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Habrá referéndum en Catalunya. Pero no será de independencia


Tras la amarga y presunta victoria alcanzada con la consecución de los indultos para los presos del finiquitado “Procés catalán”, los líderes del independentismo local se comportan como la cebolla a la que un cocinero implacable va pelando capa tras capa cuchillo en ristre: al perder capas, la cebolla va encastillándose en aquellas que vende a su parroquia como “irrenunciables”, aunque en su fuero interno ꟷy en algunos de sus papeles más o menos secretosꟷ empiece a dar por perdida la partida “en la presente generación”.

Ese papel de “reivindicación irrenunciable” (y casi última) lo cumple ahora el famoso referéndum de autodeterminación “pactado con el Estado”. Tras el ridículo mundial del otoño de 2017 y una vez desechadas por irreales las vías a la independencia letona, croata, bosnio-musulmana y kosovar, sin olvidar las seguidas por Nueva Caledonia (verídico el interés independentista catalán por ella) y otras colonias tercermundistas, el secesionismo de traje y corbata busca una brillante excusa que le permita salvar la cara ante sus seguidores y mantener al ganado “soberanista” en su aprisco político, sin necesidad de jugarse la cárcel, la inhabilitación política y la ruina económica personal. Esa excusa puede ser, y seguramente será, el referéndum pactado con el Estado español, que muy probablemente se acordará con el Gobierno Sánchez en la siguiente legislatura.

Se trataría de un referéndum “de autodeterminación”, pero sin posibilidad de independencia. No hablamos por tanto del referéndum escocés de pregunta unívoca (sí o no a la independencia), que jamás se llevará a cabo en España (ni tampoco, seguramente, tenga lugar de nuevo en Gran Bretaña), sino del segundo (y definitivo) referéndum quebequés, celebrado en 1995, el que cerró el melón de la disgregación de la Federación canadiense. Un artículo de El País del 24 de septiembre de 2018, firmado por Jaime Rubio Hancock (1) lo explica con claridad. Es cierto que ese referéndum lo ganaron los contrarios a cualquier forma de autodeterminación quebequesa por solo 55.000 votos, pero no es menos cierto que desde entonces el independentismo quebequés se ha hundido políticamente, al punto de que, según el artículo citado, el secesionismo en Quebec se encuentra actualmente en mínimos históricos: un 35% a favor y un 65% en contra, excluyendo a los indecisos, según una encuesta de 2017.

En el frente del no militaron entonces los quebequeses no francófonos y los pueblos indígenas (First Nations). Diversas naciones pielesrojas llegaron a organizar sus propios referéndums para separarse de Quebec y permanecer en Canadá, logrando apoyos del 96% y el 97% de los votantes, y reclamando un territorio de superficie comparable a Francia. Algo similar a lo que podría suceder en Catalunya con Val d’Aran y con las comarcas en las que la inmigración es demográficamente muy mayoritaria.

Tras ese segundo referéndum, el Gobierno canadiense reconoció a Quebec como una “sociedad distinta” dentro del país, lo que suponía que se tenía en cuenta su "mayoría de expresión francesa, cultura diferente y una tradición de derecho civil". Después de la consulta, el Gobierno federal no solo mantuvo su autoridad, sino que fortaleció su control sobre la provincia (Estado federado) disidente, reforzando incluso los elementos centralizadores de la Federación canadiense. En el plano simbólico, el Parlamento de Canadá aprobó en 2006 una moción promovida por el entonces primer ministro, el conservador Stephen Harper, en la que se declaraba que Quebec es una nación dentro de un Canadá unido. Los Gobiernos del liberal Justin Trudeau han profundizado en esa política.

En el segundo referéndum quebequés no quedaba el menor resquicio para la independencia. La pregunta, redactada en su día por los propios nacionalistas quebequeses y refrendada por el Parlamento de Canadá, zanjaba la cuestión:

¿Acepta usted que Quebec sea soberano después de haber ofrecido formalmente a Canadá una nueva asociación económica y política en el marco del Proyecto de Ley sobre el futuro de Quebec y del Acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?

Es decir, Quebec, en virtud de su “soberanía”, se “asociaba” económica y políticamente a Canadá, en el marco de acuerdos y leyes de rango federal. La independencia no aparecía por ningún lado, y aun así la propuesta fue rechazada en las urnas, aunque fuera por pocos votos de diferencia.

La vía quebequesa ofrece un camino que permite conjugar el interés de los nacionalistas catalanes por sobrevivir políticamente al fracaso del Procés, con la necesidad del Estado español de reforzar y modernizar los vínculos entre Catalunya y España. Y todo ello con solo unos retoques al marco jurídico-político en el que se inscribe y ha de seguir inscribiéndose esa relación.

(1) En qué consiste el "camino de Quebec" que Pedro Sánchez pone de ejemplo para Cataluña, artículo de Jaime Rubio Hancock. El País, 24 de septiembre de 2018.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).