Historias extraordinarias: el así llamado “Papiro de Alejandro”
- Escrito por Juan Manuel Díaz Lavado
- Publicado en Cultura
Durante las excavaciones realizadas en la zona del oasis de Siwa, al noroeste de Egipto, por el Instituto Arqueológico Alemán en la campaña de primavera de 1935, el equipo dirigido por el doctor Hermann Schubart descubrió un complejo funerario en la que se localizó un grupo de momias cuya datación, según un estudio posterior, se fijó en un periodo que cubre desde el s. IV hasta el II a. C. Entre los restos de un enterramiento que parecía pertenecer a un alto funcionario se descubrieron cuatro vasijas selladas, en el interior de las cuales habían sido depositados varios rollos de papiro de desigual extensión. Por desgracia el material escriturario se hallaba bastante deteriorado pues, en cierto momento, la tumba había sido objeto de saqueo y los ladrones, seguramente en su búsqueda precipitada de piezas de valor, no sólo habían abierto los sellos de todos los recipientes, sino que también habían roto algunos de éstos, lo que condujo a que un grupo de rollos quedara diseminado por el suelo y expuesto irremediablemente a los estragos del tiempo.
A pesar de todo, los arqueólogos trasladaron los escritos papiráceos, junto con el resto de hallazgos materiales, a la sede del Instituto en El Cairo, donde se procedió a elaborar una primera catalogación de lo allí encontrado.
Aunque muchos de los fragmentos de papiro eran ilegibles, otros, por fortuna, revelaron con mayor o menor facilidad su contenido: así, se identificaron textos de correspondencia privada y oficial, registros administrativos, listas de provisiones y diversos pasajes literarios. Si nos centramos en estos últimos, el estudio cairota identificó tres pasajes de Homero (cantos I, II-III y XXII), varios poemas líricos de autoría anónima, algunos versos de Safo, numerosos testimonios de Eurípides y de Menandro y un texto que ciertamente sorprendió a los especialistas por lo inesperado de la información que él se transmitía. Se trataba de una hoja de papiro, desgajada de su rollo originario, ya perdido, en la que se leía un fragmento de una carta en la que se narraban algunos sucesos acontecidos durante los días previos y posteriores a la muerte de Alejandro Magno. En la misiva se había conservado afortunadamente el encabezamiento, lo que facilitó situarla en un marco histórico concreto, circunstancia esta que facilitó un primer análisis y traducción.
Después del, como señalamos, estudio preliminar en El Cairo, en 1937 se envió la mayor parte de los hallazgos, incluidos los papiros, a Berlín, concretamente al Neues Museum, con el propósito de que pudieran ser estudiados en profundidad, catalogados de nuevo y expuestos finalmente al público.
El anuncio del descubrimiento del «Papiro de Alejandro», tal y como fue denominado por la prensa especializada del momento, causó un gran interés entre los círculos eruditos de la época, en particular tras la noticia de que el equipo encargado de su estudio, dirigido por el profesor Erich von Schede, iba a publicar en breve una edición del papiro junto con la traducción al alemán.
Todos estos proyectos, sin embargo, se vieron frustrados por la llegada de la guerra; en efecto, durante uno de los bombardeos sufridos por la capital alemana durante 1943, el Neues Museum sufrió un incendio que destruyó numerosas piezas y, a consecuencia de ello, las colecciones fueron trasladadas para su protección a diversos lugares del país.
Dado que, a partir de esta fecha, no existe noticia del llamado «Papiro de Alejandro», se pensó que éste había sido también víctima de las llamas.
Pero a veces la fortuna da un giro inesperado y feliz, pues en 2016, en el curso de unas obras de restauración de un edificio en Potsdam, sito en la Charlottenstrasse, los obreros que trabajaban en los sótanos descubrieron por accidente un almacén oculto tras un muro: en éste se hallaron varias cajas con la identificación del Museo y, dentro de una de ellas, cuidadosamente embaladas, algunas de las piezas egipcias que, hasta ese mismo momento, habían sido consideradas destruidas por las bombas aliadas.
Y para sorpresa del mundo académico, de entre los tesoros que vieron la luz por segunda vez se hallaba el «Papiro de Alejandro», publicado, ahora sí, en fecha muy reciente (Papiros de Berlín, P. XII. 30377) y del que nosotros facilitamos aquí una traducción al español (el texto está incompleto, presenta numerosas lagunas y, además, la parte final falta. Las lagunas aparecen indicadas por corchetes y puntos suspensivos):
Documento I: Fragmento de una carta de Apolonio de Éfeso, responsable de los archivos reales, a Ptolomeo I Sóter en la que se incluye un informe redactado en Babilonia por Nicandro, comandante de la guardia personal de Alejandro, a petición del general Cratero.
… ] Y días después de la muerte de Alejandro nada nuevo parece que pueda concluirse de los interrogatorios realizados a todos los esclavos y demás personal de palacio que asistió a nuestro soberano durante los breves días de su última estancia en Babilonia. Todos los testimonios, supervisados personalmente por quien le escribe, coinciden en confirmar lo ya declarado no sólo por los médicos, sino también por Bagoas, el asistente personal del Gran Rey, y Dión, su secretario personal.
