.
Su doctrina del karma, entendida como una ley cósmica moral de causa y efecto, carece de base empírica: no se puede medir ni falsar, es incapaz de predecir nada y solo justifica los sucesos a posteriori. Los fenómenos de la naturaleza se rigen por leyes físicas y biológicas indiferentes a la moral humana; un terremoto no castiga a malas personas ni un cáncer elige a sus víctimas según su ética. Atribuir los eventos del mundo físico a un registro moral es puro pensamiento mágico. Además, la creencia resulta cruel: afirmar que quien nace con una discapacidad o en la miseria paga los errores de una vida anterior que no recuerda, opera como una justificación reaccionaria de la desigualdad.
Por otra parte, la pretensión budista de extinguir todo deseo no solo es imposible y psicológicamente destructiva, sino éticamente cuestionable. El anhelo de transformar las injusticias ha sido el motor de las grandes conquistas sociales de la historia, desde la abolición de la esclavitud hasta el sufragio femenino.
La construcción del «Buda científico» es una invención del siglo XIX para encajar en Occidente. La cosmología budista clásica sitúa el mitológico monte Meru en el centro de una Tierra plana; si bien el actual dalái lama admite en sus escritos que si la ciencia desmiente la doctrina habrá que aceptarlo, también califica de «altamente insatisfactorio» que las mutaciones genéticas sean aleatorias, y sugiere que las leyes físicas están ligadas al karma colectivo. Pretender ver en la «vacuidad» budista una anticipación de la física cuántica es mero «misticismo cuántico». Del mismo modo, los «canales energéticos», «vientos sutiles» o «chakras» carecen de toda evidencia: son pura pseudociencia.
¿Una religión pacífica?
El estereotipo de un budismo inherentemente pacífico no resiste un análisis histórico.
Responde a un encuadre colonial que priorizó textos abstractos sobre las acciones reales de monjes y monarquías. Reinos budistas de Japón, Sri Lanka, Tíbet, Myanmar o Tailandia han financiado guerras, perseguido a minorías y legitimado la violencia de Estado en nombre del Dharma. Tailandia y Myanmar aún mantienen la pena de muerte.
En Myanmar, movimientos nacionalistas budistas radicalizados han alentado campañas de violencia sistemática y limpieza étnica contra la minoría musulmana rohinyá, provocando el desplazamiento forzado de más de 700.000 personas y miles de asesinatos. Asimismo, las principales escuelas zen japonesas respaldaron el militarismo imperial y expansionista durante la Segunda Guerra Mundial, instrumentalizando conceptos como el desapego para justificar el espíritu de combate y desvincular al soldado del remordimiento por sus ejecuciones.
Abusos e infancia
Las denuncias sobre dinámicas autoritarias y abusos sistémicos también salpican a esta confesión. En Budismo, la ley del silencio (2022), Élodie Emery y Wandrille Lanos sostienen que en múltiples centros de tradición tibetana en Europa operó durante más de medio siglo un sistema estructural de abusos sexuales, maltrato físico, manipulación psicológica y encubrimiento institucional, ante la pasividad del dalái lama y el silencio de portavoces occidentales. La obra denuncia casos de gran impacto como el del maestro Sogyal Rimpoché (autor del superventas El libro tibetano de la vida y de la muerte).
En lo que respecta a la infancia, en diversos países asiáticos y comunidades en el exilio, miles de niños de entre 5 y 8 años ingresan en régimen de internado en monasterios.
En regiones de extrema pobreza esto constituye la única alternativa de sustento, pero los menores quedan desprovistos de un entorno familiar y sometidos a una estricta disciplina dentro de espacios cerrados que carecen de mecanismos externos de supervisión o canales seguros de denuncia frente a castigos corporales o negligencias.
El exponente más claro es el sistema de tulkus (reencarnaciones de maestros), bajo el cual niños de muy corta edad son identificados mediante presagios, apartados de sus familias y educados en régimen de aislamiento para asumir una identidad mística prefijada. Esta dinámica marcó la infancia del español Osel Hita, designado a los 14 meses como reencarnación de un lama e ingresado desde los 6 años en un monasterio en la India, una disciplina de la que escapó al alcanzar la madurez. Asimismo, el actual maestro Kalu Rimpoché ha denunciado haber sufrido abusos físicos y sexuales dentro de la estructura monástica durante su minoría de edad.
Monumentos en espacios protegidos
La ocupación confesional del espacio público no es exclusiva de la Iglesia católica. En la Alpujarra granadina, en pleno Parque Nacional y Natural de Sierra Nevada —entorno con la máxima protección medioambiental del Estado—, se ubica el centro de retiros budistas O Sel Ling. En esta finca privada se exponen monumentos confesionales como una estupa, estatuas de deidades de gran envergadura y una gran rueda de oraciones.
