Los jardines de la noche
- Escrito por Emilio Carrere
- Publicado en Poetas
(leída en una velada de la Academia de poesía en la Casa del Pueblo de Madrid)
Las ventanas cerradas, silenciosas y obscuras,
parecen misteriosas filas de sepulturas.
La gran ciudad burguesa reposa. En los balcones,
la luna va prendiendo sus azules festones.
Dentro, la vida es dulce, es honrada y es buena;
se deslíe un olor jocundo de alacena
en el ambiente manso de hogareños aromas;
el sueño es regalado y tranquilo entre los
finos lienzos que guardan el olor de las pomas
del arcón familiar. ¡Alabado sea Dios!
Es la vida egoísta y medrosa que acaso
cierra las puertas de su bienestar al paso
del montón haraposo, lacerado y hambriento,
que pasa perseguido por los lobos del viento.
Los jardines nocturnos son un lugar propicio
para aquellos que nadie aguarda en parte alguna,
que saben de las horas, vacías el suplicio
y es su único caudal el disco de la luna.
Lamentables y pálidas rameras sin fortuna,
que tienen en sus besos hálitos de hospital,
vagabundos, mendigos, la triste poetambre
hijastra de las Musas, nautas de lo casual,
reinas de los tugurios y archiduques del hambre.
¡Oh, ese lento suplicio de las horas pasadas,
sin asilo ni amor, en la noche inclemente,
y el dormir torturado, que el rumor de la fuente
finge un vago y medroso murmullo de pisadas!
¡Oh, los perros errantes, únicos compañeros
á quienes nuestros sórdidos andrajos no desdoran,
y cuando nos contemplan con ojos lastimeros
y humildosos, parece que comprenden y lloran!
¡Oh, el dolor de la vida negra que gime y calla,
galertes de una eterna cadena fementida,
ante los que pensamos: Y esta triste canalla,
¿por qué no tiene el gesto de quitarse la vida?
La luna, melancólica, sobre el negro ramaje
va prendiendo los hilos de un fantástico encaje.
¡Oh jardines nocturnos! Bajo de vuestras frondas
posé mi frente en unos senos tersos y blancos,
en las noches errantes, de tristezas muy hondas,
en que eran suave lecho de amor los duros bancos.
¡Oh luna compasiva, que iluminas la inerte
horda de fracasados, tristes y claudicantes,
que se hacina en los quicios mientras abre la Muerte
en sus almas las negras alas alucinantes!
Y mientras los dichosos, en lecho regalado,
murmuran beatíficos —¡El Señor sea loado!,
abajo, en el arroyo, el enjambre harapiento,
sin asilo ni amor, y con el alma rota,
comprende intensamente que «la vida es un cuento
absurdo, recitado por un histrión idiota.»
Es alta noche, suena la voz de una campana
como un eco de ensueño de una ciudad lejana;
y dentro de las almas, que aun entre sueños gimen,
musita sus consejas tenebrosas el crimen.
Pobres almas, que al ver lucir el nuevo día
dirán:—¡A qué seguir viviendo todavía!
Y bajo el cielo mudo al humano dolor
—haz doliente de angustia, de vejez y laceria—,
más humana y más dulce, funde todo este horror,
en un inmenso abrazo de piedad, la Miseria.
(Vida Socialista, 9 de abril de 1911).