HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

Las subjetividades políticas y la tozudez de los hechos


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

Una de las cuestiones más debatidas entre los expertos en análisis sociales son las inconsistencias que a veces se dan entre las situaciones objetivas y las percepciones personales o grupales de dichas situaciones. Tales inconsistencias, con sus correspondientes tensiones de ajuste y reajuste, han sido recogidas en el lenguaje popular a veces con lecturas encontradas en refranes populares en los que, por un lado, se puede sostener que “nada es verdad ni mentira, sino que todo depende del color del cristal con el que se mira”. Y en una dirección diferente con el adagio de “que al final los hechos son tozudos”.

Teorías sobre las disonancias

En las ciencias sociales la temática de las inconsistencias entre hechos y percepciones ha alumbrado varias teorías e interpretaciones relevantes. Posiblemente la que ha tenido más aplicaciones prácticas ha sido la de “la falsa conciencia”, con la que se ha intentado explicar el hecho indubitado de que en ocasiones determinadas personas, familias y sectores sociales, pese a estar viviendo en situaciones objetivas de clase (dependientes, depauperados, con ingresos escasos, en malas condiciones residenciales, sufriendo largas jornadas laborales, en ocasiones en lugares insalubres, etc.) no desarrollan una “conciencia de clase” acorde con sus vivencias objetivas, sino una conciencia (de “clase media”, por ejemplo) que oscurece sus percepciones e impide alineamientos y comportamientos concordantes con su posición de “clase objetiva”. Interpretación que han sostenido los adalides de determinadas teorías sobre la lucha de clase, acentuando la importancia y alcance de los estados perceptivos y de conciencia social propia.

En una perspectiva similar se sitúan las explicaciones de aquellos que interpretan determinados factores adormecedores o neutralizadores de las capacidades para tomar conciencia social de ciertas vivencias, como ocurre con las religiones que predican y enaltecen las actitudes de la “resignación”, la “sumisión a los poderes establecidos”, la “obediencia” a las jerarquías, etc. Lo que ha llevado a que algunos teóricos se hayan referido a estas religiones como una especie de “opio del pueblo (llano)”, que al igual que las drogas y analgésicos ayudan a soportar vivencias críticas y especialmente penosas.

Desde otro punto de vista, no hay que olvidar enfoques como los de Karl Mannheim, que en su obra Ideología y Utopía analizó la manera en la que determinadas concepciones sobre la realidad social y/o política pueden estar tan alejadas de los hechos objetivos que al final acaban convirtiéndose en meras “ideologías” –en un sentido peyorativo–. Es decir, en construcciones desencarnadas de la realidad, que llevan a sus postuladores a la ineficacia práctica y en ocasiones a una completa incapacidad para impulsar reformas necesarias y (o acciones políticas concretas, debido a su carencia de encarnadura real. Quienes hemos pasado muchos años de nuestras vidas comprometidos en organizaciones políticas reformistas entendemos perfectamente el sentido –y el fondo– de interpretaciones como las de Mannheim y su específica noción de “ideología” (con comillas).

En este repaso sucinto de las interpretaciones sobre las vivencias desajustadas de las realidades, no hay que olvidar lo que sociólogos como Robert Merton recordaron sobre la capacidad que tienen las “falsas percepciones de la realidad” para producir efectos concretos, cuando una gran parte de la opinión pública llega a tomar fenómenos objetivamente inciertos como realidades y/o datos veraces. El ejemplo que ponía Merton de esta ley social, que calificó como “efecto Thomas”, es el de un Banco que objetivamente puede ser una entidad totalmente solvente, con reservas monetarias adecuadas y exigencias perfectamente cumplidas; pero bastará que cunda una impresión de inseguridad (subjetiva) para que sus clientes acudan en masa a retirar sus ahorros y depósitos, de forma que esa entidad “objetivamente solvente ad initio”, se verá imposibilitada –lógicamente- para frenar el miedo (subjetivo) de sus clientes y para atender sus demandas de dinero, acabando (objetivamente) abocada a la bancarrota. El efecto Thomas fue definido por Merton en los siguientes términos: “Basta que un hecho incierto (inicialmente) sea creído como cierto por muchas personas, para que produzca los mismos efectos que si fuera cierto”.

