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EL PERIÓDICO
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¿Hacia un nuevo ciclo político?


Al igual que ocurre con los biorritmos de la naturaleza y de los seres vivos, en las sociedades también es posible identificar ciclos políticos. Se trata de procesos multidimensionales que se plasman en diversos planos de la realidad económica, social y política y cuyos identificadores se pueden encontrar en el propio pulso de la calle.

Ciclos políticos en la historia reciente

Si nos atenemos a la historia reciente de los países de nuestro entorno, podemos identificar cuatro grandes ciclos políticos de notable impacto y consecuencias.

El primer ciclo es el que tuvo lugar en los años que fueron de la Primera Guerra Mundial a la Segunda, en un contexto de enconados enfrentamientos sociales y políticos, bajo la influencia de la revolución de octubre en Rusia –con toda la cadena de intentos de réplica en varios países– y con el ascenso del nacionalsocialismo alemán y varios subtipos de fascismos en países que fueron influidos por el fascismo primigenio de Mussolini.

Aquel fue un ciclo acompañado de crisis e inestabilidades económicas, con mucha excitación y bipolarización de la opinión pública, que culminó con el colofón de la Segunda Guerra Mundial, con su espantoso corolario de destrucción y regresión humana.

El segundo gran ciclo político fue el que surgió al final de la Segunda Guerra Mundial, en gran parte como reacción inteligente ante los problemas y las causas en las que se gestó aquel proceso de auto-destrucción humana. Lo que propició enfoques y modelos socio-políticos que posibilitaron tres décadas de crecimiento –recuperación– y de progreso social en un contexto general de paz ciudadana.

Durante este ciclo de “consenso keynesiano”, la opinión pública apoyó mayoritariamente –con lógicas excepciones– a partidos y líderes de orientación socialdemócrata y, en algunos casos, de inspiración social-cristiana. Sin embargo, después de tres décadas de estabilidad y de predominio de los consensos básicos, dicho ciclo acabó dando paso a un período de predominio neoconservador, con crecimiento de los procesos de precarización laboral y de aumento de las desigualdades sociales, a las que condujeron los gobiernos que siguieron e imitaron los ejemplos de sus dos grandes adalides internacionales: el Presidente Ronald Reagan y la Premier Margaret Thatcher.

El ciclo de las ambigüedades y las incertidumbres

Como siempre suele ocurrir en la historia, y especialmente en el caso de las experiencias políticas y sociales reactivas, el potente ciclo inaugurado por la era Thacher-Reagan fue sufriendo las erosiones propias de su naturaleza operativa y de las contradicciones y problemas a los que daba lugar; lo que acabó estallando en la crisis económica del año 2008. Crisis que inicialmente causó pavor en importantes círculos económicos, en los que se llegó a hablar incluso de la necesidad de una “refundación del capitalismo”.

El nuevo ciclo político se caracterizó por sus ambigüedades y la falta de horizontes y propuestas que fueran capaces de concitar nuevos consensos y medidas que atajaran los grandes males que en aquel horizonte temporal se habían evidenciado con claridad. Entre ellos el deterioro medioambiental, las persistencias –insufribles– de desigualdades de género y las precarizaciones y exclusiones que se estaban traduciendo en grandes brechas sociales, muchas de ellas de carácter generacional.

La falta de consistencia teórica y práctica de los gobiernos conservadores durante este ciclo han dado lugar a que, en ocasiones, las fuerzas del establishment económico y comunicacional apoyaran abiertamente enfoques populistas y liderazgos demagógicos y extremistas, que no han hecho sino crispar la atmósfera política y social, y a veces llevar las batallas políticas al campo de las guerras sucias y la instrumentalización sectaria de la Justicia. Con todos los riesgos de erosión y desprestigio que ello conlleva.

Los últimos procesos electorales y las nuevas orientaciones de las políticas económicas y sociales en varios países destacados indican que nos encontramos ante un nuevo ciclo político de orientación progresista y carácter plural.

Uno de los problemas de la falta de respuestas ante la crisis de 2008 fue la atonía en la que se continuaron moviendo buena parte de los partidos socialdemócratas –aunque no solo–, que por lo general habían acabado quedando en manos de unos líderes y unas élites burocráticas perezosas y demasiado “asimiladas” por el sistema de poderes establecidos. Lo que dio lugar a que este cuarto gran ciclo político quedara caracterizado por crisis partidarias y por ambigüedades de todo tipo. Y, en definitiva, por su falta de proyección y de empuje social.

No obstante, durante los últimos años se ha ido produciendo una acumulación y explicitación de demandas –nuevas y clásicas–, que han acabado cuajando en diversos procesos de renovación de los liderazgos socialdemócratas y en el surgimiento de otros liderazgos y movimientos de izquierdas más pegados a los problemas a pie de calle, y más inclinados a desprenderse de viejos clichés burocráticos y dogmáticos.

¿Existen condiciones para el surgimiento de un nuevo ciclo político?

Después del ciclo de las ambigüedades, de las incertidumbres y de las batallas políticas simplificadas –que generalmente han venido acabando en tablas–, en los momentos actuales se están produciendo nuevas evidencias y tendencias en diversos lugares que apuntan hacia un nuevo ciclo político. Un ciclo que cumple los requisitos y características propias de un auténtico ciclo de esta naturaleza. Es decir, que dé lugar a un cierto consenso en las sociedades –y en sus esferas determinantes– sobre las bases de las políticas más apropiadas que deben seguirse ahora, tanto en el plano económico, como en el social y, sobre todo, con una nueva definición del papel de lo público. Y que, a su vez, se produzca una cierta decantación de una mayoría suficiente de la opinión pública a favor de orientaciones políticas propiciadoras de tal ciclo.

Una de las singularidades del ciclo político que está emergiendo es que la opinión pública ya no se decanta por apoyar solo a un único tipo de partido político, sino a varias fuerzas y movimientos que incorporan las diversas facetas y énfasis que conforman la nueva alternativa compleja, que se corresponde a la realidad de unas sociedades también complejas.

En esta ocasión, las circunstancias que avalan las posibilidades del nuevo ciclo político y social vienen espoleadas por la toma de conciencia por parte de sectores cada vez más amplios de la opinión pública de que estamos ante serios problemas societarios que requieren nuevos enfoques políticos y de gobierno. Y, sobre todo, que se precisan nuevos paradigmas multidimensionales para afrontar retos que también son multidimensionales. Es decir, lo nuevo de la situación actual y de los estados de opinión emergentes es que ya no se precisa dar respuesta solo al reto del empleo y de unos ingresos adecuados, sino que ahora es necesario afrontar también los problemas y dilemas del medio ambiente, del empleo de los recursos energéticos, de las desigualdades de género, de la salud y la atención sanitaria –sin olvidar la salud mental– y de atajar los peligros –nuevamente– de las carreras armamentísticas y de los empeños hegemónicos de determinadas potencias, alimentadas por afanes expansionistas.

Ante esta problemática global –y globalizante– se requieren visiones y respuestas capaces de operar en términos también globales, entendiendo con claridad que nos encontramos embarcados en un mundo y ante unos retos estratégicos tan interconectados e interdependientes que no dejan espacio para soluciones parciales, ni particulares.

En este sentido, en nuestros días en muchos lugares están surgiendo nuevas corrientes de opinión y nuevos liderazgos que se orientan por estos criterios y trabajan en esta dirección. En ocasiones por encima, y más allá, de unos sistemas –y poderes– de comunicación social cada vez más condicionados –y a veces atenazados– por prácticas e inercias de encanallamientos críticos, de furibundas críticas personales y de hostilidades “antipolíticas” que están dando lugar a que no sintonicen ni ayuden en las nuevas ópticas y direcciones de las políticas que ahora son necesarias, sumidos como están en una especie de entropía destructiva de la negatividad.

Las nuevas fuerzas, liderazgos y climas de opinión emergentes han permitido que ante las graves condiciones de la pandemia se hayan dado no solo pasos decididos para combatir eficazmente la pandemia con enfoques de política pública y con compromisos activos del Estado, sino también –desde otras perspectivas– con políticas económicas activas que apuntan hacia una reactivación del poder de los Estados y de las colaboraciones innovadoras público-privadas.

En bastantes aspectos, las políticas seguidas por el Presidente Biden en Estados Unidos recuerdan las medidas anticipadoras del New Deal de Roosevelt, antes del arranque de la Segunda Guerra Mundial.

Y lo mismo podemos decir de las nuevas orientaciones de las políticas de Bruselas, superando los enfoques del “austericidio” que antecedió y siguió a la crisis de 2008. No solo en Europa, sino también en otros lugares.

El giro socialdemócrata en la opinión pública

Sobre la base de las necesidades y demandas que aquí estamos analizando y del desarrollo de los nuevos enfoques en política económica, de los que venimos dando cuenta en los últimos números de TEMAS, se pueden constatar también inflexiones electorales relevantes que indican que nos estamos alejando de los patrones propios de los dos últimos ciclos de predominio neoconservador, primero, y de amalgama conservadora-populista después.

De hecho, a las circunstancias y a los perfiles de los gobiernos de España y Portugal en los últimos años –junto a otras experiencias de gobierno en países de ultramar– hay que añadir el reencuentro con las políticas socialdemócratas que ha tenido lugar en los países nórdicos, que se ha consolidado con el triunfo reciente de las formaciones de izquierdas en Noruega, que en esta ocasión tampoco habían pronosticado las encuestas. Y, sobre todo, el reciente triunfo del SPD y otras fuerzas de progreso en Alemania, que también, en contra de lo que habían venido vaticinando muchas encuestas durante bastantes años, no había caído en el pozo del 12% o el 13% de los votos, sino que, aún con candidatos a los que se reputaba poco carisma, han sido capaces de alcanzar resultados robustos (25,7%, más de cinco puntos que en las anteriores elecciones, con diez escaños más que la CDU), y que plausiblemente les van a permitir liderar un gobierno que, estando situado precisamente en el corazón de Europa, puede ser un puntal decisivo en la perspectiva de un nuevo ciclo político de orientación progresista.

El papel de las alianzas progresistas

Un rasgo específico del nuevo ciclo político que se está desarrollando, es que la opinión pública en estos momentos ya no se decanta solo por una única formación política concreta, sino por una diversidad de fuerzas que recogen y priorizan diversos elementos y necesidades que forman parte de la realidad compleja de unos nuevos paradigmas políticos. Paradigmas que llevan –y traducen–, a nivel organizativo y programático interno, parte de la nueva complejidad social. Por ello, en varios países son diversas las organizaciones que ahora están incorporando reivindicaciones específicas, que van desde los nuevos compromisos con la protección de la naturaleza, nuevos frentes de conquista de igualdades (de género, de edad, etc.), o nuevas reivindicaciones de calidad de vida. Así como nuevos acentos e intensidades en la manera de entender las políticas de izquierdas, que en el marco de las actuales sociedades complejas, requieren, paralelamente, de políticas también complejas, que sean capaces de poner en común e integrar diversas facetas y concepciones políticas. Lo cual exige altas dosis de racionalidad, de madurez estratégica, de capacidad analítica y de voluntad integradora.

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

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