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Deslindando el capitalismo del mercado (democracia económica: segundo de tres)


  • Escrito por Ignacio Liniers
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

En esta trilogía de artículos que versa sobre la democracia en la empresa, hemos dedicado el primero a separar lo que entendemos como público o político de lo privado o actividad económica, haciendo hincapié en el hecho de que en lo público ha cristalizado un sistema democrático que funciona.

Sin embargo, en el ámbito de lo privado, que versa sobre el sistema económico basado en las empresas, subyace un desequilibrio sistémico en el reparto de la riqueza, es decir que funciona pero con una grave anomalía.

La tesis de estos artículos es que el sistema político no hay porque cambiarlo, lo que no quiere decir, obviamente que estén solucionadas todas las necesidades de los ciudadanos ni mucho menos, pero que el método de resolverlos pasa necesariamente por un sistema democrático, elecciones, aprobación de nuevas leyes y seguimiento de dicho cumplimiento, todo ello instalado en el concepto de “contrato social” descrito por Rousseau.

Por el contrario, el sistema productivo cuya finalidad es proveer a toda la ciudadanía de bienes y servicios que les proporcione una mejora en la calidad de vida o una ventaja en sus actividades profesionales, está lastrado por el desequilibrio que se genera en el reparto de la riqueza de la empresa, que es el lugar en donde se genera la mayor parte, la abrumadora mayor parte, de la riqueza de un país. Estamos acostumbrados a leer que el 90% de la riqueza está en muy pocas manos y que la tendencia es a que ese porcentaje vaya en aumento, lo que viene sucediendo en los últimos cuarenta años de manera continuada, en gran medida por el nuevo paradigma neoconservador.

El actual sistema empresarial derivado de las leyes sobre Sociedades de Capital de la totalidad de los países democráticos y en la práctica de la casi totalidad de los países existentes salvo contadas excepciones, entiende una empresa en donde el capital propio se divide en acciones y que estas tendrán la titularidad de aquellos que aporten el capital inicial o aquellos que las compren a sus dueños originales, es decir que la empresa es propiedad de un número de personas que no tienen porque tener relación con la actividad que se realiza en ella, sino que sólo la poseen como un bien particular cualquiera.

En lo referente a estos tres artículos llamaremos “capitalismo” al hecho concreto de la titularidad de las acciones en las que se divide el capital propio, y no al hecho de que el sujeto de la producción sea una empresa es decir, un grupo de personas particulares sin relación directa con la cosa publica. Tampoco enmarcaremos al capitalismo como algo que se realiza a través de un mercado. Es decir empresa y mercado son el vehículo y el marco de la actividad económica ya sea capitalista o no capitalista, de manera que ese desequilibrio sistémico del mal reparto de la riqueza no viene del hecho de la organización empresarial, ni tampoco del hecho del marco de mercado en el que se encuadran sus transacciones.

Lo pernicioso del sistema capitalista se reduce a que la propiedad de la empresa es particular de manera que el reparto de los beneficios en donde trabaja un número de personas sólo lo perciben aquellos que poseen dicho capital, trabaje o no en dicho centro empresarial. De manera que la inversión inicial o subsiguiente es la razón de el cobro de los beneficios de la misma. Este es el ciclo que genera los desequilibrios, pues los empleados se limitan a percibir un salario sin relación con los beneficios o exceso sobre los costes de la actividad.

Habitualmente se confunde capitalismo con sistema de mercado, pero el mercado, como hemos dicho en los párrafos anteriores es un sistema perfecto de realizar transacciones, en muchas ocasiones se habla de “libertad de mercado” cuando en realidad se quiere decir libertad para que las empresas se dividan en acciones cuya titularidad sea particular. No se habla del mercado primario, en donde se compran y se vender mercancías, sino que se está hablando del mercado secundario en donde se venden y se compran empresas por trozos, es decir acciones.

