El triunfo de los socialistas
- Escrito por F. Pérez de la Vega
- Publicado en Poetas
¡Victoria, al fin, clamando,
pude escuchar al ultrajado pueblo!
¡Victoria! va la turba resonando,
y en su semblante retratado altivo
las huellas del placer va demostrando
con un triunfo tan grato y decisivo.
Clamaba la razón, y nunca en vano
de la anhelante libertad se vieron
hollados los designios: el tirano
y el déspota también lo comprendieron.
Mas ¿por qué no rompieron
esa cadena que á tu pecho oprime?
Llenos de oprobio y de vergüenza, al cabo,
no quieren ver que la verdad redime
el rudo cuerpo del obrero esclavo.
Y cuan inútil su poder confía
del caso duro en el luciente hierro,
que en torrentes de sangre convertí
la muchedumbre airada. Y en su yerro
¿olvida acaso que pasó ese día
de recuerdo cruel, en que un bandido
á montones los cuerpos recogía?
Ciego, ciego de ti si no has perdido
tu desmedido ambicionar y quieres
á. la presa aun estar apercibido.
¿No ves, triste de ti, que esa locura
rompe su ligadura
y entre sus manos descarnadas mueres?»
De la animosa muchedumbre escasa
dura lección tu voluntad recibe;
no es ya tupida gasa
la que á sus ojos contemplar prohibe
el fuego mismo que á su pecho abrasa.
Más valiente, la idea
que alimentaban los cansados pechos
ábrese al fin, cual luminosa tea,
y viendo se recrea
ante el altar, los ídolos deshechos.
Y ¡oh, qué placer cuando la voz vibrante
del viejo llegue y te penetre el alma
tu delito infamante
demostrando á la vez! No ya la calma
del miedo inmundo ó del temor grosero,
será el único juez que
se alce cuando se derrame la sangre del obrero.
Ya del valiente luchador amigo,
tantas veces y tantas calumniado
oirá la voz el paria esclavizado,
que pan no tiene, ni solar, ni abrigo;
por él pidiendo en ardorosas voces
justicia y libertad, por él clamando
librarle de los déspotas atroces.
No más se hará de la virtud mancilla,
de la honradez baldón, y rudo escarnio
del alma noble y á la par sencilla.
Su voz, más que el torrente impetuosa,
se ha de alzar inflexible en la tribuna,
de aquesta vieja sociedad achacosa
maldades señalando una por una;
no bastará ninguna
torpe amenaza que acallarle pueda,
y ¡ay de vosotros si mostráis un día,
magnánimos varones, que no queda
en pechos tan ruines la hidalguía!
Seguro el paso por la estrecha senda
que nos conduce á nuestro fin ansiado,
sin que en los pechos el rencor se encienda
gritaremos: «¡Mirad, hemos triunfado
sin sangre en la contienda!»
Y entonces en tu frente,
obrero de la suerte escarnecido,
sí que veré cual brillará esplendente
un vivo resplandor donde se lea:
«¡Del yugo redimido!»
(Vida Socialista, mayo, 1910)