A quién le importa
- Escrito por Tamara Gorines de Pablos
- Publicado en Tribuna Libre
Nos preocupa mucho, y con razón se viene hablando tanto estas últimas semanas, cómo la inteligencia artificial va a cambiar nuestras vidas, los empleos que se destruirán y los que aguantarán.
En todos las revoluciones industriales, la ralea humana ha mostrado la misma preocupación: la sustitución de las personas por las máquinas.
Un tema que ha inquietado desde que las máquinas han amenazado la historia de miles de años que llevamos los seres humanos ocupando la tierra. Bien lo sabían los luditas, cuyo origen del nombre no está del todo claro, que eran los menestrales ingleses que en plena Primera Revolución Industrial del XIX, se levantaron contra la precariedad laboral, y el desafío que supuso la irrupción de las máquinas.
Pero a comienzos del siglo XX aparecieron los vanguardistas y futuristas del Manifiesto de Marinetti, que se sintieron atraídos y seducidos por la disrupción, la velocidad y las máquinas, además de por el fascismo.
Sin embargo, es ahora, en este siglo alunado y desquiciado, cuando la tecnología, que respira a través de nuestras falanges y late fuertemente en las sienes, trastornando a las neuronas —cual enamorado sintiendo cerca la presencia del ser amado—, ha desplazado a la naturaleza misma del ser humano como animal social, a otra realidad que entenderemos mejor dentro de unos años.
Sigmund Freud, que como la leyenda que siempre acompañó a la figura de Hemingway, sobre aquello de estar en todas partes, el padre del psicoanálisis, inundó la literatura de interesantes y controvertidas introspecciones sobre la psique, aunque no sólo.
El Eros, la pulsión de vida, es lo que nos lleva a relacionarnos con otros, a encontrar placer en el comportamiento social, a ser en parte a través de los otros.
Las interacciones sociales están cambiando al paso que la tecnología decide. Y el egoísmo, intrínseco a la naturaleza humana, inevitablemente eleva a nuestra individualidad permitiendo que devore nuestra capacidad de empatía por el otro. Solemos solidarizarnos con aquellas causas que de alguna manera tienen que ver con nosotros. Pero a pesar de todo, cierta filantropía afortunadamente aguanta el envite de una sociedad asfixiante, despiadada, con relaciones cada vez más frías y deshumanizadas, llegando a pesar de todo donde los poderes públicos definitivamente han fracasado.
Me lamento por una justicia social que vulnerable el derecho a un tutela judicial efectiva, reconocido en nuestra Constitución dentro del Título I que regula los derechos y deberes fundamentales, pudiendo darse la paradoja de estar trabajando en la empresa que has demandado, tras frustrarse la celebración del juicio por exceso de horario, y con un señalamiento sine die, que podría demorarse hasta 2030.
Me duelen lo salarios misérrimos, la colección de títulos que han supuesto papel malgastado a cambio de trabajos que embrutecen.
Me atraviesa el pecho la crueldad del paso del tiempo, que agota las exceptivas de un tiempo soñado de oportunidades, que se acaba cuando tu vida laboral no ha alcanzado ni la mediana edad, o la desesperación por que te llamen para una entrevista.
Es despiadado no poder tener una casa, de la que también se preocupó nuestra carta magna de regular, la falta de un proyecto vital, también para aquellas personas que ya no son jóvenes.
O vivir un desahucio, qué palabra tan horrible para describir una situación de la que recuperarse o sobreponerse tiene que ser muy difícil, siendo además una persona vulnerable y sin que ninguna de las administraciones llamadas a evitar esto, hagan lo indecible para que no suceda.
La cita que no llega para el profesional de la salud mental , o para el especialista médico, que quizá para cuando la tengas, tu voluntad o tus fuerzas hayan flaqueado tanto, que hayas quedado reducido a un despojo humano.
Y todos esos niños para los que el sistema educativo público está ofreciendo una educación de baja calidad en general, tanto, que ya ni tan siquiera a leer bien aprenden, aunque aquí las responsabilidades se comparten con la concertada y privada si se iguala el nivel socioeconómico, pero evidentemente se acusa más una deficiente educación en una renta más baja, que deja menos opciones. Pero luego está la parte motivacional, despertar la curiosidad de los más jóvenes, y prepararles para el mundo que ya está aquí y para el que la mayoría no tendrá un lugar, y que es un papel que no puede ocupar la educación pública debido al estrangulamiento económico que sufre.
También la Constitución contempla que las instituciones públicas tengan el mandato de vigilar y velar por que se cumplan las leyes educativas.
Y en este pandemónium, habrá quien pueda identificarse con algo de todo esto, y a quien esto le resulte absolutamente extraño.
Hoy, como en El Mundo de ayer que tan lúcidamente testimonió Stefan Zweig, la degradación de la sociedad nos recuerda cómo la actualidad puede ser un remedo de la historia pasada.
Los servicios públicos envilecen cuando la socialdemocracia va permitiendo el paso a instituciones podridas y pervertidas, en naciones donde la gente más castigada encuentra cierto consuelo en los extremos populistas, porque realmente resulta miserable ver que la justicia social se ha perdido entre tanta necia locuacidad.
Del mismo modo que resulta indignante escuchar tantas mentiras, o simplemente frivolidades como al líder de la oposición hablar sobre que las vacaciones están sobrevaloradas, o al presidente del gobierno, sobre su derecho a vacacionar, por mencionar sólo algunas de esas pequeñas pero despreciable cosas.
Y yo me pregunto, si a alguien le importa de verdad algo de todo esto.
Tamara Gorines de Pablos
Psicóloga con sólida trayectoria de más de 13 años liderando proyectos sociales vinculados a la igualdad de género. Especialista en comunicación política, consultoría estratégica.
Apasionada de la literatura, el cine y me define cualquier forma de arte capaz de provocar.