La situación económica de España

Todas estas consideraciones vienen a cuento de una curiosa inconsistencia objetiva-subjetiva que está produciéndose en estos momentos en España de una forma tan clara y extrema que bien pudiera utilizarse como un ejemplo paradigmático de manual. Me refiero a las apreciaciones sobre la actual situación económica. En este sentido, cuando en los barómetros mensuales del CIS se pregunta a los españoles cómo valoran su actual situación económica, las respuestas indican percepciones bastantes positivas, hasta el punto que en el barómetro de diciembre, con una muestra de 3.733 entrevistas, nada menos que el 65,7% de los españoles afirman que su situación económica en estos momentos es buena o muy buena. Es decir, prácticamente dos tercios de la población tienen estas percepción (vid. gráficos 1 y 2).

Los españoles que consideran que su situación económica es “buena” han ido creciendo a lo largo de los dos últimos años, aún en condiciones tan críticas como las de la pandemia, habiendo pasado de ser el 34% en enero de 2020 al 61,5% en diciembre de 2021. Casi el doble.

Pero lo curioso es que cuando a esos mismos encuestados se les pregunta sobre la situación económica de España, los que la califican como buena o muy buena descienden a solo el 22,9%. Obviamente se trata de algo imposible, ya que si dos tercios de los españoles tienen una situación económica que ellos mismos califican como buena o muy buena, es imposible que

España –¡que son ellos mismos!– tenga una situación mala o muy mala. ¿En qué España extraña están pensando todos esos que afirman que a ellos les va bien, pero a esa España “simbólica” le va mal o muy mal?

Aunque es cierto que los que sostienen que la situación económica de España es buena han aumentado notablemente desde el 6,2% de enero de 2020, hasta el 22,1% de diciembre de 2021 (vid. gráfico 2), al tiempo que aquellos que sostienen que la economía va muy mal han bajado desde parámetros superiores al 45% en febrero y marzo de este año a solo el 18,9% en diciembre, no puede negarse que la inconsistencia de percepciones es muy notable.

En este caso, además, no estamos solo ante una inconsistencia entre hechos y realidades, sino ante una inconsistencia entre dos planos perceptivos: el propio (tu situación económica personal) y el del entorno (la España de la que tú formas parte). Por lo que estamos también ante un conflicto de subjetividades. Algo que algunos suelen aprovechar para recordarnos la tendencia histórica de los españoles hacia un pesimismo secular. En este caso se trata de un pesimismo perceptivo situado más a pie de calle (la situación económica) que el de aquellos que lanzaron los célebres lamentos del “me duele España” y similares; que no fueron solo patrimonio de la generación del 98.

En cualquier caso, nos encontramos ante una cuestión de indudable interés analítico, que no puede comprenderse al margen de ciertos discursos y comportamientos estratégicos impulsados por núcleos políticos y de comunicación muy concretos, empeñados en obtener rendimientos inmediatos en términos de poder y representación. Cuestiones estas en las que no voy a entrar en esta ocasión, ni siquiera para aventurar cómo tales subjetividades negativas – sin sustento en los hechos objetivos– pueden acabar traduciéndose y produciendo efectos en el plano político.

 

Fuente: CIS, Barómetros mensuales

PREGUNTA: ¿Cómo calificaría Ud. su situación económica personal en la actualidad: muy buena, buena, mala o muy mala?

 

Las variables de las subjetividades

Al margen de los factores políticos generadores de pesimismos históricos, los datos de las encuestas del CIS proporcionan bastantes informaciones empíricas que nos permiten entender mejor cómo surgen –y por qué– disociaciones perceptivas como las que aquí es- tamos refiriendo.

En lo concerniente a las variables más objetivables, los datos indican que el pesimismo económico perceptivo es menor en las grandes ciudades que en la España rural y en las ciudades de tamaño intermedio. También es menor entre los mayores de 55 años y, a la vez, entre los menores de 25 años, estando menos enfatizado entre los hombres que entre las mujeres.

