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La Barcelona parque temático para turistas, un gran negocio político y empresarial (III)


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

3. De la reinvención del pasado a la explotación comercial del fraude

La explotación de la Barcelona reconstruida como potente negocio turístico comenzó en fecha muy temprana del siglo XX: el 1 de abril de 1908 se fundó la Sociedad de Atracción de Forasteros (SAF). La junta directiva de la SAF estaba presidida por el alcalde Sanllehy, y en ella figuraban dirigentes de la Lliga Regionalista de tanto relieve público y político como Puig i Cadafalch, Duran i Ventosa, Prat de la Riba y Francesc Cambó. De hecho, la idea de crear esta sociedad de promoción turística surgió desde la Lliga, que en 1907 había impulsado la creación en el ayuntamiento de la Comisión de Atracción de Forasteros y Turistas (CAFT).

El propósito de tales iniciativas era, según sus impulsores, dotar a la ciudad de una imagen de marca identificable, que atrajera a turistas extranjeros de alto poder adquisitivo, para lo cual desarrollaron toda una línea de publicaciones, entre las que destacó la revista Barcelona Atracción. Como explica el profesor Agustín Cócola en su ya citado artículo, el contenido de esas publicaciones “no sólo reflejaba los deseos de la burguesía local de situar a la ciudad entre las principales capitales mediterráneas, sino que enumeraban directamente lo que le faltaba, o incluso lo que le sobraba, para conseguirlo”.

La relación entre turismo y monumentos se había iniciado en el siglo XVIII, cuando ingleses, franceses y alemanes se abalanzaron sobre el sur de Europa a la búsqueda de la monumentalidad de las ruinas clásicas y del exotismo de países europeos supuestamente a medio civilizar, caso de Italia o España. Nació así el tour turístico elitista, cuyo producto más significado, aunque no el único, fue el “turismo cultural”, generador de una potente industria a lo largo del siglo XIX y primeros años del XX. El turismo cultural burgués dio lugar a una mirada supremacista y a menudo desdeñosa sobre países, ciudades, paisajes y monumentos, tal como se describe en una novela tan divertida como socialmente crítica cual es Una habitación con vistas, de E. M. Forster, publicada asimismo en 1908, donde se narra deliciosamente el “grand tour” de un grupo de acomodados ingleses victorianos por una Florencia aún casi inédita para el turismo.

Será tras la Segunda Guerra Mundial cuando se inicie el turismo de masas como práctica democratizada del hecho turístico. Lo comenzaron los ex combatientes norteamericanos en los años de la postguerra, regresando solos, con sus camaradas o con sus familias a los escenarios de las batallas en suelo europeo en las que participaran unos años antes: Italia, París, las costas de Normandía… Abierta la vía, ese tipo de turismo atrajo rápidamente a muchos jóvenes, en busca de sol y playa, desde luego, pero sobre todo a la caza de experiencias y sensaciones nuevas, que en los años cincuenta y sesenta se dedicaron al nomadeo por la Europa cálida y mediterránea. Su arquetipo literario más logrado es Tom Ripley, el buscavidas protagonista de las novelas de Patricia Higsmith, que viaja desde Nueva York a Capri y a la Costa Amalfitana para vagabundear y vivir del cuento a costa de otros jóvenes, compatriotas adinerados a los que seducir y timar, y eventualmente, suplantar.

Con todo, el prestigio ꟷo la excusaꟷ de la visita cultural sobrevivió a la masificación turística. De hecho, poseer un centro histórico monumental fue desde principios del siglo XX una condición inexcusable para las ciudades que querían convertirse en destino turístico, como hemos visto. A mediados del siglo, películas tan populares en su tiempo como Vacaciones en Roma muestran un verdadero catálogo de bellezas en cuanto a patrimonio arquitectónico y paisaje urbano. Y si una ciudad o un país no disponía de ese catálogo en piedra o este se hallaba en ruinas, debía ponerse a fabricarlo si quería atraer visitantes.

El objetivo de tanto desvelo era, naturalmente, económico. Una de las primeras publicaciones de la SAF se tituló Barcelona Cosmopolita, y en ella se decían cosas tan interesantes como: “Si la industria turística aumenta “el riego monetario de la población (…), basta que una localidad se distinga simplemente para que pueda optar al ejercicio de ella”. “Distinguirse una ciudad” significaba, evidentemente, hacerla destacar sobre el resto de ciudades con las que disputaba en atracción turística, como modo de lograr abundantes ingresos a través del turismo. Lo que se buscaba, en definitiva, era rentabilizar el patrimonio urbano en beneficio de las élites locales.

Nació así la promoción turística de la ciudad, que, en palabras del profesor Agustín Cócola, consistía (y consiste) en “la construcción de un imaginario capaz de captar la atención del visitante”, aunque en realidad “escondía la realidad social de la mayoría de la población”. Pero más allá de la propaganda, dotar a la ciudad de prestigio histórico-arquitectónico requería hacer que a los turistas les entraran por los ojos unas imágenes de estética urbana y monumental que no pudieran encontrar en otro lugar. Es así como la ciudad se entregó a un frenesí restaurador (re-constructor, en realidad), que llevará a la edificación en su centro de ese verdadero parque temático medieval que hoy conocemos como Barri Gòtic de Barcelona.

