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Colombia y la encrucijada latinoamericana: una oportunidad para la socialdemocracia


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

Finalmente, y conforme las últimas previsiones electorales, Gustavo Petro se erigió como nuevo presidente de Colombia en la segunda vuelta electoral llevada a cabo en ese país sudamericano, el 19 de junio último. Por supuesto, varias conclusiones pueden extraerse de lo que ha pasado, es decir ya con la noticia escrita, pero -más importante aún- es la evaluación de los escenarios futuros.

Petro llega al poder luego de décadas de gobiernos neo-conservadores o ultras, que incluso incumplieron con los compromisos para avanzar en la erradicación definitiva del problema guerrillero con las FAR y otras fuerzas rebeldes, que en tiempos del presidente Juan Manuel Santos se habían logrado, a partir de un acuerdo básico de integración al sistema institucional concomitante con una amnistía general, a pesar de la oposición del líder derechista Álvaro Uribe, que siempre ejerció como un poder en las sombras. El pasado juvenil guerrillero de Petro, como ex integrante del “M-19” antisistema, en ese contexto y con los antecedentes ya operados en otros casos en Latinoamérica, fue naturalmente ignorado por el electorado.

En ese aspecto, otrora crítico, los casos de José Mugica en Uruguay y Dilma Rousseff en Brasil, ex guerrilleros que lideraron gobiernos de centro izquierda con absoluto respeto a las normas legales institucionales, son claros antecedentes que tranquilizan a los espíritus más suspicaces, por no citar el caso de Michelle Bachelet en Chile, que hizo otra tanto en su país sin rencores por el maltrato sufrido por su padre militar hasta su muerte bajo el gobierno pinochetista.

Petro es un hombre instruido, graduado universitario, economista con posgrados europeos en desarrollo y medio ambiente y con experiencia política, aunque sea un nuevo emergente, ya que fue por varios años senador y alcalde de la capital -Bogotá-, donde se ganó respeto como buen administrador. Y ha sabido dejar atrás ese pasado anti-sistema para incorporarse a las filas del progresismo democrático, muy cercano ideológicamente a lo que conocemos como “social-democracia”.

El antecedente más cercano, en cuanto a su posicionamiento ideológico actual y sus propuestas económico sociales dentro de las corrientes reformistas de los nuevos emergentes en la región, es del chileno Gabriel Boric, que también ha presentado un programa de cambios no tan radical, asegurando el respeto a las libertades y el mercado.

El análisis de lo sucedido, sin dejar de ser complejo, es más sencillo. Existe un marcado desprestigio de los partidos tradicionales en toda la región y más todavía en Colombia, luego de varios años de alternancia entre conservadores y liberales, que fueron siempre muy cercanos en sus propuestas y políticas fácticas. El único “gran salto” colombiano fue el del gobierno de Santos (2010-18), que se propuso -con relativo éxito- poner fin al problema guerrillero, un auténtico atavismo de los años 60 y 70 en las rebeliones antisistema que se registraron a lo largo de Latinoamérica, de las que hoy solo queda Cuba como reliquia de aquel pasado insurgente, sin negar por ello la subsistencia de otros focos de violencia o de trampas electorales, a la manera de las brasas luego del incendio.

Bajo ese desprestigio, debido en parte a los sucesivos fracasos para extender los beneficios del desarrollo a las masas populares, o bien la propia tardanza en concretar de un modo más visible y real el desarrollo económico y social, así como –por otro lado- el manto de corrupción que cubre a la vieja política latinoamericana, no es extraño el surgimiento y necesidad de nuevas figuras bajo nuevos rótulos, que no aparezcan emparentados con ese pasado de oprobios y fracasos.

El lado positivo, todavía hoy al menos, de este desencanto con la política tradicional en la región es que se mantiene la fe democrática, es decir la convicción de que es el pueblo el dueño del poder, quién se reserva la elección de sus líderes y representantes, a la vez que rechaza formas de violencia y terrorismo para conseguir objetivos de facción.

También, siguiendo con la descripción del haber en los procesos democráticos en Latinoamérica desde fines de siglo XX en adelante, encontramos otro rechazo extendido a toda alteración fundamental del régimen jurídico en lo económico, a la tentación de violar las leyes del mercado, de agredir al capital privado, y del otro lado, también a la nueva tendencia liberal antisistema y casi anarquista, que niega al Estado y su necesidad en calidad de árbitro entre ambiciones sectoriales contrapuestas. Hoy más que nunca brilla como luz guía aquel aforismo de Willy Brandt: “tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”.

Petro enfrentó en segunda vuelta al anciano Rodolfo Hernández, otra especie de “outsider” del sistema, en su calidad de empresario exitoso y crítico de la vieja corruptela de la política tradicional, que por su condición social económica visible recibió el inmediato apoyo de la derecha y de otros partidos tradicionales, lo que en definitiva le restó atractivo a esa imagen primigenia de un cambio frente a lo ya conocido. Por otro lado, Hernández no presentó un programa claro, no debatió, eludió definiciones, presentando solo ambigüedades, las que, así como pueden resultar a veces una oportunidad, en otras, frente a un adversario más preparado y con discurso inteligible, terminan desvaneciendo la imagen y su atractivo.