Desde una perspectiva territorial, el grado de op- timismo versus pesimismo se conecta con el mayor o menor grado de prosperidad económica y desarrollo alcanzado en unas y otras Comunidades Autónomas. Así, hay más pesimismo en determinadas Comunidades del norte-noroeste y algunas menos pobladas, en tanto que en Madrid, por ejemplo, existen valoraciones menos pesimistas. Lo que verosímilmente se relaciona con variables de renta y clima. Aunque esto es muy matizable y requeriría muestras más amplias en cada territorio para poder verificar tales impresiones con suficiente rigor.

En cambio, más clara parece la influencia de la ocupación, siendo mayores las percepciones pesimistas –tanto sobre la situación económica de España, como sobre su situación económica personal- entre los parados, los agricultores, los trabajadores domésticos y determinados sectores de los trabajadores manuales; lo que da lugar a que los que se identifican como “clase media baja” o como “clase baja” y/o “pobres” sean en su conjunto los que en menor grado consideren que la situación económica de España sea buena o muy buena. Algo que se conecta con percepciones más negativas de su propia situación económica personal. Percepciones en las que coinciden igualmente los españoles que tienen menos formación, junto a una parte de los que han cursado estudios superiores; aunque entre estos se registra una mayor contradicción entre la valoración positiva de su situación económica y la de España (un 77,4% valora su situación como buena o muy buena, respecto a un 65,6% en la media). Todo lo cual denota una influencia de las posiciones de estatus y de clase en la delimitación de las divergencias valorativas a las que aquí nos estamos refiriendo.

 

Fuente: CIS, Barómetros mensuales

PREGUNTA: Refiriéndonos a la situación económica general de España actualmente, ¿cómo la calificaría Ud.: muy buena, buena, mala o muy mala?

 

En cualquier caso, las principales va- riables que influyen en esta paradoja perceptiva son las de carácter ideológico- político. Así, entre los votantes del PSOE los que valoran la situación económica de España como buena o muy buena llegan al 35,7% (y al 34,3% entre los votantes de Podemos), aunque aún así son mayoría –aunque menor– los negativistas (47,2% en el caso del PSOE y 53,5% en el de Podemos, respecto al 64,6% de la media). A su vez, entre los votantes del PP los que valoran la situación de España como buena o muy buena se quedan solo en un 11%, a corta distancia de los de Vox (11,6%).

Igual ocurre con las percepciones de quienes tienen diferentes autoubicaciones en una escala de posiciones ideológicas, de forma que cuanto más a la izquierda se sitúa una persona, mejores son sus apreciaciones sobre la situación actual de España y sobre su propia situación económica personal, ocurriendo exactamente lo contrario con las percepciones de los encuestados que se sitúan en los espacios ideológico-políticos más a la derecha. Lo mismo se constata en lo concerniente a las ideas y creencias religiosas, hasta el punto que aquellos que expresan opiniones más negativas sobre la situación económica de España son, precisamente, los que se consideran católicos practicantes (solo un 17,1% de estos estiman que es buena o muy buena), en tanto que la proporción de los que tienen apreciaciones negativas sobre la situación económica de España ascienden al 68,6% (respecto al 64,6% en la media). Cifra que se reduce al 59% entre los que se consideran ateos, agnósticos e indiferentes. Al tiempo que entre estos la situación económica de España se estima como buena o muy buena por el 29,1%, en comparación con solo el 17,1% entre los católicos practicantes.

¿Alguien puede negar, pues, que nos encontramos ante un fenómeno singular de diacronías perceptivas con claras raíces e influencias de carácter ideológico-político? Buen tema para un libro o para una tesis doctoral, gracias –también en este caso– a la abundante y rigurosa información sociológica que proporcionan los datos y las series del CIS.

Por lo demás, habría que preguntarse si ¿se llegará a verificar en este caso si es verdad que “al final los hechos son tozudos”? ¿Acabarán haciendo notar su impronta? ¿Cuándo y cómo?

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider