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EL PERIÓDICO
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¿Hacia qué mundo nos encaminamos?


Cualquiera que explore el pulso de la calle en estos días no podrá dejar de identificar elementos de in-quietud e incertidumbre en la opinión pública, especialmente en los sectores que más sufrieron –o vienen su-friendo– los efectos de la crisis del 2008. Crisis ante la que bastantes líderes nada sospechosos de izquierdismo clamaron inicialmente pidiendo reformas profundas, e incluso una “refundación del capitalismo”.

La quiebra de las certezas

En los últimos lustros, han venido quebrando una tras otra muchas de las certezas en las que venía sustentándose el modelo social imperante. Modelo que se había afianzado, durante las tres décadas posteriores a la catástrofe global que explotó en torno a la Segunda Guerra Mundial. Como crisis no solo bélica, sino también económica, social y humana.

Aunque algunos teóricos sociales sostuvieron que “después de Auschwitz nada podría volver a ser igual”, lo cierto es que poco a poco, aunque no en todos los países, fue asentándose la idea de que, con el consenso keynesiano, estábamos construyendo un mundo mejor, con un tipo de sociedades en las que “merecía la pena vivir”, y en las que nadie, o casi nadie, tenía que temer arbitrariedades humillantes, ni condiciones de vida que pudieran resultar sumamente críticas o negativas.

Sin embargo, el cuestionamiento teórico y práctico del consenso keynesiano por las embestidas de concepciones hiperegoístas y cortoplacistas acabó abriendo nuevamente serias incertidumbres y desigualdades extremas, dando lugar a un aumento de los “excluidos”, concepto inédito en la teoría y en la práctica hasta finales de los años setenta y principios de los años noventa del siglo pasado. Pero que hoy en día aparece por todos los lugares y en todo tipo de análisis sociales, reflejando la evolución práctica de nuestras economías hacia modelos duales en sociedades en las que cada vez hay más ricos mucho más ricos –aunque sin llegar por la cumbre a más del 1% de la población–, en tanto que aumentan sin cesar los infraposicionados y excluidos. Personas que piensan y sienten que las sociedades en las que viven no les tratan como se merecen, y que, si todo sigue igual, tienen por delante un futuro bastante negro. Lo que hace que cada vez más personas –sobre todo jóvenes– se sientan desimplicadas en sus propias sociedades. Tal evolución explica la falta de motivación de muchos jóvenes en los estudios, y en su valor, no solo como “escalera de movilidad social ascendente”, sino incluso como algo que no te garantiza un mínimo de seguridad ni un puesto y un papel en las sociedades actuales; aunque sea como “mileuristas” y “precarios”.

Estallidos sociales violentos

Los nuevos estados de percepción colectiva, y las tendencias de movilidad social descendente (con sus correspondientes implicaciones prácticas), están conduciendo a nuevos tipos de anomia social y política, que estimulan muchas de las conductas destructivas –también autodestructivas– que proliferan en nuestras sociedades, y que se manifiestan en diferentes formas de hostilidad y violencia grupal y societaria. A veces como estallidos sociales de aquellos –otra vez– que no “tienen nada que perder”. O muy poco. Y por eso dan rienda suelta a sus frustraciones y pesimismos en forma disruptivas. Bien sea en manifestaciones violentas, como las de los chalecos amarillos franceses, o las de los jóvenes airados que no aceptan límites a sus “botellones” y “encuentros en las calles”, bien en forma de nuevos tipos de pandillismos violentos, o bien en movimientos y reacciones imprevistas de destrucción social de bienes públicos (contenedores y mobiliario urbano), o privados (coches en general, vistos como símbolos de integración social). O incluso en forma de manifestaciones de resistencialismo básico (contra las vacunas, o contra otro tipo de normas o criterios sociales establecidos).

Por la vía de la exclusión social, de las desigualdades extremas de las anomias colectivas, en nuestras sociedades se están abriendo múltiples cuestionamientos sociales radicales que nos alertan del peligro de encaminarnos hacia sociedades que no garantizan los niveles necesarios de integración y paz social, ni unas posibilidades razonables de bienestar para todos. Al tiempo que aumentan los temores colectivos y las incertidumbres sistémicas, sin que se ponga coto efectivo a la agudización de las desigualdades sociales y las vivencias carenciales.

En una encuesta reciente del CIS, en la que se preguntaba sobre el grado de desigualdades que existen en España, una mayoría muy notable de la población opinaba que España es un país en el que existen grandes des-igualdades sociales con una tendencia evolutiva bastante clara (vid. gráfico 1).

Las otras crisis sistémicas

A los efectos –y reacciones– causados por la dinámica de las desigualdades económico-sociales y los fallos sistémicos de integración social en los últimos años, se han añadido dos grandes bloques de incertidumbres adicionales: el primero de ellos se deriva de los dilemas y cambios adaptativos que vienen de la mano de una revolución científico-tecnológica extraordinaria que está cambiando buena parte de las formas de vivir, de trabajar, de actuar, de pensar y de organizarnos que eran propias de sociedades que se desarrollaron a partir de la revolución industrial. Lo que nos emplaza ante lo que los expertos consideran la cuarta gran revolución social –o cambio de paradigma– que se ha conocido en la historia de la humanidad. Y que, como ya se está viendo, requiere de bastantes ajustes societarios.

