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Mercado de difuntos: La Noche de las Calabazas y el Día de los Muertos


Detalle de un altar de muertos en Tabasco, México: Calavera de azúcar, flor de cempasúchitl y candela. Foto de Salvador alc. Detalle de un altar de muertos en Tabasco, México: Calavera de azúcar, flor de cempasúchitl y candela. Foto de Salvador alc.

El otoño siempre se ha considerado un periodo de cambio de ciclo vital y, por eso, el momento ideal de recordar a los que ya no están. De hecho, rendir culto a los muertos es una característica común en casi todas las culturas del mundo. El día de Todos los Santos (1 de noviembre), su víspera Halloween y el Día de Muertos mexicano (2 de noviembre), nuestro Día de Difuntos, forman parte de un grupo de festividades que tienen un origen común: el sistema de creencias de los antiguos celtas, que tenía una parte fundamental basada en el recuerdo de los difuntos.

Halloween, la fiesta anglosajona de 31 de octubre extendida por todo el mundo occidental como tantas otras actividades mercantilizadas, y el tradicional Día de Muertos mexicano, celebrado cada 2 de noviembre y declarado Patrimonio de la Humanidad en 2008, son el resultado de lo que el antropólogo Hugo Nutini llama fiestas sincréticas, es decir, ambas son el resultado de productos culturales procedentes de tradiciones religiosas diferentes que se hibridaron durante la cristianización europea y la posterior colonización de las Américas, respectivamente. A partir del siglo XX, el mercado global hizo el resto.

Aunque algunos la condenen como una “americanada”, Halloween (contracción de «All Hallows' Eve», en castellano «Víspera de Todos los Santos») es una celebración moderna de origen europeo resultado del sincretismo originado por la cristianización del Samhain, la fiesta celta del fin de verano, que, con el nombre de Magosto y utilizando castañas en vez de calabazas, perdura como fiesta tradicional en algunas regiones españolas. Halloween es, pues, una fiesta secular, que como tantas otras fiestas paganas se incorporó al calendario festivo cristiano. Los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a Estados Unidos durante la Gran Hambruna irlandesa.

Halloween se asocia a menudo con los colores naranja, negro y morado, y está fuertemente ligada a símbolos como una calabaza hueca, la «Jack-o'-lantern», que rememora un viejo relato popular irlandés que habla de Jack, un granjero perezoso pero astuto, que usó una cruz para atrapar al diablo y que se vio obligado a vagar eternamente como alma en pena alumbrando las tinieblas con una brasa del infierno que le había dado Pedro Botero a modo de burla. Jack ahuecó un nabo de gran tamaño, puso la brasa en su interior y comenzó a vagar eternamente y sin rumbo por todo el mundo para encontrar un lugar donde pudiera descansar eternamente.ç

La linterna de Jack en Irlanda y Escocia era un nabo tallado con la supuesta cara tenebrosa de Jack, que se solía colocar en las ventanas para ahuyentar al diablo y a todo espíritu maligno de los hogares. Hoy, un Jack-o’-lantern es una calabaza ahuecada a mano en cuyo interior se coloca una vela encendida.

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La Iglesia católica celebra el 1 de noviembre la festividad de Todos los Santos, consagrada a todos los difuntos que, tras pasar por el purgatorio, lograron «visión beatífica y gozan de la vida eterna en la presencia de Dios». Su origen más remoto está en la primitiva Iglesia donde se celebraba el aniversario de la muerte de todos los mártires. Creyendo que cada uno de ellos debía ser honrado, la Iglesia concretó un día en común para todos los santos y mártires indiferentemente de si habían sido canonizados o no. Para conocer la primera de estas festividades hay que remontarse probablemente a Antioquía, donde se celebró una fiesta similar el domingo antes de Pentecostés ya en el siglo VIII.