No hay, en principio, datos objetivos que nos permitan dudar de la veracidad de sus palabras, a saber, que Nuestro Señor Alejandro empezó a sentirse indispuesto tras su llegada a la capital y que los síntomas de la enfermedad y de su debilidad general no hicieron sino aumentar con el transcurso de los días [ …
… ] Alejandro no quiso dejar de asistir al banquete que en su honor había organizado Medio de Larisa, aun cuando los médicos le habían aconsejado descanso y una dieta estricta en la que se insistía en el consumo moderado de vino. Es factible imaginar que este hecho, unido al sofocante clima de la ciudad en junio y, tal vez, a la insalubridad de las aguas en las que el soberano se bañó en el curso de la expedición de caza celebrada el día siguiente a su llegada a Babilonia, pudieron agravar aquel agotamiento físico que ya se podía adivinar en él después de la épica expedición que, a través de los desiertos de Gedrosia, le trajo de regreso desde la India […] pero lejos de descansar, tal y como le recomendó con insistencia su médico, el egipcio Sosígenes, el Gran Rey partió de inmediato hacia Susa y Ecbatana, viaje durante el cual no sólo tuvo que hacer frente a diversas disensiones dentro del ejército, sino que además se dedicó a perseguir y castigar a quienes había profanado la tumba del Gran Ciro, de quien Nuestro Señor se enorgullecía de ser digno sucesor. Y de todos estos esfuerzos y sinsabores es posible que se hubiera recuperado con prontitud, tal y como nos tenía ya acostumbrados, si no hubiera sido por el más terrible golpe que el Destino le había reservado hasta ese momento: me refiero, como todos bien sabemos, a la muerte del general Hefestión, su más cercano amigo desde la infancia, cuyo cadáver veló Alejandro en un duelo que casi acaba también con su vida [ …
… ] y, a lo que parece, todo ello se confabuló para doblegar finalmente una salud, para muchos divina, que había superado innumerables heridas desde el Gránico hasta el Hidaspes [ …
… ] No puedo dejar de mencionar, con todo, los diversos rumores que han llegado a mis oídos durante mi estancia en palacio y que hablaban de la existencia de una conspiración urdida contra Nuestro Señor Alejandro por parte de algunos generales y comandantes. Según tales noticias, de las que le hago una relación completa en el papiro que acompaña a esta misiva, existiría un latente descontento entre algunos sectores de la tropa motivado por la política del Gran Rey frente a los bárbaros, tanto en lo referente a los recientes nombramientos y promociones militares, como por lo que afecta a las bodas de Susa y a los cambios en el protocolo real. A esto habría que añadir la creciente tensión surgida entre Alejandro y algunos sectores del ejército a raíz de los lamentables acontecimientos que, durante la campaña de Asia, acabaron con las muertes de Filotas, del gran Parmenión, su padre, de Calístenes y de Clito, el largamente llorado comandante de los Compañeros.
El ambiente de malestar dentro del círculo más cercano a Alejandro alcanzó su punto más crítico con la presencia de los hijos de Antípatro, el cual [ …
… ] no dudan en acusar de envenenamiento a Casandro y Yolas, los hijos del regente Antípatro, llegados a Babilonia para intermediar a favor de su padre ante Alejandro.
Bagoas el eunuco, uno de los más allegados servidores del monarca, me confesó que durante el banquete ofrecido por Medio él mismo vio al joven Yolas, nombrado a la sazón copero de Alejandro, hablar con su hermano y con el anfitrión poco antes de servir a Alejandro aquella copa de vino tras la que Nuestro Señor cayó sin sentido, algo después, víctima de un agudo episodio febril.
Si las fiebres y la desconocida enfermedad que llevó a la muerte a nuestro amado soberano fueron consecuencia directa de un veneno vertido en el vino por obra de conspiradores, ya sean éstos los hijos de Antípatro en connivencia con Medio, ya sean bárbaros que odiaban al divino Alejandro a raíz de su conquista de las tierras de los Aqueménidas o algunos de aquellos griegos que nunca perdonaron ni al padre ni al hijo su dominio sobre la Hélade, es algo que ni nuestras pesquisas, ni la medicina ni los incontables sacrificios ofrecidos en los templos de la ciudad en honor a Zeus, Apolo Pitio y Bel-Marduk han sido capaces de dilucidar.
Podríamos pensar que, sobre este particular, los dioses no se muestran propensos a concedernos indicios directos o indirectos que nos permitan alcanzar la verdad de lo acontecido más allá de ciertos augurios que, como aquél de los cuervos muertos en la Vía de las Procesiones cuando Alejandro hacía su triunfal entrada en Babilonia [ …
… ] el general Pérdicas ha velado el cuerpo de nuestro rey [ …
… ] han llegado los soldados, comandados por Calicles, deseosos de contemplar por última vez no ya a su soberano, sino a su compañero y amigo [ …
… ] enviadas cartas a Olimpia [ …
Nota: la historia aquí narrada es única y exclusivamente producto de la imaginación del autor.