En el contexto de esta dinámica social tan intensa, la pandemia de la COVID-19 ha venido a añadir un nuevo campo de incertidumbres –y de riesgos ciertos– que van a exigir medidas y recursos importantes para hacer frente adecuadamente a la situación.

Los expertos sostienen que el descubrimiento de la vacuna de la poliomielitis fue el hito simbólico más impactante de una época en la que la humanidad logró, gracias a los avances de las ciencias médicas y de la farmacopea moderna, un grado de seguridad bastante razonable frente a los riesgos de las enfermedades, de los contagios y de las muertes prematuras.

Precisamente, tal sensación de seguridad, junto al desarrollo de sistemas de atención sanitaria bastante eficientes, había conducido a que la mayoría de la población de países como España pudiera contar con un buen sistema de atención sanitaria, evitando tener que vivir con una sensación permanente de riesgo ante la enfermedad y la muerte.

Lo que todos hemos visto y vivido durante estos largos meses de lucha contra el coronavirus nos exime de más explicaciones sobre la expansión de nuevas incertidumbres y temo-res ante los contagios y los riesgos de muertes. Lo que hace necesarias importantes inversiones en recursos sanitarios –personales y materiales– que permitan atender adecuadamente a los contagiados durante su enfermedad y ante las secuelas que, como estamos viendo, afectan a algunos de los que contraen la enfermedad. Lo que implica que los gastos en Sanidad tendrán que aumentar notable-mente en los próximos años, si se quiere prevenir un riesgo de cierto colapso sanitario, que nos llevaría a situaciones más graves que aquellas que ya hemos vivido.

En este contexto general, los fenómenos atmosféricos extremos que se están dando como consecuencia del cambio climático, también requieren actuaciones e inversiones públicas no despreciables.

A todo lo cual hay que añadir, con carácter general, la necesidad de acudir a estímulos de corte keynesiano ante la marcha de la economía que, si no se reacciona con eficacia y contundencia, puede llevarnos a escenarios críticos que suscitarán incertidumbres y temores adicionales.

¿Cuál es la salida?

Ante este cúmulo de retos y problemas, es obvio que la respuesta no puede ser la pasividad, ni el silencio, ni el derrotismo, ni la confianza infantil en una supuesta “mano invisible”, o lo que sea, que al final enderece y/o solucione mágicamente las tendencias inquietantes de nuestras sociedades. Por eso, se necesitará mucha racionalidad y sabiduría en la construcción de las alternativas que se necesitan, tanto en el plano económico, como en el social y el asistencial. Y, por supuesto, en lo que concierne al impulso de sinergias de integración y puesta en común.

Los problemas que venían afectando a nuestras sociedades, como consecuencia de las desigualdades y la exclusión social, y a los que se habían sumado las tensiones de transición hacia el nuevo paradigma económico y societario de la revolución científico-tecnológica, ahora se están uniendo los efectos del cambio climático y los riesgos de pandemia. Todo lo cual conforma un panorama de incertidumbres y riesgos que exigen nuevos consensos básicos que permitan hacer frente a tal cúmulo de riesgos, generando certezas sociales y nuevas capacidades de crecimiento y de impulso del bienestar social. 

El reto que tenemos por delante, ante el mundo al que plausiblemente nos encaminamos, no es pequeño. Por lo que vamos a necesitar inteligencia, sentido común y capacidad de entendimiento. En realidad, lo que se precisa en coyunturas como las actuales es algo parecido a lo que fueron capaces de encauzar y poner en marcha las grandes fuerzas políticas y sociales al final de la Segunda Guerra Mundial, evitando caer en los mismos errores en los que cayeron las potencias vencedoras al final de la Primera Guerra Mundial, con todo el corolario de desastres que desembocaron en una nueva confrontación política y bélica mucho más insensata y destructiva.

La salida que ahora se precisa requiere de una capacidad de entendimiento similar a la que alcanzaron en su momento, no solo las fuerzas progresistas de entonces, sino también ilustres pensadores liberales y democristianos que fueron capaces de pensar y actuar con simple lógica y sentido común. Sabiendo que cediendo todos un poco era mucho lo que todos podía lograr. Y, sobre todo, dejando de lado los comportamientos extremos del odio, el insulto, el encanallamiento y la violencia, que tanto envenenaron los climas políticos –y económicos– durante los aciagos años treinta del siglo pasado.

De ahí, la preocupación que algunos sentimos cuando vemos el espectáculo de líderes y partidos que alientan odios primarios y enfrentamientos cainitas, y que tratan a los que discrepan de ellos en sus ideas políticas, eco- nómicas y sociales como “enemigos sistémicos”, a los que insultan, denigran, acosan y persiguen con auténtica saña. Y, generalmente, con impunidad. ¿Acaso ese no es precisamente el camino equivocado que hay que evitar a toda costa? ¿O es que algunos no son capaces de pensar y operar con sentido común, demostrando que han sabido aprender de las lecciones de la historia?

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.