Gregorio III, cuyo papado se extendió entre los años 731 y 741 pasó la fiesta al día 1 de noviembre en respuesta a la celebración pagana del Samhain, que tiene lugar la noche del 31 de octubre. Pensaba que, al elegir esta nueva fecha, los nuevos creyentes irían abandonando sus antiguas creencias sin dejar de lado su cultura e identidad. Gregorio IV, papa de 827 a 844, hizo que se estableciera oficialmente la festividad.

El Día de Muertos, quizás la fiesta más popular en México, reúne las fiestas anuales de difuntos celebradas por las culturas indígenas prehispánicas azteca, maya, zapoteca y mixteca. Durante los 300 años de período colonial de México, que comenzó en 1521, estos rituales indígenas se fusionaron con los días santos católicos españoles para los difuntos: Todos los Santos y Todos los Difuntos, el día siguiente.

Los primeros cronistas españoles en Mesoamérica, Diego Durán y Bernardino de Sahagún documentaron las fiestas aztecas de los muertos conocidas como Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl. En su Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, Durán escribió en la década de 1570 que «causaba gran asombro ver cuán generosamente gastaban los aztecas para sus ofrendas a los muertos».

En su obra monumental Historia general de las cosas de la Nueva España, Sahagún narró el abrumador bullicio y la actividad financiera que tenía lugar en el mercado de la ciudad capital de Tenochtitlán, la actual Ciudad de México, durante las fiestas rituales aztecas. Se vendían todo tipo de alimentos y bienes a los ciudadanos para celebrar a los muertos.

La religión católica también potenció la actividad comercial en relación con Todos los Santos y el Día de los Difuntos. Según la creencia católica de los siglos XVI y XVII, en lugar de acabar en el cielo o en el infierno, la mayoría de las almas acababan en el purgatorio después de la muerte. Era responsabilidad de los vivos aliviar el sufrimiento de las almas en el purgatorio y ayudarlas a llegar al cielo. Tal cosa se podía lograr a través de la oración o haciendo ofrendas a las almas.

Tradiciónal “tapete de la Muerte” en Guanajuato, México. Foto.

Hablando en plata, en México, eso significaba que los colonizadores españoles y los católicos indígenas recién convertidos tenían la tarea de comprar directamente de la iglesia velas y otros artículos religiosos que pudieran usarse en ofrendas a las almas del purgatorio. Además, podían pagar a su párroco para que dijera oraciones especiales por las almas durante el Día de los Muertos, una práctica que sigue vigente.

A medida que el Día de Muertos se convirtió en un festival más popular y elaborado en México, la actividad comercial asociada creció en tamaño. Según el antropólogo Claudio Lomnitz, el Día de Muertos generaba en el siglo XVIII el mercado anual más grande de la Ciudad de México. La festividad se había vuelto tan mercantilizada en la Ciudad de México que exigió una regulación gubernamental.

Los antropólogos Stanley Brandes y Ruth Hellier-Tinoco han ayudado a comprender cómo México comenzó a “vender” el Día de Muertos al extranjero a mediados del siglo XX. La industria del turismo de México comenzó a promover las vacaciones entre los viajeros estadounidenses y europeos como una experiencia mexicana “auténtica”. Muchas guías y folletos de viajes destacaban el Día de los Muertos como un acontecimiento cultural para que los turistas acudan y compren arte popular relacionado con la festividad. Hellier-Tinoco ha documentado cómo la “venta” mexicana del Día de Muertos en la rústica isla de Janitzio en el estado de Michoacán transformó la pequeña ceremonia comunitaria en un espectáculo al que asisten más de 100.000 turistas al año.

Y si eso lo consiguieron los mexicanos, qué otra cosa podría esperarse de la potencia cultural pop de Estados Unidos, que ha logrado imponer Halloween con el mismo éxito comercial de otros productos estadounidenses, desde la Coca-Cola y las hamburguesas a los pantalones vaqueros y al Black Friday.

Nada nuevo hoy: desde hace cientos de años no hay mucha distinción entre actividad comercial y religiosa. Como en la metáfora de los dos borrachos, las fiestas religiosas apoyan al mercado y viceversa.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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