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Sombra aquí, sombra allá: cuestión de Congreso y de “¡¡coño!!”


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En algún artículo he leído que la persona que dice tacos es más inteligente que la que prefiere evitarlos. Entiendo, como lingüista, que no es lo mismo decir, “¡caramba!” o “¡coño!” cuando alguien está realmente enfadado, asustado, sorprendido, dolorido…Depende del emisor, el receptor y el contexto: puro y duro acto de comunicación.

Ahí reside el quid del “¡coño!” destarifado, grandilocuente y melodramático de Pablo Casado: ya tiene titulares que distraen de lo mollar; la carcasa disfraza el contenido: “¡hombre, ya, que estoy hasta los c…..” parecía querer seguir el líder de la oposición.

Y da la sensación que de haber estado sentado habría pegado un puñetazo en la mesa y con un “¡hasta aquí!”, se habría zanjado el tema.

Al fin y a la postre, ¿quién no dice un taco? Uno, no…muchos. Estamos de acuerdo: en su casa, con sus amigos, con los cercanos, ¡¡y ya!!, a no ser que quiera contravenir las reglas del trato social: el respeto y la educación. Y quien más quien menos, todos entendemos qué es eso de modales; término nada antiguo ni antigualla al uso.

Los tacos constituyen un recurso expresivo del lenguaje, pero con la salvedad de algunas reglas: por qué, dónde, con quién y sobre todo…para qué.

Me viene a la cabeza la famosa canción del grupo ochentero Mecano: Sombra aquí y sombra allá…maquillaje mondo y lirondo para disfrazar resacas, arrugas, noches en vela, disgustos y presentarse con buena cara después de algún estrago.

Pues eso: mucha sombra adivino en las bancadas, mucha necesidad de make up con taco va y taco viene: “bruja, basura, matón parásito, focas, imbécil…”, lindezas que no sé si obedecen a dejadez o a soltura como decía la inefable Mafalda.

Me malicio que el “¡coño!” que se ha escuchado en el hemiciclo (que se ha escuchado en alto, en pleno uso de la palabra correspondiente, en comparecencia pública, no el que se dice bajo la mascarilla), iba dirigido hacia alguien y hacia algo…que la puesta en escena con aplausos corales de coreografía, incluida manotada al pobre micrófono de la cámara (a ver, señorías, que los desperfectos que causan con tanto brío los pagamos todos), estaba guionizado.

Quizá se aburrían y han decidido, “oye, vamos a darle vidilla a este muermo de sesión”. Objetivo conseguido; “¡se acabó tanta tontería…coooññooo!”.

Un taco bien dicho, bien plantao, vale más que las buenas formas que no consiguen nada, se deben creer algunos y algunas (la palabrota no conoce de identidad sexual).

Insisto en las sombras porque ese taco, como decía Saussure en su concepto de estructura profunda, esconde mucho, mucho más de lo que emerge y se aprecia en la estructura superficial.

Brujulea una especie de tiniebla en algunos representantes de ciertos partidos políticos que les hace perder pie; imbuidos de que el grito, convence e impresiona, largan el taco con una ligereza digna de pasmo, mejor, de risa. Porque, ¡ojo!, o tienes mucha gracia en soltar un taco, o el ridículo que haces es de eso, de histrión esperpéntico.

Alguien me recordó que los tacos si los dicen los pijos, son menos tacos…o que al menos tienen un pasar. Pues no, radicalmente negativo.

A todos conviene no perder las formas: un tono bronco, un lenguaje cavernícola, pleistocénico, carpetovetónico, primario…y paro aquí, son síntomas de inmadurez, de gracieta chusca, de enfado de taberna, de compadreo no permitido, de desconocimiento de la riqueza de nuestro idioma y de cómo la sinonimia favorece la comunicación, la buena comunicación.

¿Se imaginan que yo lanzara un “¡coño!” en mi aula porque alguien no ha entregado las actividades correspondientes o por llegar tarde a clase? De vergüenza.

Ese “¡coño!” desfigura, y no permite ni consigue falsear sombras. El “¡coño!” del congreso enfatiza una vulgaridad. Es luz de gas para enmascarar lo esencial: el servicio a los ciudadanos. De puertas afuera, allá cada uno con su “¡coño!”, pero en la Institución que me representa, ni una palabra más alta que la otra. Seamos votantes del color que decidamos, nos merecemos urbanidad y buenos modos.

¡¡¡Ufff!!!! ¡qué pereza y qué aburrimiento…! “¡¡cooññññño!!”

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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