En el caso de que no existiera ese mercado secundario, seguiría existiendo el primario, que es el propio de una actividad de bienes y servicios o de lo que generalmente se llama economía real, lo que quedaría fuera del sistema sería el mercado de acciones, es decir la compra y venta de empresas, que no obedece a una economía real sino solo a una economía especulativa.

Hay dos mercados en la actualidad especulativos y no productivos, uno es el mercado de acciones o secundario y otro el mercado de futuros, que si bien tiene una utilidad de “seguro” frente a las transacciones, actualmente se realiza al margen de esa necesidad inicial.

A los efectos de estos artículos, consideraremos que el capitalismo se circunscribe exclusivamente a la posibilidad de dividir la propiedad de las empresas en acciones que son vendibles generando un mercado secundario meramente especulativo y no una actividad en la economía real a la que no consideramos parte del sistema capitalista.

El mercado es algo positivo y dado que hemos hecho el deslinde entre lo publico y lo privado podemos hacer un símil entre ambos, pues el propio sistema político democrático es un mercado libre en donde el sujeto donde se producen los bienes políticos, como son los programas, la ideología, o directamente las promesas de obtener objetivos o leyes. Son los partidos políticos los que jugarían el papel de las empresas, y los mercados de estos bienes políticos serían las elecciones libres que se realizan periódicamente en los países democráticos.

Nada más competitivo que unas elecciones en donde el atrezo de las soflamas de las formaciones políticas compiten sin ningún rubor con los más creativos anuncios de hamburguesas o con las promesas de las cremas de belleza.

Sin embargo hay algo que no está en el menú de las ofertas de los partidos y es la titularidad de la soberanía, esta titularidad no forma parte de un mercado secundario político en donde podría venderse y comprarse el derecho de voto de terceras personas. Este hecho relevante no significa que el mercado político sea menos libre, sino que por el contrario, el hecho de no poder cambiar la titularidad de la soberanía y ser este un derecho fundamental en las Constituciones de los países democráticos no sólo no empeora las libertades, sino que es la causa de que exista libertad política en los países.

A primera vista puede parecer una contradicción que para conseguir un mercado más libre debamos de prohibir mercadear con algo, como en su día fue la soberanía, pero precisamente al considerarla como un derecho inalienable, se libero un mercado político democrático libre. Sin embargo esto no siempre fue así, en el pasado si se comerciaba con la soberanía y la conclusión más inmediata es que dicho mercado tenía los mismos inconvenientes que tiene el capitalismo con el reparto de la riqueza, es decir que unos pocas personas acaparen la soberanía de todas en una proporción que se ajustaría como un guante al actual reparto de la riqueza, pues los reyes o soberanos y la aristocracia que los soporta equivaldría a las actuales fortunas en el ámbito privado de la economía.

Este símil es la causa subyacente de estos artículos pues entendemos que la misma dinámica de lo político antes de la existencia de la democracia es la misma que hay en el actual sistema productivo y entendemos que la misma solución que se adoptó en aquel caso que es interpretar la soberanía como un derecho no negociable a la ciudadanía es lo que hay que hacer con la titularidad del capital de las empresas, que sea un derecho para los trabajadores, un derecho no comercializable, de manera que ese mercado que distorsiona la riqueza (y que es el objeto último de la actividad productiva) no exista y ello será lo que liberalice de verdad al sistema productivo de la economía real y no especulativa, haciéndolo que sea justo y sobre todo mucho más eficaz.

En definitiva, consideramos que toda sociedad libre debe de preservar la propiedad privada de todos los bienes (reales) pero que hay derechos que en la actualidad se consideran bienes, y ello distorsiona de manera flagrante el mercado real de la economía.