Con esta elección colombiana y el posible triunfo de Luis Ignacio Lula da Silva en Brasil este mismo año, el Sur de América así como parte de Centro América aparecen bajo el manto de gobiernos de centro izquierda, algunos con menor poder, otros con programas contradictorios e inciertos, otros con severos conflictos, los menos hasta ahora con resultados positivos visibles.

A la manera de Boric en Chile, Petro se propone como el cambio previsible, sin alterar el sistema económico, bajo un programa reformista que obviamente implica cambios en materia tributaria y en la orientación del gasto hacia lo social, amén de otros compromisos que afectan a la economía, como la preservación ambiental. Su propuesta de desarrollo es también desafiante y compleja: propone terminar con el modelo “extractivista” de explotación económica por otro que genere nuevos emprendimientos, más relacionados con la así llamada nueva economía.

Y aquí entonces sí el análisis presenta la necesidad de estudiar la los nuevos escenarios, los posibles caminos que pueda recorrer Colombia bajo este nuevo liderazgo.

LAS ALTERNATIVAS Y DESAFÍOS DEL FUTURO GOBIERNO

Entendemos que el punto de partida es descartar cualquier emparentamiento de Petro con el intento de cambio del sistema capitalista, de sus bases de mercado con respeto a la propiedad privada, circunstancia que debe diferenciarse de los discursos sobre el “sentido social” de la propiedad que también se encuentra en la doctrina católica, por ejemplo.

El reformismo propone de manera explícita las más de las veces, de modo tácito en otras, un cambio en la política tributaria para seguramente disponer un aumento del peso contributivo a los sectores de mayores ingresos y/o al sector de empresas. Los resultados allí no están escritos, a veces esas reformas no afectan en anda las decisiones de inversión y producción, tan solo un ajuste en los cálculos; otras -es cierto- asustan a los inversores, disuaden negativamente a los nuevos capitales. Allí nada puede predecirse, solo sabemos que el nuevo Presidente ha hecho lo posible por alejar esos fantasmas.

Del lado del gasto las cosas suelen presentarse menos complejas, aunque también existen grandes riesgos. Para la economía moderna la reorientación del gasto sin mayor presión impositiva es la base del éxito en una política que priorice lo social, mientras que entonces esa reorientación debería fundarse en los mayores recursos que provengan del crecimiento para no impactar en el déficit fiscal, es decir para ser consistentes con el equilibrio. Esa propuesta tiene gusto a poco para el paladar reformista latinoamericano, que sabe de los altos niveles de población en situación de pobreza y de las varias generaciones de espera de alguna mejora.

Entonces lo esperable es alguna mayor presión impositiva, que sin desalentar la actividad empresarial, contribuya a un sustento del aumento del gasto social. Nada nuevo como propuesta, nada fácil para el logro de buenos resultados, tan visibles como para apaciguar los ánimos de los más ansiosos, de los menos conformistas, de los grupos más radicales, que también son parte en definitiva del apoyo al nuevo régimen.

Una contribución a la paz social sería sin duda completar el proceso de acuerdos con los antiguos grupos guerrilleros, es decir de los pocos subsistentes, cumpliendo y ampliando los acuerdos y logrando una definitiva desmilitarización de la política extremista. Además un eventual acercamiento al régimen venezolano puede contribuir a pacificar la relación fronteriza y evitar el trasiego de las guerrillas en los bordes. Eventualmente también serviría ese diálogo que habrá de intentarse para dar una solución al constante flujo de población venezolana hacia Colombia, lo cual ya es una cuestión de abordaje más complejo porque compromete a casi toda la región.

El otro frente económico destacado que se ha puesto sobre la mesa en el programa de Petro es la finalización del modelo “extractivista”, unido al respeto al medio ambiente. En principio, es una cuestión común a los países latinoamericanos la vigencia de un sistema económico basado en la producción y exportación de bienes primarios, desde minería y petróleo (gas natural también) hasta productos agrícolas, es decir caracterizado por la extracción y explotación de recursos naturales.

La necesaria diversificación de la producción y de las fuentes de trabajo, no solo en servicios como el turismo, sino en sectores productivos, es un desafío de vieja data en América Latina, que tuvo su auge en la posguerra con la aparición del modelo de “sustitución de importaciones”, que, excepto en el caso brasileño que constituye un caso aparte, como en el mexicano a partir de su acuerdo regional con América del Norte, no ha tenido grandes resultados. Pequeñas industrias basadas en el proteccionismo y sin escalas de competencia, ni con la necesaria y permanente innovación tecnológica han dado como resultado un escaso impulso al desarrollo integral.

Por supuesto siempre se encuentran casos excepcionales de industrias que por ciertas características peculiares lograron buenos resultados, eficiencia y competitividad y se constituyen en ejemplos de casos exitosos. Pero como pantallazo general lo que se aprecia no es más que eso, ejemplos aislados.

