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Entre Mussolini y “Els Segadors”. Los orígenes de la extrema derecha nacionalista catalana

La cooptación de Joaquim Torra a la presidencia de la Generalitat de Catalunya en calidad de testaferro de Carles Puigdemont ha comportado entre otras consecuencias menos gravosas para la causa nacionalista catalana, el conocimiento público de la ideología de este obscuro personaje a través de sus mensajes en redes sociales de Internet.

En ellos, Torra se revelaba (en pasado: sus mensajes han sido sistemáticamente borrados en los últimos días) como un supremacista étnico-cultural con profundas raíces en la antigua tradición del minoritario pero real nazismo catalán. Quien considere exagerada esta afirmación solo tiene que dar un vistazo a alguno de los textos (por llamarlos de algún modo) de Torra difundidos antes de su toma de posesión como presidente vicario de Catalunya, como el ya internacionalmente famoso que califica a los españoles como “bestias con apariencia humana”.

Destaca en Torra su admiración por el “Capità Collons” (capitán Cojones), apodo con el que se conoció en su tiempo a Miquel Badia, jefe de la Comisaría de Orden Público de la Generalitat catalana durante la Segunda República (1). El Capità Collons organizó en la policía catalana un nutrido grupo de pistoleros en su mayoría provenientes del grupo fascista mussoliniano Estat Català, organización creada por el médico Josep Dencàs, quien hasta octubre de 1934 fue conseller de Governació de la Generalitat. El fiasco del Seis de Octubre de 1934 que siguió a la proclamación de la República Catalana hecha por un Companys muy presionado por el entorno más radical de su Govern, se cerró con la vergonzosa huida de Dencàs y sus colaboradores por las alcantarillas de la ciudad rumbo a la Italia de su protector y financiador, el Duce Benito Mussolini, en cuya compañía apareció el doctor Dencàs en el balcón de Piazza Venezia unos días más tarde vestido con la camisa negra. Los hermanos Badia, Miquel y Josep, huyeron a Francia y no regresaron hasta el triunfo del Frente Popular, en febrero de 1936.

Restaurada la Generalitat tras las elecciones de febrero de 1936, ganadas por el Frente Popular en toda España, la pelea ya antigua entre nacionalistas y obreristas se intensificó de modo exponencial. No en vano el modelo de “orden público” que sustentaba el Capità Collons era el del antiguo gobernador civil de la época monárquica, Martínez Anido: el terrorismo armado contra el movimiento obrero catalán organizado, singularmente dirigido contra los anarquistas. En los años republicanos las calles de Barcelona fueron el escenario impune de actuación no solo de los pistoleros policiales de la Generalitat, sino también de grupos pequeños pero muy activos como el partido nazi Nosaltres Sols (cuya ideología etnicista toscamente nazi fue estudiada y alabada por Joaquim Torra hace unos años en alguna publicación impagable para conocer las fuentes de su pensamiento actual), el Partit Nacionalista Català o los fascistas paramilitares de Palestra, grupo comandado por Josep Maria Batista i Roca, político de orígenes carlistas que tendría un importante papel en la reorganización del nacionalismo catalán en la postguerra. Los desfiles de jóvenes paramilitares “Camises Blaves” (Camisas Azules) de Estat Català o verdes, caquis etc, de otros grupos similares organizados en “escamots” (grupos de choque) armados, eran pan de cada día en arterias ciudadanas como La Rambla barcelonesa (2). En el interior de Estat Català, Miquel Badia dirigía el reducido y selecto grupo Bandera Negra, cuya ideología y uniformidad parecen inspiradas directamente en los “Fasci di combattimento” italianos.

En ese clima, los asesinatos de dirigentes obreros y de simples afiliados a las organizaciones libertarias abrieron una guerra en las calles de Barcelona y otras poblaciones catalanas, que no finalizó ni siquiera cuando tras la rebelión militar de julio de 1936 unos y otros se encontraron teóricamente del mismo lado de la barricada. Mientras que republicanos y socialistas procuraron mantenerse al margen de esa lucha por el poder en Catalunya, que en realidad venía dándose desde el mismo 14 de abril de 1931, la posición de los comunistas fue de estrecha alianza con los nacionalistas catalanes, lo que condujo directamente a los Hechos de Mayo de 1937, un intento planificado de exterminar la presencia de la CNT, dominadora del escenario político catalán tras la victoria popular sobre los militares rebeldes en las calles de Barcelona el 19 de julio de 1936.

Un poco antes, en abril de 1936, la FAI había ejecutado a tiros a los hermanos Badia, pero el pistolerismo policial antiobrero y su némesis faísta no cesó ni siquiera durante la guerra. El hombre que mató a Miquel Badia se llamaba Justo Bueno Pérez, un obrero aragonés inmigrado a Barcelona que lideraba un temible grupo de acción faísta que dio que hablar hasta que en 1944 su jefe fue fusilado por las nuevas autoridades franquistas. Entre los colaboradores del pistolerismo policial nacionalista se contaba un buen número de periodistas de renombre en la prensa barcelonesa a los que los anarquistas acusaban de señalar objetivos en sus artículos a los sicarios de Badia, por lo que algunos de ellos sufrieron amenazas, hubieron de exiliarse o incluso fueron abatidos a tiros por los grupos de acción faístas.

En los estertores de la Guerra de España parece que desde ERC y a espaldas de Companys se intentó contactar con los gobernantes italianos a través de medios falangistas españoles con la propuesta de una paz por separado, a cambio de que Catalunya se convirtiera en una república independiente bajo protectorado de la Italia fascista. Franco, que había estado sopesando la petición italiana de entregar a Mussolini la isla de Mallorca como compensación por su ayuda durante la guerra, vetó esas negociaciones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, algunos personajes del nacionalismo catalán exiliados en Francia intentaron preservar una “neutralidad catalana” en el conflicto. Así, Heribert Barrera, que en los años de la Transición fue secretario general de ERC, recorría el sur de Francia exhortando a los jóvenes refugiados catalanes a no alistarse en la Resistencia francesa porque “esta no es nuestra guerra”. Antiguo republicano catalanista, en sus últimos años Barrera evolucionó hacia un supremacismo étnico-cultural de gran radicalidad. Otros elementos, como Josep Pallach, antiguo dirigente del POUM, tomaron contacto con servicios secretos ingleses y norteamericanos (al parecer, Pallach siguió trabajando para la CIA durante toda su vida), creando a su servicio redes de evasión desde Francia a España. Algún oscuro episodio en la vida de Pallach, como su inopinada huida de una prisión franquista, sugiere que en aquellos años podría haber jugado a varias bandas y colaborado de algún modo con el régimen español.

En cuanto a los policías a las órdenes de los hermanos Badia, y según cuenta el historiador Enric Ucelay da Cal (3), una vez terminada la Guerra de España encontraron fácil acomodo en los aparatos policiales del régimen franquista. Al cabo unos y otros tenían en común un enemigo odiado por todos ellos: el movimiento obrero catalán.

(1) Para una aproximación somera aunque muy clara a la época, ver Con permiso de Kafka, de Jordi Canal

(1) Amplia y prolija descripción de hechos y personajes con especial atención al ambiente “nacional-revolucionario” barcelonés, en Los «malos de la película»: las Joventuts d’Esquerra Republicana-Estat Català y la problemàtica de un “fascismo catalán”, de Enric Ucelay da Cal revista Ayer, núm. 59

(2) E. Ucelay da Cal, op. cit.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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