Es indudable que Zapatero pasará a la historia por haberse atrevido a “legalizar” el derecho de los homosexuales a ser unos ciudadanos plenos, que desde siempre pagaron sus impuestos pero hasta entonces no podían ser matrimonio ni familia. Tomó una de esas decisiones políticas arriesgadas pero que marcan la historia en un sentido positivo: hacer el mundo mejor de lo que estaba antes. Claro que la ley del matrimonio homosexual era una medida legislativa destinada de manera directa a un colectivo concreto que, en apariencia, podría ser menor que esas masas católicas integristas enfurecidas que de la mano de Rouco y casi todo el PP (donde se mezclan el Opus y los Legionarios de Cristo) salieron a la calle a gritarle a Zapatero que era el amigo de la ETA y de los maricones, en esa histeria ridícula que produce el sectarismo en los guardianes de las esencias amenazadas.