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Morirse en verano es “escatológico”; fotos y más fotos


Un lunes de verano en Madrid. 26 de julio, día de los abuelos y las abuelas. La buena temperatura acompaña: la noche anterior ha tronado y llovido, a gusto, así que el ambiente no resulta bochornoso. Cerca del Palacio Real he quedado para hacer fotos. Me van a hacer fotos para un reportaje periodístico, algo relacionado con testimonios de trasplantados.

Pocos transeúntes alrededor. Los bares y las terrazas se desperezan lentamente y van luciendo asientos cómodos que luego ocuparán turistas. Todavía cunde la modorra mientras asean los jardines y la brisa matutina invita a mirar, estar y esperar…campanas al vuelo que anticipan “las doce en el reloj” (ese poema de Jorge Guillén siempre me apetece), pocas palomas, menos mascarillas y mochilas extranjeras sin prisa.

Algún abuelo empuja con cariño el cochecito de su nieta…Alguna abuela le da la mano, cariñosa, a su nieto…

Llega el fotógrafo y nos saludamos. Mi móvil suena sin cesar, oigo el pitido de los “guasap” pero pienso que mejor para luego, ahora toca posar.

Si es urgente ya me llamarán. El tema de la mensajería me inquieta: soy de las que contesto al momento y esa actitud crea adicción. Cuando me propongo distanciarme para responder, me noto un gusanillo en la tripa y un runrún en la cabeza que no me deja en paz.

El chasquido de la máquina de las fotos en ráfaga me divierte. Cual celebrity: de lado, sentada, apoyada en un árbol, delante de una fachada, del otro lado, solo de cintura para arriba, mirada al frente, pelo retirado, ahora más cerca, caminando…un buen rato. Divertido. Emulando a las famosas del salseo y de la realeza, a los políticos…(y políticas) ¡¡Cuánto nos gustan las fotos!!

Salir en la foto, quiero decir. Ese postureo materializado en instantes sucesivos, paralizados, fotogramas de momentos irrepetibles…que me vea yo bien y que me vean los demás, también. Algunos opinamos que la cámara elige a sus personajes y que selecciona quién le gusta y quién le desagrada.

He comprobado que todos tenemos un lado bueno, todo depende del número de fotos que le tiren a uno: cuestión de probabilidades y de tiempo. Del ojo y la paciencia del fotógrafo.

Conocí de foto a Leopoldo Alas Mínguez, el sobrino biznieto de Clarín y con el tiempo me lo presentaron en una première en Madrid. Lo llamaban Polo. Un tipo que ganaba en la realidad y en las distancias cortas como se dice ahora. Sus fotos no le hacían justicia.

Murió en agosto hace años y cuando me avisaron, me pilló lejos de la capital, de “veraneo”. ¡¡Vaya faena!! Pensé. En esta época estamos todos diseminados (ahora menos por la pandemia, aunque no sé yo…), con el cuerpo y la mente en modo “pausa”, distanciados y con las emociones en reposo, casi inactivos, poco galvanizados y muy a la nuestra. En invierno es otra cosa: casi nos preparamos para estos decesos porque el ritmo estacional implica una gran variedad de acciones en nuestra hoja de ruta diaria.

Me di cuenta de eso, de que era un fastidio morirse en verano, que simula a una foto borrosa. Algo que nos viene a contrapelo. Claro que al finado la foto se la trae al pairo.

En un certamen literario tuve la ocasión de charlar con Ana María Matute: de joven y estudiante la conocía de foto. Era una mujer que no defraudaba, tal cual la recordaba la vi en la realidad. Había saltado del negativo para verla y escucharla. Con su aspecto de mujer ilustre, plácida y serena. Se murió en verano. De nuevo hay que acudir al recuerdo de su persona con la galería de fotos.

Hay otros famosos e ilustres escritores que también fallecieron en época estival: Andersen y Baudelaire, por ejemplo, en agosto.

Seguro que a sus familiares y amigos les pilló con el pie cambiado…nos quedan sus libros y sus fotos. En blanco y negro, muy del momento.

Por fin me decido a contestar los mensajes del móvil…y compruebo que mi compañero de facultad y amigo, Manolo, ha muerto. De cáncer. Fuimos “compañeros de baile” en todas las comitivas académicas de apertura de curso y en las graduaciones de nuestros alumnos.

Compartimos mucho y nos acompañamos en el funesto trance que nos tocó vivir a la vez.

Ayer, hoy…la foto ha salido color sepia a pesar de que lucíamos en muchas otras con nuestras togas y birretes azules y naranjas.

Esa tonalidad ocre refleja mi estado de ánimo. Morirse en verano resulta grosero casi indecente.

Ahí quedarán las fotos…muchas.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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