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Traedme la cabeza de Alberto Garzón


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuando habla un ministro cualquiera, es evidente que por su boca debe oírse al conjunto del Gobierno. Pero cuando un ministro va de francotirador y además le gusta salir en los medios más que el comer con los dedos, sus razones, que pueden ser muchas y acertadas, suelen resultar notablemente perjudicadas. Y si además ese ministro habla sin ningún respaldo, sin tener tras de sí al menos una iniciativa legislativa gubernamental ꟷya no digo una ley en marchaꟷ que avale y de solidez a sus palabras, lo que está haciendo es convertir en humo fútil aquello de lo que habla, abrasarse él políticamente y dañar la credibilidad del Gobierno al que pertenece.

Alberto Garzón es un político profesional bienintencionado, al que como a su tío, el antaño juez estrella Baltasar Garzón, le pierde esa gana continua de salir en la tele. Es curiosa la perra que tienen con la tele muchos antiguos comunistas. Este Garzón suele tener buenas ideas, pero como solo las comparte con los telediarios en vez de proponerlas en los Consejos de Ministros en forma de leyes, lo único que consigue es facilitar munición al enemigo. Y el enemigo es muy poderoso, miente como respira, y además tiene aliados que dicen ser de izquierdas y se dedican a sabotear la acción del Gobierno de coalición desde las áreas de poder regional que controlan.

Tiene toda la razón el ministro Garzón cuando ataca a las macrogranjas que están arruinando la ganadería familiar española y suministran carne de calidad basura. Es una verdad evidente, como lo es que esa industria está destruyendo físicamente España: el 70% de los acuíferos subterráneos existentes en Catalunya están contaminados por purines (el porcentaje se ha doblado en menos de una década) y otros restos de esa procedencia, y el 30% de la superficie de Aragón está asimismo podrida por idénticos desechos procedentes de macrogranjas industriales. Por cierto, Aragón es la región española con mayor superficie territorial contaminada por purines y la cuarta por emisiones de gases relacionados con la ganadería, a pesar de lo cual su presidente, Javier Lambán, ha tenido el atrevimiento de declarar que en Aragón no existen macrogranjas, "salvo contadísimas excepciones que vienen de tiempos pasados” (sic). Él sabrá por qué miente de un modo tan bruto.

Todo esto no es nuevo ni de ayer. Hace unos trece o catorce años, visité un día a un conocido en la parada que acababa de abrir en el mercado de la Boquería de Barcelona. Charlábamos sobre las excelencias de la ternera de Girona en comparación con las carnes gallegas, etc,; en un momento dado, mi interlocutor se echó a reír mientras se volvía hacia el que al parecer era el propietario de una parada de carnicería situada enfrente. “Dile a este señor de dónde viene la carne que se vende aquí”, le pidió mi amigo. El carnicero contestó, imperturbable: “de granjas de Polonia”.

En los últimos días, la derecha política, mediática y los lobbys económicos que les respaldan andan pidiendo la cabeza de Alberto Garzón, al modo en que el terrateniente mexicano de la célebre película de Sam Peckinpah Bring Me the Head of Alfredo García (1974) reclamaba a gritos la del tipo que había dejado embarazada a su hija. Por la testa de Garzón nadie ofrece todavía un millón de dólares por haber acertado en el diagnóstico, pero todo se andará, sino en esta, en la próxima ocasión.

Cabe reprocharle a Garzón de todos modos su torpeza, al haber servido en bandeja de plata a la derecha ultra política y económica (y a uno de sus patrones digamos subvencionadores, el lobby de las industrias cárnicas multinacionales), la posibilidad de sacudirle gratis y demagógicamente al Gobierno español, y lo que es infinitamente peor, de movilizar a la parte de la sociedad española de a pie sociológicamente de derechas, esa España que ora y embiste, contra la mera posibilidad de intentar corregir esa situación mediante la acción legislativa.

Porque Alberto Garzón no solo se ha disparado en su pie de ministro una vez más (y van unas cuantas), sino que se ha cargado por mucho tiempo la posibilidad de legislar desde el Gobierno contra las macrogranjas industriales. Todo queda ahora al albur de las decisiones que tomen Gobiernos autonómicos y ayuntamientos, instancias a las que por razones de proximidad y dependencia resulta mucho más fácil presionar o corromper, según casos, desde los poderes económicos.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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