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EL PERIÓDICO
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Las prisas como norma


Desde hace unos años, asistimos a un cambio substancial en la forma de hacer política. Antes, un líder se hacía, a base de trabajo y constancia. Ahora, quien llega a un cargo de partido, pretende llegar a uno institucional, por la vía rápida. Nada de carrera política ni carrera de largo recorrido. Todo debe ser inmediato. Por las buenas o por las malas.

Lo podemos ejemplificar en la persona de Pablo Casado, pero tenemos muchos otros imitadores. Espero y deseo sea una época provisional porque este modelo es terrible para el conjunto de la sociedad. Asistir a la llegada de un nuevo líder de partido, y ver cómo usa todo tipo de argucias para acortar distancias para llegar a lo más alto, es un pésimo ejemplo para el conjunto de los ciudadanos.

La política del esfuerzo, la constancia, la espera, la formación, debería ser fundamental para preparar al candidato para el cargo al que aspira. Es más, en muchos países, la carrera empieza, pasando por cargos intermedios, donde los candidatos aprenden los fundamentos de la gestión. La mejor escuela política, son los ayuntamientos. Nada mejor que empezar como concejal o alcalde, para luego, ir subiendo, hasta llegar a cargos de mayor responsabilidad.

Esta era la lógica de años atrás, pero ha quedado obsoleta y pocos son los que aceptan esta vía de preparación y superación. Muchos de los que llegan a un cargo, quieren saltar a otro, sin pasos intermedios. Grave error, porque no están preparados ni han conocido las bases para ostentar un cargo, con la debida formación.

Cada vez que veo y escucho a Pablo Casado, me doy cuenta de sus inmensas carencias. Han preparado un busto parlante, con todas las técnicas del mercado, pero sin la proximidad ni la comprensión de las dificultades ajenas. Para comprender a la gente, hay que haber estado en contacto con ella. No con unos pocos privilegiados, sino con todos los sectores, favorecidos y desfavorecidos. Saber lo que cuesta llegar a final de mes, saber de las dificultades para encontrar vivienda, trabajo, formación.

Ver cómo viven en barrios pobres, en pueblos alejados de los principales servicios. Tener contacto directo con personas mayores, con jóvenes a la búsqueda de su emancipación. En definitiva, conocer de primera mano, la realidad del país. Si un líder no tiene este conocimiento de primera mano, todo lo que diga suena a falsedad. A discurso enlatado, vacío de sentimiento.

Es la impresión que me dan los discursos de Pablo Casado. Quien los escribe y prepara lo hace pensando en un sector muy reducido de españoles y tiene por objetivo criticar y derribar todo el trabajo del otro. En este caso, Pedro Sánchez. No se modula el mensaje, no se adapta a la situación concreta. Es igual el tema o el momento. Hay que dar la imagen de firmeza y contundencia, lo de menos es el fundamento de la crítica.

Así estamos. No hay sentido de Estado, ni sentido del deber. Hay prisa por llegar, para evitar que si pasa la ocasión, el partido decida nombrar a otro. Las derechas se consideran con el derecho y el deber de gobernar, y de quitar a los que estén, para ponerse ellos. Pues bien, este es el modelo elegido por Pablo Casado. De prisa hacia la presidencia. La preparación y el conocimiento de la realidad es lo de menos. Una vez en la cúspide se hará lo que se deba hacer que es beneficiar a los suyos. No hay un proyecto para todos, hay una ambición para una parte.

Causa perplejidad la escasa formación intelectual, la falta de conocimiento de la realidad plural de España. La repetición de tópicos, para destruir no al adversario, sino al enemigo. No hay discurso propio, hay simples frases hechas, para salir a prensa amiga, sin ningún convencimiento ni alternativa. Hay prisa. De aquí la desesperación de ver a un adversario gestionar con serenidad y buena formación la compleja realidad de España. Esperemos lo siga viendo por muchos, muchos años.

Presidente del Consejo de la Federación XI del PSC-PSOE. Ex alcalde de Borredà ( Barcelona) y ex diputado del Parlament de Cataluña.