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EL PERIÓDICO
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La normalidad era esto


Resulta que con el avance, poco menos que imparable, de la vacunación en España, siguen produciéndose brotes, es verdad que sobre todo en las zonas turísticas y fundamentalmente entre los jóvenes y por ello con una menor gravedad, menor carga para los servicios sanitarios, menos ingresos hospitalarios y mortalidad, como por otra parte hemos pretendido desde el inicio de esta larga y dramática pandemia, aunque a veces lo olvidemos.

Sin embargo, hay quienes ante estos brotes nos alertan, una vez más, sobre la posibilidad de la vuelta atrás a la trasmisión comunitaria y a otra ola pandémica, extraen la conclusión de que se debe a que vamos demasiado rápido en las medidas de apertura de la desescalada o ,en el mejor de los casos, de que desde los gobiernos no se ha hecho la necesaria labor pedagógica, en particular con los más jóvenes.

En ese sentido, al igual que achacaron el estancamiento y el repunte de la incidencia de la covid19 al final, según ellos prematuro, del estado de alarma, ahora lo atribuyen las medidas de flexibilización, como la del final de la obligatoriedad de las mascarillas en exteriores, medidas que consideran que deberían haberse mantenido hasta lograr una incidencia inferior al objetivo inicial de cincuenta casos por cien mil en catorce días, con un nivel de vacunación superior al cincuenta por ciento de la población con la pauta completa. De nuevo se utilizan los índices como un Diktat, sin la necesaria corrección de la experiencia de la realidad.

Poco importa que sus previsiones iniciales de cuarta ola y caos jurídico ante el final del estado de alarma no se hayan cumplido, ahora lo es que la retirada del símbolo que significaban las mascarillas obligatorias en exteriores, ha enviado a la población el mensaje erróneo de que la pandemia ya es cosa del pasado. Como si además de una gran mayoría responsable, no hubiera habido minorías resistentes a las medidas de salud pública, para las que no ha habido problema alguno de comprensión sino de negación.

Pero, sobre todo, da la impresión de que para éstos las medidas de salud pública solo tuvieran que atenerse al control de los índices de la pandemia, a la influencia de las sucesivas variantes o a la tasa de vacunaciones, sin tener en cuenta los determinantes sociales de una larga crisis socioeconómica y laboral, la polarización política o el actual clima psicológico de cansancio pandémico de la población, y en particular la situación crítica de los sectores de la economía más vinculados a la temporada veraniega, que son también los sectores más afectados por la pandemia como la cultura, la hostelería y el turismo.

Como mucho, reducen los factores sociales a la capacidad de comunicación a la población de las medidas de distanciamiento físico, de protección individual o de vacunación en materia de salud pública. Por eso, entienden los brotes como consecuencia de la precipitación de las medidas de flexibilización o bien de las carencias de comunicación, ambas siempre atribuibles a los gobiernos y a su supuesto rechazo a seguir las indicaciones de los científicos y de los expertos del cero covid. En esta suerte de populismo tecnocrático coinciden con sectores influyentes de la comunicación y de la opinión pública.

Otros, a la luz de las medidas de rastreo y aislamiento en la Comunidad Balear y en las CCAA de origen de los grupos de estudiantes afectados, consideran que seguimos presos de unas restricciones, para ellos a todas luces desproporcionadas, sobre todo una vez entrados en plena desescalada, cuando no casi en la normalidad y sin la cobertura del estado de alarma. Son los mismos o se les parecen a los que han venido rechazando el estado de alarma desde el principio de la pandemia y a continuación las medidas especiales y las acciones coordinadas de las leyes de salud pública y su carácter general, escudándose para ello en la defensa de las libertades individuales y la necesaria recuperación de la normalidad de la economía frente al autoritarismo de las medidas de salud pública, sin tener en cuenta los dramáticos efectos sanitarios y sociales de las sucesivas olas de la pandemia, en particular sobre los sectores más vulnerables como los ancianos, los enfermos y los colectivos en situación de pobreza, hacinamiento y exclusión o las clases trabajadoras. Es lo que podríamos denominar negacionismo vergonzante íntimamente unido al populismo de las terrazas.

Para unos y para otros, para tecnócratas y populistas, la normalidad es sinónimo de una estabilidad y una seguridad casi absolutas, sean éstas sanitarias o bien económicas, y por tanto, si algo rechazan, son los periodos de transición como es el que hoy nos encontramos, y junto con ellos a su indefinición, ambigüedad y en definitiva rechazan la incertidumbre en que nos encontramos. El problema es que la inseguridad y la incertidumbre datan ya de hace algún tiempo, y con la experiencia de la aceleración histórica de la pandemia se han convertido en las señas de identidad de nuestro tiempo. Porque el eufemismo de nueva normalidad y su carácter tan frágil como efímero al final de la primera ola, parecen haber hecho albergar a unos y a otros la añoranza de la normalidad perdida, que como tal nunca existió, y la esperanza de la recuperación de una normalidad a secas, cuando pase la pandemia.

Sin embargo, mucho me temo que la normalidad y la seguridad ya no volverán, si es que alguna vez existieron. Este final de la pandemia será inseguro e incierto, con sus brotes más o menos localizados y sus variantes más o menos transmisibles, sus medidas restrictivas de salud pública más o menos proporcionadas y los recursos judiciales más o menos contradictorios, todo ello mientras la vacunación no avance también en los países empobrecidos que hoy carecen de ella.

Aunque incluso cuando la llamada inmunidad de grupo sea un hecho y la pandemia se haya convertido en una endemia o epidemia estacional más, seguirán presentes los determinantes sociales y ambientales junto a la amenaza de futuras pandemias y sindemias. Una normalidad, que por insegura e incierta, será relativamente anormal.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.