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España fea


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Cuando era pequeña solía ir muy a menudo a Francia. Recuerdo que la diferencia entre el paisaje, urbano y rural, del país vecino, y el nuestro fue uno de mis primeros aprendizajes, porque mi padre siempre me lo hacía notar. Y eso que Euskadi, con todo y con pueblos terribles, conserva mucha belleza. Pero no había manera de escapar a la comparación cuando veías el litoral mediterráneo destrozado y el litoral francés, conservado.

Cuando veías pueblos castellanos convertidos en exposiciones de arquitectura basura. En Francia es fácil ver cómo se construye teniendo en cuenta el paisaje, las edificaciones anteriores, el clima...y como también se tiene en cuenta el derecho de la gente a vivir en un entorno que no sea horrible. En España, con el tiempo y la costumbre, la ciudadanía no es consciente del derecho a poder disfrutar de un paisaje hermoso, del paisaje de la infancia, de las consecuencias que tiene vivir en medio de la inmensa e inenarrable fealdad de muchas de nuestras ciudades, de lo que significa la conservación del paisaje emocional y de que la conservación del mismo es un derecho democrático, aunque apenas tenga presencia en el debate público. Con el tiempo viajé más allá de Francia y comprobé que si Francia es modélica en cuanto a conservación del paisaje y la arquitectura, la mayoría de los países europeos nos pueden también dar lecciones. Cualquiera que haya viajado por Europa habrá visto multitud de preciosas ciudades, pequeñas o medianas, conservadas y transformadas hoy en espacios a la medida de sus habitantes, peatonalizadas, limpias, recorridas por tranvías. Y como soy aficionada al ciclismo, una de las cosas que más me gusta de la retransmisión del tour de Francia son los planos aéreos que siguen al pelotón y que nos permiten ver esos pueblos y ciudades homogéneas en color, en tamaño de los edificios, construidas a orillas de un río que sigue siendo un río o cruzadas por carreteras que transcurren señaladas por líneas de hermosos árboles. Todo esto lo he encontrado en el libro España fea, de Andrés Rubio, que me ha impactado porque me ha permitido descubrir de una manera ordenada y documentada mucho de lo que me decía a mí misma, de lo que me preocupa y de lo que me hubiera gustado que les preocupara a los partidos políticos.

Rubio relaciona perfectamente la destrucción de España con lo que supuso la victoria franquista en la guerra civil, entre otras cosas una manera de aplicar al territorio un capitalismo violento y corrupto; una manera de imponer la aculturación como arma para impedir cualquier reivindicación ciudadana respecto al territorio entendido de manera política. El franquismo impuso la mediocridad en toda su amplitud y la llegada de la democracia no nos permitió tampoco entender que la calidad de la vida no son solo servicios, sino también que el paisaje que nos rodea, el paisaje urbano y natural, es profundamente político. Bajo el franquismo no existió planificación alguna del territorio, ni respeto. Todo lo existente fue considerado posible objeto de rapiña y la consecuencia fue el caos urbano y paisajístico; un caos que a menudo degeneró en un infierno. Las mayores fortunas se hicieron destruyendo nuestro patrimonio. El bien común, referido al paisaje, despareció. Franco destruyó en España no sólo las libertades, sino el país entero con su absoluta indiferencia, cuando no sospecha, hacia la cultura y el arte y la aplicación de estos a lo urbano y a lo natural. Madrid se convirtió en un centro rodeado de feísmo, y las ciudades que la rodean son hoy monstruos de fealdad. Que haya alcaldes mejores o peores no nos exime de que la falta de normativa estatal respecto a la arquitectura y conservación del territorio hace que cuando llega un alcalde terrible, como José Luis Martínez Almeida, tenga las manos libres para profundizar en la destrucción y en el cemento a costa de cualquier árbol que considere fuera de sitio.

El libro de Rubio sostiene que la conversión de nuestro país en una sima de la fealdad es uno de los grandes fracasos de la democracia. La mentalidad y las políticas mencionadas nacieron con el franquismo, pero, desgraciadamente, se convirtieron en signo de progreso con los socialistas. La destrucción urbanística, a falta de frenos, se convirtió en la base de la especulación y en una de las grandes fuentes de la corrupción que hemos padecido desde entonces; en una fuente de hacer dinero para unos pocos, legal e ilegalmente. Los sucesivos gobernantes, sin importar el partido político y con pocas excepciones, consiguieron que en lugar de entronizar la cultura y el respeto por el paisaje, se entronizara la barbarie urbanística y la idea de que más construcción significa mayor riqueza. Nos convertimos en un país de nuevos ricos que consideró que “alicatado hasta el techo” valía lo mismo para un portal que para un palacio renacentista y lo alicatamos todo en una ensoñación paleta y cutre que identificaba lo nuevo con lo mejor. Y eso incluía no sólo lo urbanístico, sino también las comunicaciones terrestres, que llenaron el país de autopistas innecesarias y de vías férreas de alta velocidad que han acabado con el tren convencional que vertebra el territorio. El resultado es un país feo, desestructurado, despoblado y contaminado. La violencia que en España sufrimos respecto a lo que nos rodea está relacionada con nuestra tolerancia a la corrupción y también con modos de vida insatisfactorios. Muchas de nuestras ciudades nos violentan y nos intranquilizan, nos producen desasosiego e infelicidad. No es lo mismo vivir en una ciudad cuyos gobernantes respetan la historia, el paisaje, la perspectiva, la cultura y la vida que en otra en la que sólo se respeta la rapiña, el coche y los negocios y en la que el ruido, la destrucción, la contaminación y la fealdad nos rodean desde que ponemos un pie en la calle, y aun dentro de casa.

El paisaje, lo que respiramos, oímos, el lugar por el que encaminamos nuestros pasos, el parque al que llevamos a nuestras hijas a jugar, lo que vemos por nuestras ventanas o cuando vamos en el coche, tiene la capacidad para hacernos más felices; para hacernos sentir integrados en un tiempo y en un espacio, para intensificar o debilitar nuestro sentido de pertenencia a un lugar o a una comunidad, y así no vernos o sentirnos como entes aislados sumergidos en un magma sin sentido. Supongo que a estas alturas al sistema le interesa mucho más lo segundo que lo primero. Pero siempre estamos a tiempo de revertir el horror y hacer nuestras vidas más vivibles. Recomiendo vivamente leer este libro porque es de esos que contribuyen a descubrir lo oculto.

Nació en Madrid y dedica lo más importante de su tiempo al activismo y a la investigación feminista.

Está en Podemos desde el principio y ha ocupado diversos cargos en el partido.

Ha sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fue diputada en la Asamblea de Madrid, después directora del Instituto de las mujeres y otra vez diputada.

Fue la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género.

Le gustan las lenguas muertas y por eso estudió Filología Semítica.

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