Un homosexual en la Moncloa
- Escrito por La redacción
- Publicado en Tribuna Libre
Es indudable que Zapatero pasará a la historia por haberse atrevido a “legalizar” el derecho de los homosexuales a ser unos ciudadanos plenos, que desde siempre pagaron sus impuestos pero hasta entonces no podían ser matrimonio ni familia. Tomó una de esas decisiones políticas arriesgadas pero que marcan la historia en un sentido positivo: hacer el mundo mejor de lo que estaba antes. Claro que la ley del matrimonio homosexual era una medida legislativa destinada de manera directa a un colectivo concreto que, en apariencia, podría ser menor que esas masas católicas integristas enfurecidas que de la mano de Rouco y casi todo el PP (donde se mezclan el Opus y los Legionarios de Cristo) salieron a la calle a gritarle a Zapatero que era el amigo de la ETA y de los maricones, en esa histeria ridícula que produce el sectarismo en los guardianes de las esencias amenazadas.
El comportamiento del PP entonces fue absolutamente cobarde y políticamente poco rentable. Si hablamos del empeño “personal” que Rajoy declaró en la decisión de recurrir la ley del matrimonio homosexual al Constitucional, nos demuestra que Mariano se ha movido para muy pocas cosas en su vida política, ocasiones que podrían contarse con los dedos de una mano y sobrarían algunos; pues bien, una de ellas fue para oponerse al matrimonio de dos hombres o de dos mujeres. Que cada cual extraiga sus conclusiones.
Desde entonces han pasado demasiados años para ir desvirtuando, poco a poco, el significado que tuvo entonces el reconocimiento legal y las políticas de visibilidad que el gobierno del país asumió con valentía. Aunque pueda parecer que no, actualmente la fiesta del Orgullo Gay tiene mucho más de fiesta y de negocio que de reivindicación de algún tipo de respeto social o de denuncia mediática del aumento de los delitos de odio en nuestro país por agresiones homófobas. Que nadie se engañe: las manifestaciones originales hace ya algunas décadas de los homosexuales de entonces, se hacían con la pretensión de conseguir el estatus completo de ciudadano de tu país. No es lo mismo salir a la calle a pelear por tu dignidad que a hacer el mamarracho con un taparrabos con la imagen de la cruz cristiana. Quizás lo que más guste del Orgullo Gay en esta sociedad es su carácter festivo, como un preludio de los San Fermines, pero sin toros que te persigan para empitonarte.
Es curioso porque diversos medios y periodistas- algunos de ellos prestigiosos y con una reconocida trayectoria- se felicitaban porque España era el país más “gayfriendly” de toda Europa. Yo, sin embargo, discrepo profundamente ante ese espejismo. Obviamente nadie puede negar que si miramos 15 años atrás, la situación de los homosexuales en España ha progresado de manera incuestionable. Pero esa tolerancia que se “cuantifica” en determinadas encuestas no refleja la realidad ni la sinceridad de aquellos que las responden. No solamente por las estadísticas de los delitos de odio, sino por el día a día que todos los que somos homosexuales- o, al menos, una mayoría- podemos observar en nuestro entorno más cercano, especialmente aquellos que tienen una vida limitada a zonas rurales o ciudades pequeñas. Siguiendo este relato, se abre una polémica porque este año algunos políticos importantes del PP han ido de embajadores al desfile del Orgullo, y el mismo Albert Rivera ha acudido. Y esto es algo que los guardianes de las esencias izquierdistas no pueden tolerar. En el caso de Albert, porque hace unos años criticó las “tensiones innecesarias” que creaba esto del matrimonio gay. En el caso del PP, por los motivos que todos conocemos, aunque los que acudieron por parte de la derecha fueron Andrea Levy y Javier Maroto; la primera alguien que no tiene vínculo alguno con el ala más conservadora-cristiana del PP y el segundo un homosexual reconocido, a cuya boda fue el propio Mariano Rajoy.
¿Cuál es el problema? Que tanto el líder de Ciudadanos como una parte importante del PP, han decidido rectificar y sumarse al apoyo y normalización- más o menos entusiasta- con el colectivo gay, que ahora se dice LGTB, y posiblemente dentro de unos años las siglas sean aún más extensas. Si la derecha se empeña en coger una bandera con la que se identificó y que dignificó durante años la izquierda en España, entonces encontrar a homosexuales que voten al PP ya será menos escandaloso.
Si queremos elaborar un paralelismo, miremos el problema racial existente en Estados Unidos, que se creía superado por la llegada de Obama a la Casa Blanca. Sin duda fue una prueba inequívoca de que una mayoría podía votar para presidente a un candidato de color, pero sin que eso significase que no siguieran existiendo muchos americanos que no estaban dispuestos a tratar con el mismo respeto que a un blanco a un negro o a un latino. Con la cuestión gay en España pasa lo mismo. Somos un país mucho más respetuoso y tolerante que hace 20 años, pero eso no quiere decir que seamos la potencia europea gayfriendly por excelencia. No confundamos hacer la mejor fiesta del Gay Pride del continente con la erradicación casi absoluta de los cotidianos casos de homofobia. ¿Para cuándo un homosexual reconocido en la Moncloa, como presidente de todos los españoles? Quizás ese día podamos pensar que la lucha ha conseguido sus últimos objetivos.
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