¿Eran marxistas los laboristas británicos?: reflexionado con Wenceslao Carrillo
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Tribuna Libre
En muchas ocasiones hemos afirmado el intenso interés que el socialismo español desarrolló sobre el laborismo, muy especialmente en los años veinte por su progreso electoral y su protagonismo político en el Reino Unido, y como una alternativa a estudiar frente a la escisión comunista en España producida, como es sabido, y como en el resto de formaciones socialistas europeas, a raíz de la no aceptación de las condiciones planteadas por la III Internacional.
Pero los laboristas siguieron interesando a los socialistas españoles en los años treinta, en la Guerra Civil, al terminar la Segunda Guerra Mundial por la importancia del Gobierno de Attlee y después en los sesenta cuando llegó la figura fresca y moderna de Harold Wilson.
Pues bien, en el contexto de la posguerra mundial la nueva revista Cuadernos Socialistas, nacida en 1947, y publicada en Toulouse, encargó a Wenceslao Carrillo que escribiera un trabajo sobre el socialismo británico, el comunismo ruso y el marxismo. En esta pieza nos interesará comentar sus planteamientos sobre los laboristas.
Wenceslao Carrillo, como el mismo señalaba en el artículo, conocía bien el Reino Unido porque había residido allí. Sabemos que antes de la caída de Madrid pudo marcharse y se instaló, efectivamente, en dicho país, aunque luego pasaría a Bélgica donde establecería su residencia definitiva hasta su fallecimiento en 1963.
Carrillo explicaba que había entablado relación con muchos laboristas, asistido a sus Congresos, leído libros y folletos editados por el Partido Laborista y por muchos afiliados, además de observar su labor. Había comprobado que sus políticas, procedimientos y tácticas eran totalmente distintas a las que conocía de otros partidos socialistas. Diferían, sobre todo, de la táctica y procedimientos que empleaban los socialistas españoles.
En esas diferencias influía, lógicamente, la distinta realidad entre el Reino Unido y España, porque allí existían una verdadera democracia y también libertad para defensa de las ideas. En España se había vivido siempre en constante agitación, precisamente por esa falta de libertad y de democracia. En Gran Bretaña no había leyes de excepción, mientras que en España se había vivido durante mucho tiempo con las garantías constitucionales en suspenso. Hasta en tiempos de la República había que recordar el denominado “bienio negro”. En Gran Bretaña se cumplían las leyes que se promulgaban mientras que en España no se habría cumplido ninguna ley de carácter social. En España se habían clausurado los centros obreros con el menor pretexto mientras que eso sería impensable en Inglaterra. Tampoco había allí coacciones sobre los electores en las elecciones por parte de nadie, ni de autoridades ni de la patronal.
Los ingleses organizaban manifestaciones públicas y la policía asistía para evitar que alguien pudiera interrumpirlas, mientas que en España los policías acudían a “título de provocadores”. En conclusión, los trabajadores británicos disponían de medios democráticos para la defensa de sus intereses, pero en España siempre se había vivido en un “constante estado de irritación”, seguramente porque se había procedido siempre de formas “más agitada e intransigente”.
Entonces, Carrillo se hacía dos preguntas sugerentes:
1ª ¿No sería esa diferencia entre ambos países la causa que determinara también la diferencia de apreciación de las ideas marxistas?, pero más importante,
2ª ¿Eran marxistas los laboristas? Esta segunda pregunta no debería considerarse una “herejía”, porque todos los socialistas sabían muy bien que había socialistas marxistas, siendo mayoría en España, y socialistas que no seguían las teorías de Marx y Engels.
A juzgar por la actuación de los laboristas británicos, las teorías marxistas no predominaban entre ellos, por lo menos en sus “manifestaciones externas”. No había visto la figura de Marx en los textos de los Congresos del Partido Laborista, ni se aludía a las teorías marxistas en los artículos periodísticos, ni en los libros ni en los folletos sobre problemas políticos y sociales. La lucha de clases no tenía en Inglaterra la significación que había tenido en España ni en otros países. La lucha política y social en Inglaterra se practicaba de forma metódica y siempre atendiendo a los problemas nacionales.
Esta cuestión nacional era muy privativa de los británicos, independientemente de que fueran o no laboristas. Algo que, según nuestro autor, era propio de la educación política del país y de su concepto de la democracia. En todo caso, cuando se trataban cuestiones internacionales tampoco aparecía Marx en sus análisis y/o políticas.
Carrillo planteó uno de los puntos clave del asunto, la propia constitución del Partido Laborista que, como bien sabemos, fue completamente distinta a la de los partidos socialistas europeos continentales. Y eso habría sido, a su juicio, un freno a la expansión del marxismo. Eso se debía a la fuerza en ese proceso de creación y en la propia naturaleza del Partido que tuvieron y tenían las organizaciones sindicales y el cooperativismo. Ambos componentes del laborismo no podían facilitar el desarrollo o arraigo de las ideas marxistas.
Carrillo pensaba, en todo caso, que el nuevo secretario general, Morgan Phillip, que estaba emprendiendo una profunda reorganización del Partido, para la creación de agrupaciones locales, algo poco conocido allí, podía contribuir a cambiar la situación y que el Partido se “aliviara” un tanto del “lastre de elementos liberales” y se caminase más en la línea de los “maestros del socialismo científico”.
La revista Cuadernos Socialistas se puede consultar en la Hemeroteca Digital de la Fundación Francisco Largo Caballero.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.