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¿A quien le dan miedo nuestras tetas?


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

No vi el famoso festival ni me importaba nada. Me temo que soy de otra generación. Pero me enteré, claro, de lo que sucedió y debatí con amigas por culpa de esa mirada generacional diferente. Mis amigas de mi edad miraban con cierto desdén la canción de la teta. Algunas estaban indignadas, incluso. Esa brecha es insalvable, no motivo de guerra, desde luego, pero sí de cierta incomprensión. “Ahora resulta que tener el caldo en la nevera es revolucionario”, decía una. “Con lo que hemos luchado para poder decir: el caldo te lo haces tú”. Y lo de “mamá”, me temo que tampoco fue bien comprendido: “cursilada”, es lo menos que escuché anoche en mi franja de edad (aunque estoy generalizando, claro) Una intenta comprender y escuchar pero la mirada de cada una está condicionada por las experiencias vividas, por lo hablado, leído, aprendido, y una parte de todo eso depende, también, de la edad; aunque no sólo y sin renunciar a la apertura.

En todo caso, escuché la canción y entiendo lo que dicen de la potencialidad feminista, sí. Claro, es cierto que las tetas no dan miedo, como bien dice otra amiga mía. “¡Si todo son tetas!”. Claro, pero pornificadas. Tetas que no son nuestras, son de ellos y su mirada. Esas, efectivamente, no dan nada de miedo. Tetas jóvenes y turgentes en todas partes, en el porno, en la publicidad, en la pintura, en las fotos; todo está lleno de tetas. Tetas todas iguales, pero tetas por doquier. Así que sí, no dan miedo. Lo que da miedo son las tetas que no pueden ser inmediatamente pornificadas, las que podemos imponer nosotras: tetas viejas, tetas caídas, tetas casi planas, gordas y flacas, con el pezón torcido, con los pezones oscuros o claros, tetas impares por cirugías y tetas lactantes; todas ellas tetas nuestras y reales. Es evidente que estas sí dan miedo o, de lo contrario, no estarían vetadas en las redes sociales. En un mundo lleno de tetas resulta que, en las redes, se nos censuran. Por tanto, sí, pasan cosas con nuestras tetas cuando las manejamos nosotras. Dan miedo cuando no las controlan. De hecho, controlarlas es una manera de conjurar el miedo. Y tetas sexys, claro que sí, pero ya decidimos nosotras las que nos gustan, gracias.

¿Pasan cosas con nuestra menstruación? Pues también. Ya podemos decir “tengo la regla” y no ese “estoy mala” que decíamos cuando yo era joven. Pero lo cierto es que el líquido con el que se anuncian las compresas sigue siendo azul. La distancia entre la regla y la sangre sigue siendo oceánica: que sangramos una vez al mes, que no es asqueroso, sino completamente normal; que es nuestra sangre y que convivimos con ella una gran parte de nuestra vida; que estamos atentas a esa sangre que nos dice muchas cosas de nuestro cuerpo y de nuestra salud; que cuando desaparece, a veces, la echamos de menos; que sangrando se puede hacer todo, desde sexo a escalar el Himalaya y, sobre todo, que esas somos nosotras, las que sangramos una vez al mes. Y luego está el caldo, ay, el caldo. A mi me parece que la canción es un grito de rebeldía, no tanto de cuidado obligatorio. “Paremos la ciudad”, canta Bandini. ¿Quién sino las rebeldes pueden salir a parar la ciudad? De rebelión y de reconocimiento. Por todos los caldos que nos hemos visto obligadas a hacer y que han sido como no hacer nada, por los caldos ignorados y no reconocidos, paremos la ciudad.

De Tanxugueiras qué decir. Mujeres potentes, cantando en gallego. Lo intentó Serrat con el La, la, la en catalán, canción que no reivindica nada (si acaso a la mañana que vio mi juventud) y no pudo ser; no iban a ser estas mujeres alejadas del estereotipo sexualizado que tanto gusta a los jurados de todo tipo. Ya sabemos que Franco sigue por aquí, aunque nos hayamos librado de su tumba. En definitiva, que no sé quién se pudo asombrar del resultado. Es el negocio, es el patriarcado, es el miedo, son las resistencias invisibles pero que siguen ahí. Y no tengo nada en contra de la ganadora, pero sí de su canción, letra machista donde las haya. No es que me escandalice tampoco, que a estas alturas me escandalizo por pocas cosas. Nada contra Chanel, pero su canción, es evidente, molesta mucho menos que las otras dos. Como mucho, molestará a unas cuantas feministas amargadas, hasta el moño ya del mismo rollo: la chica que le saca dinero a su daddy y encuentra que eso es divertido y así lo proclama a los cuatro vientos. ¿Qué iba a elegir el jurado? ¿Estamos locos? Les temblaron las piernas.

En fin, pues después de todo busqué el cuadro de Delacroix porque no recordaba si la libertad que guía al pueblo llevaba una teta fuera o las dos, qué cabeza. Y al volverlo a ver, más que las tetas lo que vi es que “el pueblo” son todo hombres, incluso alguno con chistera. No hay una sola mujer en ese pueblo a la que Libertad guie. Estarán haciendo caldos o sangrando. Ay libertad, coge ya una bandera morada y guíanos al pueblo femenino a donde sea, pero a otro sitio, y lejano , que este está necesitando un cambio. Un cambio que este jurado no ha querido darle.

Nació en Madrid y dedica lo más importante de su tiempo al activismo y a la investigación feminista.

Está en Podemos desde el principio y ha ocupado diversos cargos en el partido.

Ha sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fue diputada en la Asamblea de Madrid, después directora del Instituto de las mujeres y otra vez diputada.

Fue la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género.

Le gustan las lenguas muertas y por eso estudió Filología Semítica.

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