Consideramos que el trabajo de una persona no es algo que pueda considerarse sólo como algo mercantil en donde se intercambian unas horas empleadas por un cantidad de dinero, sino que el trabajo de una persona es la actividad mediante la cual un individuo genera un beneficio a la sociedad, y por lo tanto entronca directamente con su realización personal, con aquello que justifica una vida y ello no es algo que pueda evaluarse en dinero. Esta manera de ver el trabajo hace que la pertenencia a una empresa deba de versa desde el punto de vista del derecho y no desde el punto de vista mercantil.

La pertenencia de un trabajador a su empresa se debería de transformar en un derecho alícuota a la percepción del beneficio de dicha empresa y por lo tanto debería estar vetado a que quedara monopolizado por unos accionistas que ostenten la propiedad y disfruten en exclusiva de los beneficios de aquella, trabajen o no trabajen en ella.

La cultura conservadora, y todavía más agresivamente la neoconservadora tienen el relato de que al restringir los mercados (secundarios y especulativos) se suspende el sistema de mercado mismo, pero por el contrario, nosotros pensamos que de la misma manera que ya ocurrió con la cosa publica, es cuando prohibimos comercializar con un derecho cuando realmente liberamos el poder del mercado.

De esta manera podemos ver a Nicolás Maquiavelo como un tiburón de la bolsa neoyorquina, en donde las acciones no son más que las titularidades de soberanía de los ciudadanos de los países que, en su tiempo, eran perfectamente negociables para todo príncipe mediante la guerra, las alianzas, los matrimonios de conveniencia o la pura amenaza, que sin duda es el peón más incisivo en un tablero donde el jaque al rey sirve para quedarse con su corona soberana.

la libertad no nace de la falta de regulación de los mercados, sino precisamente de no poder mercader con lo que es de todos, que en lo político es la soberanía o el derecho al voto y en lo económico el no poder mercader con la titularidad del lugar en donde se desarrolla la actividad vital de las personas, allí donde éstas producen valor añadido a la sociedad a la que pertenecen. Dicho derecho en el caso de lo público vienen expresadas por las cartas magnas y ésta refrendada por las Naciones Unidas en su declaración de derechos humanos, sin embargo en el ámbito privado no existe nada parecido, salvo una serie de derechos laborales que no logran llegar a ese concepto universal y sencillo del “contrato social rousseauniano” que hoy día está generalizadamente aceptado en el ámbito público.

La conclusión de este artículo sería que el problema del mal reparto de la riqueza, esencia medular del socialismo, no se debe de atacar desde el ámbito del Estado, pues la redistribución desde un estado del bienestar sólo soluciona el problema indirectamente y de una manera subsidiaria sin entrar en las verdaderos causas del mismo. Esta es la razón del fracaso de la teoría marxista y del socialismo científico de Engels, y además es la razón de que la socialdemocracia haya ido retrotrayendo sus postulados hasta ceder al neoconservadurismo mediante la llamada Tercera Vía y será la causa de que cualquier intento de solucionar el problema del reparto de la riqueza sólo podrá ser parcial y difícilmente sostenible a largo plazo si se aborda desde lo público, pues no ataca la enfermedad subyacente sino que se limita a paliar los síntomas de aquella.

La manera de abordar este problema endémico de nuestras sociedades y que hoy es más patente que nunca es abordarlo en origen, es decir allí en donde se genera dicha riqueza que es en las empresas a través del reparto de los beneficios, rentas, primas, etc. La solución estable de este problema ha de venir de lo que hoy se llama Democracia Económica y que está en el tapete de los países avanzados y de la Unión Europea en una versión tímida pero firme e intentar desarrollar un programa de máximos que no sea reversible.

El Capitalismo adolece de un problema de inestabilidad endémico, pero el capitalismo no es el sistema de mercado en sí mismo, el sistema de mercado sobrevivirá al hecho de que se establezca la propiedad de las empresas como un derecho, de la misma manera que la política ha sobrevivido al hecho de prohibir la acumulación de soberanía, pasando a ser un derecho inviolable de todo ciudadano.


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