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Frente a frente


  • Escrito por Ricardo Olarte
  • Publicado en Poetas

EL TIRANO

Mi egregia estirpe, que en palacios mora,

ni de ti ni tu casta se preocupa,

pues sois como gusanos que se arrastran

y que todo lo enlodan y lo ensucian.

¿Cómo, tú, á mis magníficos alcázares

osastes acercar tu planta inmunda,

y en tu delirio vano é insensato

pretendiste subir hasta mi altura?

¿Ser igual tú que yo? ¡Qué desatino!

¡Qué pretensión tan necia y tan estúpida!

Igual fuera que al águila arrogante

compararse quisiera la lechuza;

que al que es rey de la selva poderoso,

al león de mirada que fulgura,

semejarse quisiera cualquier topo

de figura que asquea y que repugna;

que á la ballena que los hondos mares

con movimientos majestuosos surca,

algún crustáceo que entre peñas vive

igualarse quisiera. ¡Qué locura!

Habrá siempre colinas y montañas,

habrá siempre hondonadas y llanuras,

siempre habrá tierra y cielo, que es demencia

el pedir igualdad á la Natura.

Obra magna de un Dios omnipotente,

no ha de haber fuerza humana que destruya

la sabia ley porque se rige el mundo,

y que todo lo ordena y lo regula.

Y pues á Dios le plugo que trabajes

y que en cambio yo viva con holgura,

respeta sus designios y no quieras

poner tu voluntad frente á la suya.

De modo que desecha la esperanza

de lograr pretensiones tan absurdas,

y no hagas que me canse y coja el látigo

y sobre ti y los tuyos le sacuda.

 

EL OBRERO

Yo abatiré tu colosal orgullo,

y puesto que me impeles á la lucha,

á la lucha he de ir, sin que me arredren

esas bravatas y amenazas tuyas.

Para hablar de nosotros con desprecio

yo no sé en qué motivos tú te fundas,

pues si somos gusanos, ¿por qué entonces

en mis hembras saciaste tu lujuria,

cuando el derecho inicuo de pernada

te hacía disponer de su hermosura?

A costa del producto de mi sangre

lograste alimentar tu inmensa gula,

y vivir á través de las edades

gozando de la vida con hartura,

mientras que yo sufría los rigores

de la suerte implacable, cruel ó injusta

Pero hoy, seguros de nosotros mismos,

á romper vamos la brutal coyunda

en que hace tanto tiempo, tantos siglos,

que á tu placer y gusto nos sojuzgas.

Si al nacer y al morir somos iguales,

que vivamos igual es cosa justa;

que iguales trabajemos, que suframos

penalidades ó venturas mutuas.

Para eludirse del trabajo, pronto

prosapias no valdrán, ni altas alcurnias,

que al vigoroso esfuerzo de mis brazos

tu egregia estirpe rodará á la tumba

seguida de execrables maldiciones,

para de allí no levantarse nunca.

Fenecieron, por fin, las tiranías;

ahora ya no es posible que resurjan,

ni Brenos con espada victoriosa,

ni Atilas de fatídica figura;

hoy vencerán los hijos de Spartaco,

que para eso en un haz todos se agrupan;

hoy la justicia y la razón se imponen,

sigue el progreso su labor fecunda,

y ese místico Dios á quien invocas

no vendrá, aunque le llames, en tu ayuda,

que es fantasma no más que habéis creado,

amedrentando así á la masa estulta.

Derrocaránse todos los iconos,

y con clara certeza se vislumbra

que la Razón, serena y poderosa,

la Justicia, inmanente, firme y pura,

el respeto sagrado para todos,

la Verdad, intangible y absoluta,

serán deidades que tendrán los hombres

en la redenta sociedad futura.

(Vida Socialista, abril de 1911)

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