El concepto de ventaja competitiva, que preside las acciones descritas, es desde luego, eminentemente burgués, y tiene que ver con la comercialización de productos en competencia directa con los de otros fabricantes. Competencia con otras ciudades, en este caso, incluidas las del entorno en el propio país. De ahí nace la obsesión por reorganizar y presentar la historia monumental de Barcelona de modo que se creara una imagen de marca, propia de la ciudad y única en relación con las otras ciudades con las que compite. “Posicionar la marca” Barcelona en el mercado turístico era ya una inquietud de la burguesía local a principios del siglo XX. En relación a Barcelona, en 1929 ya se decía desde instancias oficiales: “Introducimos en el mercado internacional esta nueva marca de turismo (...), y no lo dudéis: si la nueva marca está bien elaborada(...) y bien lanzada públicamente, el producto se venderá solo y el negocio será seguro”.

Agustín Cócola llama “parques historizados” a conjuntos arquitectónicos como el Barri Gòtic de Barcelona, levantados “con el fin de explotar la fascinación por lo antiguo”. En ellos “la historia se simplifica, se estereotipa y se lanza al mercado como un pack sugestivo y fácil de consumir. En otros casos, al poder reproducir edificios completos cuyos originales han perdido alguna de sus partes, los parques temáticos se otorgan más autenticidad que la propia historia”. Así, dice Cócola, “la representación de la casa en la que nació Shakespeare es considerada más auténtica que la original, ya que la nueva reconstrucción es una fiel comparación con la de su estado primitivo en el siglo XVI”. Por mor del negocio turístico, el fraude deviene en substituto aceptado de la realidad. El turista de masas, por ejemplo, no suele sentirse robado cuando le explicas que, desde hace un siglo, las obras de la Sagrada Familia no tienen nada que ver con el proyecto original de Gaudí, o que el famoso balcón gótico de la calle Obispo Irurita aún no ha cumplido sus primeros cien años de existencia; nada de eso va a amargarle el selfie.

Cócola señala dónde reside el origen del fraude y a quién beneficia:

“Desde la industria turística se sostiene que “si la autenticidad es el exacto reflejo del pasado mediante su arquitectura, entonces una hábil reconstrucción puede ser más auténtica que unos restos esparcidos”. Lo que demuestran estas afirmaciones es que para el mercado turístico un edificio será más auténtico cuanto mayor sea su apariencia de antigüedad, independientemente de que la antigüedad sea una recreación. Esto es así porque se entiende que cuanto más histórico parezca el producto, éste será más consumido”.

Y remata:

“Por lo tanto, esta deducción conlleva que debe ser el consumidor quien determine lo que es o no auténtico. O mejor dicho, el consumidor autentifica el recurso, y por lo tanto, si el producto se consume es auténtico”.

Hace unos años, una persona de mi entorno familiar me refirió con satisfacción como otros familiares habían visitado las Pirámides de Egipto durante el verano… sin salir de España: “en Terra Mítica”, me aclaró, refiriéndose al parque temático que funcionó en Valencia durante un tiempo y que ya no existe. Para mi interlocutora pues, la reproducción de las Pirámides instalada en el parque valenciano era tan significante como el monumento real ¿Para qué viajar a Egipto, entonces? Como dice Agustín Cócola, es el consumidor, en este caso el turista de masas, quien certifica y legaliza el fraude.

El mercado otorga así carta de naturaleza plena a la falsificación, que substituye la realidad por una ficción cómoda y asequible. Para Cócola “los defensores de la comercialización del pasado recreado sostienen también que “el parque temático puede aportar una experiencia histórica más real que el propio sitio histórico, y en este sentido lo ha reemplazado”. Es la ética del mercado, que esconde que si no se nos advierte, como consumidores presuponemos que la historia que se nos exhibe es la verdadera, y no una fantasía tipificada”.

Como consecuencia, toda la ciudad es ficcionalizada y puesta al servicio de ese discurso banalizador y ventajista, pero enormemente rentable en términos económicos. En paralelo, se ha ido desplegando un repertorio interminable de servicios comerciales que substituyen los comercios tradicionales por cadenas y franquicias que ofrecen al turista (y al residente), entre otras prestaciones, comida rápida y barata, ropa de baja calidad y souvenirs que solo cabe categorizar como basura. Durante años, por ejemplo, las tiendas de recuerdos del centro de Barcelona vendieron como “typicals” locales grandes sombreros mexicanos, que los turistas adquirían y lucían con satisfacción en sus paseos por la ciudad, hasta que una intensa campaña en la prensa barcelonesa obligó a retirarlos de las tiendas de souvenirs.

La huella que deja el turismo de masas no es solo económica, social y cultural. Un artículo de El País del 20 de diciembre de 2018 señalaba que “Cada turista contamina al día en Barcelona el equivalente a conducir 410 kilómetros”, y también que los turistas llegan a duplicar la media de emisiones que genera un residente en la ciudad. El modelo turístico barcelonés es, por tanto, insostenible también desde el punto de vista medioambiental y en general, de los intereses colectivos, más allá del indudable beneficio económico que representa para quienes se lucran con él.

La pandemia de COVID-19 y el derrumbe que ha provocado en la actividad del turismo de masas representa, acaso, la última oportunidad de cambiar el modelo vigente y evitar que, una vez pase la crisis sanitaria y se reactive el mercado turístico, la ciudad de Barcelona continúe siendo un Disneyland historicista fraudulento para turistas poco exigentes.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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