Lo más cuestionable es el patrocinio y la promoción turística que administraciones públicas como la Diputación de Granada o el Ayuntamiento de Soportújar otorgan a este recinto religioso. Los portales oficiales publicitan el espacio natural impregnándolo de argumentarios doctrinales. En la propia instalación de la rueda de oraciones, abierta a los visitantes, figura una inscripción que afirma que el artefacto «cura y protege de cualquier enfermedad contagiosa o epidemia» y que hacerla girar equivale a recitar 165 mil billones de mantras. La promoción pública de estas aseveraciones supone un aval institucional al pensamiento mágico y a la superstición bajo el paraguas de la «multiculturalidad» o el «atractivo turístico». De esta forma, determinadas confesiones consiguen sacralizar u ocupar entornos naturales protegidos que deberían preservarse como espacios neutros y libres de proselitismo.
El caso de Sierra Nevada no es aislado. En Benalmádena (Málaga), la Estupa de la Iluminación (33 metros de altura, la mayor de Europa) se levantó en 2003 mediante un proyecto conjunto entre una asociación budista y el Ayuntamiento, que facilitó el terreno y las licencias, integrándola como icono turístico municipal. Existen en España más de 300 centros y lugares de culto budistas estables. Bajo el argumento de la «paz» y la «multiculturalidad», una confesión ocupa espacios naturales y recibe patrocinio institucional sin despertar las alarmas que generarían capillas o mezquitas en los mismos lugares.
Cursos y talleres: el caballo de Troya
Los estudios universitarios públicos sobre budismo deben ser estrictamente académicos, pero a menudo incluyen «meditación» y mindfulness impartidos por instructores confesionales. Ejemplos de ello son el taller en la Universidad de Granada dirigido por un exmonje del Instituto de Meditación Kamalashila (escuela Gelug, la del dalái lama) y el curso promovido por la Universitat Rovira i Virgili junto a una fundación budista. Asimismo, ayuntamientos como los de L'Alfàs del Pi, Valladolid o Vélez-Málaga patrocinan o publicitan actividades de estas entidades. En ellas se introducen con frecuencia nociones pseudocientíficas carentes de evidencia física, como el chi, el prana, los chakras o los meridianos de energía.
Dinero y privilegios
El budismo no recibe financiación pública directa para el culto ni para sus ministros, y carece de casilla en el IRPF. La equiparación fiscal plena con la Iglesia católica pactada en 2023 no entró en vigor plenamente, y quedó fuera la exención del IBI. Las críticas a sus privilegios no los equiparan a los católicos, que son incomparablemente mayores, pero lo que se exige desde el laicismo no es igualar los privilegios en un modelo multiconfesional, sino eliminarlos.
Aun así, amparadas por la Ley 49/2002, las entidades budistas disfrutan de exención en el Impuesto de Sociedades y deducciones por donativos, además de optar a subvenciones de la Fundación Pluralismo y Convivencia, así como a ayudas o cesiones de espacios por parte de administraciones locales y autonómicas. Un trato privilegiado adicional se da en el ámbito funerario, donde el protocolo firmado en 2015 entre el Ministerio de Justicia y la federación budista permite aplazar el proceso funerario hasta diez días según el criterio místico de un «ministro de culto».
Peticiones en pro de la igualdad y no discriminación
Para superar estos privilegios, se proponen las siguientes medidas:
- Retirar la simbología confesional del dominio público y de los espacios naturales protegidos.
- Terminar con la promoción institucional de actividades de culto o pseudocientíficas.
- Evitar la cesión de espacios y tiempos universitarios a instructores de cualquier confesión.
- Eliminar toda subvención o financiación pública, directa o indirecta, a entidades religiosas.
- Derogar los protocolos funerarios confesionales que supongan un trato de favor respecto al resto de la ciudadanía.
Exigir protocolos de protección de la infancia a toda entidad que trate con menores. La laicidad del Estado debe aplicarse por igual a todas las confesiones, incluidas aquellas que tradicionalmente puedan caer más simpáticas.
Para profundizar y consultar referencias, acceda a la versión extensa de este artículo en el Observatorio del Laicismo:
1. El budismo en España: sus aspectos oscuros (I). ¿Es una religión científica? Mitología y realidad
2. El budismo en España (II). La violencia oculta: del espejismo pacifista a los abusos infantiles
3. El budismo en España (III). Espacio público, cursos y dinero





