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Alarde de empatía (o las comparaciones son odiosas)


Actos solemnes, misas,

declaraciones oficiales,

funerales de Estado,

minutos de silencio,

banderas a media asta,

saturación en las noticias,

desplazamientos a la zona

para seguir minuto a minuto

curioseando en lo íntimo,

en los proyectos e ilusiones

de esas ciento cincuenta vidas

truncadas por un loco

-ahora todos dicen que era un loco

y se hurga impunemente en sus cajones-

sacrificadas

inmoladas

en medio de los Alpes,

entre las yermas cumbres

que vieron su silencio roto

por un horror inconcebible;

y en un alarde de empatía

pensamos que cualquiera de nosotros

podría haber sido uno de ellos,

y nos espanta comprobar

lo frágiles que somos

y cuánto de azar rige nuestras vidas.

Pero pasan los días, la noticia aburre

y nuestra angustia se diluye

como también lo hicieron

la gripe A

y el ébola.

Poco a poco, sin darnos cuenta,

los días son semanas,

ya un mes casi.

Sumidos en las aguas de la indiferencia,

engullidos sin piedad por las olas,

se ahogan setecientos en la fosa

común donde África se arroja

un día

y otro día

y otro

desesperada.

Aquí no hay empatía, ni actos solemnes,

ni misas, ni minutos de silencio,

ni vergüenza, ni un mísero euro.

Aquí nos encogemos de hombros

y sin rubor miramos para otro lado

buscando la evasión en las pantallas,

en un nuevo capítulo de Juego de Tronos

o en la enésima entrega del Madrid-Barça.

Ahora no habla nadie de locos.

Ahora no habla nadie.

Aquí no se hurga. No interesa hurgar

en el pasado de estos desgraciados.

Solo eran negros, putas, moros.

No eran personas.

No como nosotros.

Ésos no merecían un futuro,

aunque sus ganas de tener futuro

fuesen mayores que su miedo.

No eran personas.

Eran escoria.

Basura. Mierda.

Europa debe protegerse de ellos.

Si no mirase nadie muchos tirarían

de la cadena;

a muchos otros les daría igual

que los mirasen.

(Del libro El Arpa de Ur)

De la biografía de Sergio Iborra (1975), madrileño afincado en Rivas-Vaciamadrid desde hace más de tres lustros, cabe destacar que es licenciado en Economía y funcionario de la Comunidad de Madrid; dos rasgos circunstanciales pese a los cuales ha conseguido ser dramaturgo (y ocasionalmente actor teatral y de cortos cinematográficos), y ver publicados un par de poemarios (Discurso del Polvo, 329, Ed. Endymion; y El Arpa de Ur, 790, Ediciones Vitruvio), con los que espera no haber sido indigno de la milenaria tradición literaria en castellano.

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