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Vigilar y castigar, ahora sí que sí


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Toda una serie de mundos distópicos nos han sido presentados con toda su crudeza y en muy diferentes tonos de dramatismo y hasta de humor. Películas como Interestellar, Matrix, Blade Runner, o No mires arriba (Don´t look up). Libros como El Castillo, El Proceso, 1984, El Señor de las moscas, Farenheit 451, El cuento de la criada, Los juegos del hambre, o Ensayo sobre la ceguera, entre otros muchos.

Cuanto más han ido avanzando las décadas los escenarios de esas distopías se han ido complicando y ofrecen menos salidas airosas, menos esperanzas, siempre bienintencionadas, pero cada día más escasas. Los últimos acontecimientos parecen alimentar esa sensación de lo irreparable hacia lo que nos encaminamos.

El ultraliberalismo rampante convirtió el último tercio del siglo XX en un tiempo de excesos para la construcción de las desigualdades entre países y dentro de cada país, la aceptación de la competencia como forma de vivir, la explotación de los recursos naturales hasta su agotamiento como único sistema económico, la globalización como horizonte deseable y necesario.

Siguiendo esas lógicas repetidas, machaconas, martilleantes, nos condujeron a creer que sería posible terraformar Marte, en lugar de intentar salvar la vida en el planeta, que sería posible vivir en metaversos, alcanzar la inmortalidad transfiriendo nuestro cerebros a una nube, convertirnos en robots compuestos por componentes humanos y otros artificiales, a base de ingeniería genética, inteligencia artificial, o nanotecnología.

Pero de pronto todo pareció torcerse. El mundo global que nos habían diseñado como si fueran aprendices de brujo, causaba sensación, pero se desplomó en 2008, con la crisis de Lehman Brothers que había contaminado con sus hipotecas basura, sus inversiones especulativas, todo el sistema financiero mundial.

El sistema financiero arrastró la producción, el empleo, la estabilidad social y hasta puso en riesgo el entramado político mundial, desencadenando revoluciones de colores, primaveras árabes y movimientos asamblearios juveniles en las plazas de numerosos países. Eso que aquí conocimos como 15-M.

De pronto el derroche que habíamos vivido se topó de bruces con los límites de un mundo inviable y descontrolado que amenazaba con llenar de precariedad nuestras vidas y nuestros empleos a lo largo de todo el planeta, dejándonos sin futuro.

Nada volvió a ser lo mismo, aunque muchos creyeron que sería posible mantener el ritmo festivo durante toda la vida. Descubrimos de golpe que muchos miles de millones de personas querían vivir como esos mil millones que habitamos en los países más desarrollados, aunque evidentemente ese gasto en extracción de materiales y emisiones contaminantes es insoportable para nuestra supervivencia sobre la Tierra.

Fueron los niños los que, con sus Fridays for future, pusieron imagen a esas miles de voces de expertos, científicos y activistas del medio ambiente a los que nadie queríamos escuchar. Esas manifestaciones jóvenes pusieron en cuestión la labor de los gobiernos, de las Naciones Unidas, de las fundaciones sociales, de los departamentos empresariales de responsabilidad social corporativa y los llamados departamentos de sostenibilidad, que terminan por cumplir objetivos de imagen, publicidad y propaganda al servicio del negocio.

Fue la pandemia la que nos ha demostrado que nada hay de bueno en ese continuo, insaciable y enmarañado ir y venir de animales, productos y personas a lo largo de todo el planeta. Y que la ciencia tiene sus límites y no ofrece soluciones para todos los desastres que generamos.

No han faltado filósofos, como Michel Foucault, que nos alertaron sobre el vicio, la fea costumbre, la práctica cada vez más extendida entre los poderosos de vigilar y castigar, convirtiendo las instituciones, desde la justicia, a los hospitales, desde las escuelas a las residencias de mayores, o las cárceles, en instrumentos principalmente útiles para combatir las desviaciones de la “normalidad” e imponer lo que debe considerarse bueno y malo.

Lo podemos ver cada día al abordar cualquier aspecto de nuestras vidas. Abundan cada día más los golpes contra los intentos de preservar espacios de libertad personal, libre opinión y pensamiento crítico.

Por ejemplo, me he puesto todas las vacunas que me han ofrecido, pero no dejo de darle vueltas al hecho de que tal vez hemos sido cobayas en procesos de investigación acelerados que han impulsado los negocios de grandes farmacéuticas, mientras que, a estas alturas de la pandemia, los porcentajes de vacunación siguen siendo tremendamente bajos en algunos países.

Tampoco puede nadie preguntar libremente, sin ser considerado sospechoso de ser pro-ruso, cómo las fronteras marítimas del Mediterráneo y las de Polonia, o Hungría, permanecían cerradas a cal y canto hace poco más de un cuatrimestre, a los iraquíes, sudaneses, sirios, o afganos, que huían de las guerras, mientras ahora las abrimos de par en par a los ucranianos que huyen de otra guerra, cuando toda guerra es odiosa.

No va a ser fácil salir airosos de este desastre desencadenado. El tribalismo, los nacionalismos, o el sectarismo se están convirtiendo en poderosas herramientas de vigilancia y control de las vidas de las personas, con instrumentos cada vez más potentes para conocer nuestros movimientos, nuestras ideas y predecir nuestros comportamientos futuros.

De nuevo es necesario elegir entre socialismo o barbarie, entre libertad o brutalidad, entre democracia o dictadura, entre organizaciones que en su interior generan creación y libertad o que, por el contrario, se convierten en pequeñas estructuras autoritarias que reproducen la persecución, la vigilancia, el control y el castigo en todos los ámbitos de sociedades cada vez más indeseables, pero cada día más posibles y reales.

Maestro en la Educación de Adultos, escritor y articulista en diferentes medios de comunicación. Fue Secretario General de CCOO de Madrid entre los años 2000 y 2013, años duros de corrupción y miseria política antisindical. Durante los cuatro años siguientes fue Secretario de Formación de la Confederación Sindical de CCOO.

Patrono de las Fundaciones Ateneo 1º de Mayo y de la Abogados de Atocha. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de nos Nadie, o Cuentos en la Tierra de los Nadie. Ha sido ganador de más de veinte premios de poesía y cuento, en diferentes lugares de España y América Latina.

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