Breve historia del raticida que salvó la vida del presidente Eisenhower
- Escrito por Manuel Peinado Lorca
- Publicado en Cultura
El presidente Eisenhower en 1957 en el hospital militar de Denver donde atendieron su trombosis cardíaca. Foto: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
Como tantas historias de la ciencia, la de la warfarina comienza con un error afortunado. En realidad, con dos. Un par de serendipias decimonónicas —esas casualidades felices que solo ocurren a quien se empeña en fracasar con estilo— sentaron las bases de la química moderna y, de paso, acabaron salvando millones de vidas.
La química, esa ciencia con olor a disolvente y paciencia, se divide en dos grandes ramas: la analítica, que busca identificar sustancias existentes, y la sintética, que intenta crear otras nuevas. A comienzos del siglo XIX ya se habían aislado varios compuestos naturales —la morfina de la amapola, la quinina de la corteza de quina y la cumarina de las habas tonka—, pero todos tenían algo en común: provenían de organismos vivos. Los científicos creían que esas sustancias estaban animadas por una especie de “fuerza vital”, una chispa divina que no podía reproducirse en un laboratorio.
Aquella superstición se derrumbó en 1828 cuando el químico alemán Friedrich Wöhler calentó una sustancia inerte, el cianato de amonio, y obtuvo urea, el mismo compuesto que se excreta en la orina humana. Wöhler había creado vida sin proponérselo, o al menos algo que olía a ella. Su hallazgo, más allá de su aroma, demolía el vitalismo y demostraba que lo “orgánico” podía nacer del mundo inorgánico. Había abierto la puerta a la química moderna.
Pero el gran salto de la serendipia al beneficio práctico llegó casi treinta años después, en el taller de un muchacho de dieciocho años llamado William Henry Perkin. En 1856, mientras intentaba fabricar quinina —el remedio antimalárico de moda— a partir del alquitrán de hulla, Perkin produjo por accidente un pigmento de un color malva espectacular. Lo llamó “mauveine”. Fue el primer tinte sintético de la historia.
Hasta entonces, los tintes se obtenían de raíces, insectos o flores, y eran tan caros que solo los reyes podían vestir colores intensos. La malvaína (la mauveine de Perkin) democratizó la elegancia. Perkin, con la ayuda económica de su padre, fundó una fábrica, se hizo rico y cambió para siempre la industria textil. Podría haberse retirado joven, pero prefirió seguir jugando con tubos de ensayo.
Su siguiente objetivo fue la cumarina, un compuesto de aroma dulce, parecido al de la vainilla, presente en las habas tonka —las semillas perfumadas de un árbol sudamericano. En 1868, Perkin logró sintetizarla a partir de derivados del alquitrán de hulla mediante una reacción que luego llevaría su nombre: la reacción de Perkin, todavía enseñada hoy a los estudiantes de química orgánica.
La cumarina sintética debutó en 1882 en el perfume Fougère Royale, un éxito que definió toda una familia de fragancias conocidas como fougères. Su aroma fue tan popular que pronto impregnó jabones, colonias y hasta cigarrillos. Nadie podía sospechar que esa molécula fragante acabaría relacionada con el olor metálico de la sangre.
La conexión llegó desde un lugar inesperado: las praderas del Medio Oeste estadounidense. En los años veinte, los ganaderos comenzaron a notar que su ganado moría desangrado. Las vacas parecían incapaces de coagular. El misterio, digno de una novela de Stephen King con olor a establo, preocupó a los veterinarios del norte.
El canadiense Frank Schofield, profesor en la Facultad de Veterinaria de Ontario, fue el primero en sospechar del alimento. Durante los inviernos húmedos, los agricultores usaban trébol de olor (Melilotus officinalis) como forraje. Cuando el heno se almacenaba mal, se enmohecía, y el hongo parecía tener algo que ver con el desastre. Schofield alimentó a conejos con heno seco y con heno mohoso: los segundos murieron desangrados. La ciencia avanzaba, como tantas veces, sobre cadáveres minúsculos.
Schofield no pudo continuar sus experimentos. Sus superiores le pidieron que dejara los conejos y volviera a las aulas. Decepcionado, abandonó la universidad y se marchó como misionero a Corea. Pero su intuición sobrevivió. En Dakota del Norte, otro veterinario, Lee M. Roderick, comprobó que bastaba con evitar el heno mohoso para prevenir la enfermedad. Y si la vaca ya estaba afectada, una transfusión de sangre de una vaca sana podía salvarla.
Mientras tanto, los químicos identificaron el culpable: un derivado tóxico de la cumarina, producido por la acción del moho. Aislaron el compuesto, lo llamaron dicumarol, y descubrieron que interfería con la vitamina K, la molécula responsable de activar los factores de coagulación.
En la Universidad de Wisconsin, un investigador de voz pausada y paciencia infinita, Karl Paul Link, continuó los estudios y desarrolló derivados más potentes del dicumarol. Buscaba un anticoagulante eficaz para controlar plagas de roedores. El resultado fue un compuesto nuevo, bautizado “Warfarina”, acrónimo de Wisconsin Alumni Research Foundation, el organismo que financiaba su trabajo.
La warfarina fue patentada en 1948 como veneno para ratas. Y funcionó de maravilla. Las ratas caían por millares. Era tan eficaz que se distribuyó en todo el país, y pronto los sótanos de América quedaron libres de roedores… pero llenos de ironía: el remedio para el hombre más poderoso del mundo iba a salir, literalmente, de un matarratas.
Nadie pensó en emplearla en humanos hasta 1951, cuando un soldado estadounidense intentó suicidarse ingiriendo una gran dosis del producto. No solo sobrevivió, sino que se recuperó completamente cuando le administraron vitamina K. El episodio demostró que el compuesto podía controlarse con precisión y abrió la puerta a su uso médico.
En 1954, la warfarina fue aprobada como medicamento para prevenir la formación de coágulos y tratar enfermedades trombóticas. Era más segura y eficaz que el dicumarol. Un año más tarde, en 1955, el presidente Dwight D. Eisenhower, el héroe de Normandía convertido en líder del mundo libre, sufrió un infarto mientras jugaba al golf en Denver. Los médicos del Ejército le administraron warfarina para evitar nuevos coágulos. Se recuperó con rapidez.
El tratamiento debía ser secreto, pero la noticia se filtró. Que el comandante supremo de las fuerzas aliadas estuviera tomando un anticoagulante derivado de un veneno para ratas causó asombro y fascinación. La ironía era irresistible: el general que había derrotado a Hitler ahora vencía al infarto gracias a un producto químico nacido del heno podrido y la investigación universitaria.
A partir de entonces, la warfarina se convirtió en un símbolo de la nueva era farmacológica: la medicina como ciencia de precisión, donde un error afortunado podía valer más que un plan meticuloso. Durante décadas, millones de personas —presidentes incluidos— tomaron pequeñas dosis diarias de aquel descubrimiento que olía, en origen, a perfume barato y establo húmedo.
La historia de la warfarina recorre un siglo de química y casualidades, desde los tubos ennegrecidos de los laboratorios victorianos hasta los hospitales de la América de Eisenhower. Es la prueba de que el azar, cuando se mezcla con la curiosidad, puede cambiar el destino de los hombres y las vacas por igual.
¿No resulta asombroso que un experimento adolescente con alquitrán y colorantes acabase salvando la vida del presidente de los Estados Unidos? La ciencia, a veces, tiene más sentido del humor del que aparenta.
Manuel Peinado Lorca
Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.
En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.
Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).
En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.
En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.
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