No hay una respuesta única, cada país tiene sus propias ventajas y dificultades, su mayor o menor grado de acercamiento a los mercados internacionales. Por supuesto en todos los casos el fortalecimiento de la educación, comenzando por la extensión de sus alcances a toda la población, es un buen punto de partida común ya que elimina la imposibilidad de especialización, de lograr avances en nuevos procesos, de alcanzar un cambio cultural en lo laboral y productivo. No tenemos a este momento una idea precisa de lo que pueda intentar Colombia a partir de ahora.

Al mismo tiempo, es compleja la propuesta petrista de respetar el medio ambiente, que incluye el rechazo explícito al “fracking”, es decir a la extracción de nuevas reservas de combustibles de esquisto, proceso que seguramente altera el medio y requiere el uso de grandes cantidades de agua, un bien en sí mismo.

Y decimos que es compleja no sólo porque se debe enfrentar la natural vocación empresarial de trasladar los costos ambientales al resto, su oposición al ya consagrado “polluter pays principle”, costos que prefieren trasladar a la sociedad para que signifiquen un ahorro o mayor ganancia para el productor. Decimos de esa complejidad porque también la nueva actualidad mundial dada por la guerra en Europa ha resignificado el rol de las materias primas, entre ellas el petróleo y el gas, de sus derivados que llegan hasta los fertilizantes, así como los alimentos, productos ellos que son como decíamos la base de las economías del lado sur del continente americano.

La solución frente a este dilema entre buenos precios para las materias primas y el cambio del modelo extractivista en palabras es sencilla (“tacking is cheap”), se trata de aprovechar esos altos precios altos de esta etapa para con la plusvalía así obtenida financiar el desarrollo de nuevos emprendimientos. El problema no es la idea, que parece quizás hasta obvia, sino el “cómo”. Un camino es por supuesto la reforma tributaria que permita a los estados participar de ese plus de ganancias y eventualmente orientarlo a apoyar/subsidiar el desarrollo de nuevas actividades con alto potencial de empleo y desarrollo futuro.

Pero también encontramos la tentación de, una vez obtenidos los recursos, quedarse en el mero distribucionismo “populista”, es decir aprovechar ese plusvalor para repartir consumo, conformar a sectores populares en lo inmediato y no hacer nada hacia el futuro, desalentando incluso las propias producciones tradicionales que son todavía la base de la riqueza existente en Latinoamérica. Lamentablemente ésa es otra posibilidad, al menos es lo que se ha verificado recientemente en varios países de la región.

Manejar ese nuevo escenario mundial y tomar provecho de él, no en el sentido de la política oportunista que solo busca el logro del inmediato apoyo popular, sino por el contrario en la dirección del crecimiento sustentable, es la encrucijada que debe enfrentar no solo el nuevo gobierno de Colombia, pero ahora particularmente el de ese país también.

Y por último, y no menos, tratándose de Colombia, ni la solución del problema de la guerrilla, ni el logro de la paz fronteriza, ni el encuentro de la respuesta adecuada a la salida del modelo extractivista agotan los problemas. En efecto, la salida de la guerrilla de escena deja desnuda a la otra violencia, a la otra gran transgresión a la ley, al otro factor crítico de toda su historia reciente, al narcotráfico y la violencia concomitante. Y allí no hay respuestas rápidas ni mucho menos fáciles.

La derecha siempre ha propuesto “mano dura” y no ha tenido mayores éxitos. El desafío que ahora afrontan las izquierdas (seguramente hoy moderadas) y de manera más amplia podríamos decir, la social democracia como modelo de propuesta económica y social para América Latina, es el de superar lo que hasta ahora se ha sentido como su incapacidad para preservar el orden y velar por la seguridad ciudadana. Alguna vez Joan Prats explicaba que bajo el modelo social demócrata no se trata de no imponer el orden, sino de aplicar el menor grado de violencia necesario, entendiendo esa violencia como la legal que ejerce el estado que tiene el monopolio del poder de policía.

Un ejercicio débil de esa autoridad, de ese monopolio de la fuerza, en definitiva una actitud permisiva, es culpable de la falsa idea de que el progresismo no garantiza el orden, no pacifica, permite que haya otros poderes dentro del Estado que no son precisamente los institucionales. Y ahí sí que existe una cuestión sin respuestas ciertas desde la social democracia regional y que debe debatirse de manera ineludible.

Y este escenario más complejo y a su vez con menores propuestas alternativas, ya fueran de izquierdas o derechas, y el temor a que se sumen a la debilidad del estado los desvíos en materia de racionalidad económica, es lo que configura el polo opuesto a la esperanza progresista, el llamado riesgo de “africanización” de América Latina.

El futuro es siempre incierto pero Petro ahora en Colombia, como hace poco Boric en Chile y muy probablemente pronto Lula en Brasil, deberían constituir una sólida respuesta a ese temor, que al mismo tiempo alientan otros fracasos como el de Fernández en Argentina y posiblemente Castillo en Perú, por solo citar algunos.

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.

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